CROMADO

Cromado

Pablo Rada


The happy fifties, ahora con más drogas
The happy fifties, ahora con más drogas

Cuando pensamos en los tiempos de nuestras abuelas y abuelos, en su ocio y en su manera de consumir nos encontramos frente a una imagen de optimismo militante en el progreso a través del consumo, quizás el más militante hasta nuestra época. Neveras, teles a color, calculadoras electrónicas y radios despertadores —todos ellos cromados y ubicuos gracias a la compra a plazos— parecían anticipar las segundas residencias en la Luna, comida en tubo y vacaciones nucleares; o al menos en eso daban la apariencia de creer quienes diseñaban las cosas, los que las vendían y quienes las publicitaban.

En cuanto al ocio o la vida en común podemos mirar producciones modernas como Mad Men para comprobar cuál es la idea que nuestra época tiene de aquélla, porque si nos guiamos por las producciones culturales contemporáneas descubriremos cómo se veían a sí mismos o cómo las productoras y, en consecuencia, una mayoría de la gente los veían. Pero para el caso: cantidades ingentes de priva, pitillos como para varios enfisemas per capita, sexo casual, discriminación, coches brillantes y comidas de televisión (es un buen ejercicio ver un capítulo de esta serie después de ver El apartamento para apreciar las diferencias sobre cómo se pensaban y cómo los pensamos).

No nos engañemos, aunque sea una serie interesante y que plantea por encima problemas de una época de cambios, no deja de ser una serie hecha por publicistas o por gente a quienes, en el fondo, les fascina el aparente brillo (de nuevo cromado) de una época con muchos más matices y protagonistas, y además con cierta predilección por la gerontofilia estética.

Pero, claro, hay que pensar que el común de los mortales sí percibió el consumo como progreso, un progreso un tanto naíf e ingenuo que tenía más que ver con la carrera espacial, el desarrollo de un tipo de medicina y el bienestar banalizado. También contribuía a esta sensación de imparable triunfo el desconocimiento de lo que significaban las empresas y de sus prácticas, el consumo continuo y la obsolescencia (por no hablar de la carestía de materias primas, la explotación de medio mundo o la dependencia de la desechabilidad). Pero para qué pensar en todo esto si íbamos a vivir en la Luna.

Aun así la generación de nuestros abuelos no llegó a asumir del todo la lógica de consumo, quizás porque el recuerdo de las penurias y los años de miedo habían calado demasiado. Por eso, durante toda su vida (aunque en los últimos años la transformación les haya afectado en parte) fueron fieles a las viejas ideas de «si funciona para qué cambiarlo» o «si me ha durado veinte años no es que sea antiguo, es que es bueno».

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Algo parecido ocurrió en todo el mal llamado mundo occidental. Es verdad que había ocurrido de manera pionera en los EEUU en los años previos a la depresión con la proliferación de bancos y el inicio del crédito doméstico, pero a muy pequeña escala, pronto y duramente interrumpido por el Crack, la crisis y posteriormente la guerra. En el resto del mundo, si exceptuamos dos o tres capitales, era inexistente.

Pero, después de la guerra, había que hacer algo para reconvertir la masiva industria militar especialmente estadounidense, y también de los países vencidos (para evitar que el descontento les hiciera mirar atrás). La respuesta fue la transformación de parte de esa industria en productora de bienes de consumo, la Guerra Fría para mantener grande y engrasado (de dinero) el sector militar y la mística de la feminidad para echar a las trabajadoras a la calle, confinarlas en sus casas y, además, que supusieran una importante fuerza de consumo.

Vale, la solución estaba clara pero ¿cómo conseguir un consumo ininterrumpido? Había que vender un nuevo mundo, hacerlo cada poco tiempo y hacer que todo lo anterior (los objetos, las ideas y las esperanzas) parecieran viejas. Y esto se consiguió con una nueva visión del mundo y un nuevo diseño; y hasta qué punto uno vino antes que el otro o fue su consecuencia es casi imposible de decir. Crearon una nueva ideología: el consumo; y como toda ideología exitosa hicieron parecer que solamente era cuestión de sentido común, que era lo normal y que no llevaba en sí misma el germen de ninguna idea.

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Cuando pensamos en una época, lo hacemos teniendo encima todo lo que media entre esa época pasada y la nuestra, hacemos trampas porque sabemos el final y nos parece muy sencillo haber visto lo que se les escapó. Pero si queremos comprender tenemos que ver sus productos culturales de una manera cerrada, porque era lo que ellos querían que se viera y se supiera, su mejor parte.

Pensemos en el diseño, en lo que dice de las épocas y de las personas aunque esté mediatizado por la industria. Si tenemos en la cabeza los productos de los cuarenta vemos que conservan todavía esa estética antigua donde lo bueno sigue siendo sólido y no se ha asociado aún a lo moderno; los ojos de los productores y compradores miran al pasado para vender y comprar cosas con características y mentalidades de antaño: coches cuadrados con partes de madera, radios metidas en muebles robustos y botes de conserva con poco más que decir que lo que llevan dentro. Se podría decir que es un mundo con un consumo que mira y busca sus modelos en el pasado, en ideas cotidianas; pero si avanzamos diez años, hasta la década de los cincuenta y la primera mitad de los sesenta, lo que encontramos es muy diferente. Triunfa el plástico, los colores, lo brillante. ¿Y las formas? Ya no son cuadradas, hay círculos, triángulos: todo cromado. Es el espacio, la modernidad, ya no se vende ni se compra pensando en el pasado o en sus valores asociados como la prudencia o la durabilidad. Ahora venden futuro, optimismo, espacio mientras la otra cara de la moneda es el gran miedo al ataque nuclear; dicotomía muy loca en la que se moverán los cincuenta y sesenta, especialmente es Estados Unidos: conquista espacial frente a aniquilación nuclear. Dos caras del progreso, del mismo progreso.

Son productos diseñados para la Luna, Marte o una nave, pero se trata de un espacio visto a través de sus ojos, colonizado por su visión del mundo: una Luna residencial de patios traseros y electrodomésticos color pastel, comida preparada en píldoras y naves con forma de Cadillac, tremendamente y superficialmente optimista, una proyección del alma de una sociedad estadounidense (no la de los negros, los migrantes, los pobres, no de las mujeres) que no quería escuchar las Crónicas marcianas de Bradbury ni enfrentarse a la distopía, también moderna de los sesenta largos y los setenta.

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Parte de este optimismo quedó en entredicho cuando las primeros estudios independientes atacaron productos por su peligrosidad o inseguridad, así por ejemplo en 1965 Ralph Nader publica Unsafe at any speed, que ponía en duda la seguridad de la todopoderosa industria del automóvil, lo más recordado son sus críticas al Chevrolet Corvair, debido a éstas fue perseguido por la industria que intentó hundirlo espiándole y poniéndole en situaciones comprometedoras sin éxito, episodios que al conocerse causaron un gran escándalo.

Más tarde vendrían los hippies y su renuncia, a veces bastante contradictoria, al consumismo (a otros que ahora son revindicados, como los beats les dio más bien igual, siempre en su línea) y el diseño se hizo menos moderno, menos marciano: vendieron potencia y América en los setenta, futuro robocopiano y de E.T., entre apocalíptico, criminal y bobo. Y así hasta nuestra época, en la que nos gusta sentirnos sostenibles, justos y distinguidos por nuestros consumos. Olé ahí la tontería, aunque eso, amigas y amigos, será para otra ocasión.

 

 

 

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