CUBA: ÚLTIMA OPORTUNIDAD

Cuba: última oportunidad

Carlos Rodríguez


Foto: autor
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«Hay que ir a Cuba antes de que sea tarde», dijo un joven romántico europeo mientras la bandera estadounidense volvía a ondear en La Habana y los paladares de cuatro mesas daban paso a los restaurantes privados a quince dólares el cubierto.

El antes todopoderoso presidente Fidel Castro es sólo columnista ocasional de Gramma y hasta su hermano pequeño dejará el poder en 2018. La empresa privada se abre paso despacio, despacio y cualquiera que tiene una casa, en La Habana o en el interior del país, se esmera por repararla a tiempo para alquilar una habitación a los gringos por llegar. Y sin embargo, Cuba aún es Cuba y quien quiera contemplar esa mezcla de socialismo contracorriente y exuberancia caribeña está a tiempo… Próximo a su última oportunidad.

Llegué dos días después del Primero de Mayo a La Habana, preso yo también de esa impaciencia por ver lo viejo a punto de morir. La capital cubana es una ciudad de tres millones de habitantes distinta a todas las demás —y, por cierto, extremadamente segura—. La diferencia es sutil, uno llega de noche, como yo, al Nuevo Vedado y no ve nada raro en las avenidas grandes, los edificios sólidos —algo antiguos—. Quizás la guagua demasiado llena. Quizás un tráfico extraordinariamente fluido. No parece un país tan pobre —y a los europeos nos han dicho que es muy pobre—.

No hay anuncios de Coca-Cola en las calles ni bares o restaurantes con gran visibilidad, pero no es difícil encontrar un lugar donde cenar o tomar una cerveza. Bustos de Martí y murales del Che aparte, Cuba tampoco es un parque temático de la revolución. Si en algo es parque temático, La Habana lo es de los coches americanos de los años cincuenta, los famosos almendrones convertidos en descapotables pintados de rosa o azul celeste para hacer realidad los deseos de algunos turistas o novios de boda. Y de los puros y el ron, cuyos ofrecimientos son difíciles de sortear para un extranjero que pasea por La Habana Vieja.

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Tal vez lo característico de La Habana es una relación extraña con el tiempo histórico, un pasado caracterizado que se hace presente. Los coches de los cincuenta no son nunca más coches de los cincuenta, sino su armazón, recuerdo vivo de un pasado mitológico. El internet incipiente no es como los viejos módems de los años noventa, sino extrañas zonas de WiFi de pago a dos dólares la hora. Existe, pues, pero con moderación.

Cuba es un lugar distinto y, como las zonas WiFi, el mercado existe con moderación. Dicen los estudiosos que, antes del capitalismo maduro, el mercado era un lugar. En La Habana vi algo parecido: las transacciones comerciales están situadas en lugares y en horarios concretos y siguen otras reglas. Frente al mito de la escasez, uno puede encontrar prácticamente todo si está atento y es previsor. El día que hay patatas en el agromercado, se pueden formar filas de más de media hora. La libra cuesta 1/24 de dólar, un peso cubano. Cuando no hay papel higiénico en la tienda, lo sensato es pensar que lo habrá en otra. Así la gente, antes de pasar a las filas de movimientos clandestinos de oposición al régimen comunista de la escasez, pregunta al vecino dónde ha comprado lo que él busca.

Tras casi sesenta años de la Revolución, la indiferencia parece ser la pasión política dominante. Ni el fervor socialista, ni el ansia revolucionaria de corte liberal parecen ser dos tendencias mayoritarias entre los jóvenes del país, más preocupados seguramente de poder acceder a internet, esperar menos por el autobús o tener trabajos decentes. Algunos hasta son modernitos. A simple vista, la celebración de unas elecciones con partidos políticos parece estar muy abajo en las prioridades de la mayor parte de los cubanos. El vigilante de una embajada en la Quinta Avenida me preguntó que si era español. «El gobierno, mal», me dijo, socarrón.

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Mi amigo y anfitrión en Cuba —un millennial emigrado a España en el Periodo Especial con fuertes convicciones de izquierda— se mostró convencido de que el bloqueo comercial de Estados Unidos tiene los días contados. Cuando le pregunté por la posibilidad de celebrar elecciones burguesas, me contestó algo así como que no podía especular con el futuro. «No te puedo decir que dentro de cinco o diez años vaya a haber elecciones». Esa fue la estimación temporal inconsciente de alguien que conoce su país. Esa Cuba romántica revolucionaria desaparece —aun si probablemente nunca existió tal y como la imaginamos—, pero despacio.

Es, efectivamente, la última oportunidad de conocer un lugar con un orden de prioridades radicalmente diferentes, donde la hora de internet cuesta dos dólares y el cine dos pesos cubanos (2/24 de dólar). Donde se puede vender un Moscovich que no puede salir de la ciudad por diez mil dólares pero la sanidad es gratuita. Donde un ingeniero de telecomunicaciones prefiere llevar a extranjeros al aeropuerto que tener el mejor trabajo posible en el Estado porque así «gana en una semana el triple de lo que ganaría en un mes». Y donde, sin embargo, la gente sobrevive.

Es curioso: estuve un par de días en un pueblo turístico del interior. Conocí a varios europeos, españoles, mexicanos. Ninguno mencionó un mito romántico-político como razón para estar allí, para conocer. Si acaso, alguno apeló a ciertas diferencias perceptibles, a un aura de excepcionalidad que no generaba rechazo, quizás sí fascinación, algo que apenas se politizaba.

Quizás ya llegamos tarde al mito, pero si uno afina la mirada enseguida puede ver los rasgos de la revolución, de la expropiación sin paliativos de la oligarquía. Porque allí no se nacionalizaron algunos sectores estratégicos, sino que se expropió a toda una élite, y eso es algo visible. Seguro que habrá un grupo de burócratas privilegiados, pero no parece que en Cuba haya ricos. Cuando se consumó la revolución, las fastuosas habitaciones de hotel se dividieron para dar alojamiento a los pobres. «Ahí empezó el declive de La Habana», dice la Lonely Planet. Quién sabe cómo sera el nuevo esplendor, y si llegaremos a tiempo para verlo.

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