CUATRO REFLEXIONES MÍNIMAS. Sobre basura, móviles e imágenes

Cuatro reflexiones mínimas

Sobre basura, móviles e imágenes

Francisco Javier Navarro Prieto


Decir que la cultura no interesa al poder y a la gente es, con todo, una falsedad. Interesa más que nunca. Sólo que lo que interesa es destruirla mediante la producción o mediante el consumo de anticultura o cultura basura.

Crear una nueva cultura de la banalidad; ésta es la cuestión.  La producción de una cultura donde haya libros que no son libros, poetas que no son poetas y cine que no es cine, todo ello bajo el lamentable lema del «todo vale en el arte» que no es sino una forma de legitimar la basura. Y en eso estamos. No hará falta que ponga muchos ejemplos. Bastará recordar que Marwan es el poeta más leído en España con poemas tan patéticos como: «Tú estás en tu cama/ yo en la mía/ no es la misma/ algo estamos haciendo mal». O que la película más taquillera en España es Ocho apellidos vascos. Sobran aquí más ejemplos.

En hacer pasar la basura por lo bello se juega todo. Cuando lo bello no es más que un sentir subjetivo el sentimiento reducido al tópico hace el resto del trabajo. En efecto; no hay nada que decir ante un «Pues a mí me gusta». Todo lo que gusta es bello. Gusta la basura, luego la basura es bella. Sí, aquello que haría arrancarse las barbas al mismo Walt Whitman es bello.

Así tenemos una sociedad desposeída, huérfana, un ser humano incapaz de reconocer la belleza, no por una insuficiencia constitutiva, sino porque no se le ha presentado nunca ante los ojos.

La escritura, cuyos ingredientes eran verdad y orientación para un ser humano que de repente se encuentra en medio de una ciudad gris e indiferente, hoy desprende descaro y arbitrariedad bajo la consigna del relativismo. Cómo no recordar aquel inmejorable verso de Miguel Hernández que cierra uno de sus más bellos poemas: «… ¡cuánto penar para morirse uno!». ¿Puede haber más verdad encerrada en un verso? Creo que no.

Pero no es ésta nuestra situación; los poetas jóvenes que han de encarar los futuros retos de nuestra sociedad son Marwan o Diego Ojeda. Los viejos se nos mueren, es natural. El problema es que no hay nuevos. O, al menos, no los vemos. Se nos van García Márquez, Günter Grass y Galeano.

¿Y qué nos dejan? Una sociedad con más desafíos que nunca en la que los músicos han abandonado sus instrumentos y sólo hacen ruido, los poetas han cambiado la palabra por el sentimentalismo patético, los pensadores la calle por la academia.

¿Quién habrá de arrojar luz a nuestro vacío?

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El metro es la escenificación de la masa; una masa en la que cada individuo es cápsula. Pero al ser todos cápsulas todos los individuos no son sino uno solo. Uno que mira a su móvil, esto es, se mira a sí mismo; ¿pues qué es el móvil sino la imagen de nosotros mismos llevada como cadena atada al bolsillo? Así el móvil tiene un doble carácter; por un lado es imagen de uno mismo, esto es, espejo. Pero por otro lado el móvil (la red social) es un espejo mentiroso, un espejo que deforma: sólo muestra el lado que queremos que muestre. El lado bueno de las cosas.

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Me habláis de las ventajas de la tecnología y yo os creo pero ¿para quién son las ventajas si el ser humano en pro del progreso tecnológico ha perdido sus atributos, se ha perdido a sí mismo?

La cuestión ahora no es que la tecnología nos ayude o no. Esta cuestión era válida hace cincuenta años. La situación actual es más radical; somos tecnología y no hay humano separado de ella al que ayudar.

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Desgracia de nuestro tiempo: una cosa sólo existe cuando es mirada.

Tomás en el Evangelio de Juan dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y meto mi dedo en el lugar de los clavos, y meto mi mano en su costado, no creeré».

En su sentencia hay dos cosas: una constatación y una profecía. Un «Yo no creo en la resurrección» pero también un «Vosotros no creeréis en lo que no veáis». Se puede interpretar así toda la religión (o en sentido más amplio, la creencia): como el último bastión que ha resistido en algún momento al asedio de la imagen, del ver para creer. Pero en sus cimientos ya estaba la semilla de la duda.

La cuestión ahora es: ¿qué implica la tiranía de la imagen, la profecía?

Implica cosas tan graves como la pérdida de la memoria. Si sólo existe lo mirado es evidente que no hay cosas que hayan pasado antes ni cosas que pasarán después. Y un país sin memoria no es país. Bien sabemos que ser país es ser histórico, tener un pasado (y un futuro proyecto). Las consecuencias en este punto son claras; si esto se olvida la identidad de una nación es inexistente. En el caso de España es más que evidente la ficción de dicha unidad. Nótese cómo nuestros políticos aducen tan sólo el estar aquí y ahora bajo un mismo territorio como argumento suficiente para que nos sintamos orgullosos de cantar nuestro himno o defender nuestra bandera. Pero aquí no entra la memoria. Mi nación no es lo que tengo delante de los ojos sino lo que no tengo: el pasado y el futuro digno.

(Otro síntoma de esta profecía es el carpe diem propio de todo joven actual, que no lleva sino a un desinterés generalizado por todo lo que no sea el consumo de imagen).

Así sin memoria sólo tenemos respuestas que nacen de los ojos. ¿De dónde han de nacer si no, si comemos con los ojos, nos vestimos con los ojos y pensamos y amamos con los ojos?

Véase el claro ejemplo de la respuesta a los atentados de París. Las imágenes muestran una violenta situación al ojo. Es el ojo el que, sin mediación alguna, piensa la respuesta: «Bombardeemos Raqqa para generar la misma situación».

Afirmar que hay algo más que la inmediatez que los ojos ofrecen es un hecho revolucionario y un modo de reivindicar el pensamiento.

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