CRISTINA CIFUENTES, LA SONRISA DE LA REACCIÓN

Cristina Cifuentes, la sonrisa de la reacción

Carlos Rodríguez


Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad de Madrid, anunció en una entrevista publicada el lunes por El Español que pediría unas primarias para elegir al candidato del Partido Popular en caso de repetirse las elecciones. Con estas declaraciones, quien fuera delegada del Gobierno en la Comunidad de Madrid durante el apogeo del 15M demuestra una vez más que promover la higiene democrática es perfectamente compatible con ser higiénicamente reaccionaria.

Durante los últimos días, algunos medios de comunicación han especulado con que la presidenta (Madrid, 1964) podría ser «la Puigdemont del Partido Popular», la candidata de consenso de un eventual pacto de investidura que requiera la cabeza de Rajoy. Ella responde con una frase de ecos orwellianos: «Nadie es imprescindible, aunque unos somos más necesarios que otros». Entre sus méritos figuran gobernar una de las comunidades autónomas donde mejor se está comportando el voto de su partido y hacerlo con Ciudadanos a cambio de un pacto de limpieza democrática por el que dejaría atrás el pasado corrupto de la organización regional. Cifuentes es, como lo fue Gallardón, la liberal del PP, la derecha moderna, la presidenta amable.

Cifuentes es la popular que elimina el Consejo Consultor al que ya se había intentado incorporar Ignacio González y al mismo tiempo vota contra una nueva regulación para una Telemadrid más independiente. Es la liberal que defiende una ley de plazos para abortar pero se opone a que la píldora del día después se dispense sin receta.

En estos tiempos de transformismo del Régimen, ha logrado ser una cara nueva de la política siendo diputada de la Asamblea de Madrid desde 1991, año en el que nacieron los dos representantes más jóvenes de la cámara. Se ha apuntado el tanto de crear el abono joven de transporte a veinte euros tras oponerse en repetidas ocasiones a abaratarlo en anteriores legislaturas, formando parte del partido que más encareció el transporte público durante los años de crisis.

Cristina Cifuentes junto a un usuario del abono joven (Fuente: https://www.flickr.com/photos/cristinacifuentes/23448781196).
Cristina Cifuentes junto a un usuario del abono joven (Fuente: https://www.flickr.com/photos/cristinacifuentes/23448781196).

En el Reino de España, una puede ser regeneración democrática y haber pasado por la Asamblea de Caja Madrid con Rato y Blesa. Para algo se afilió a las juventudes de AP con dieciséis años.

Cifuentes es agnóstica, pero no se le oye hablar del Concordato. Es republicana, pero simpatizaba con los príncipes de Asturias.

La de la exdelegada del Gobierno es una política de gestos, desde el precio del transporte al de la universidad. Rebajó las tasas universitarias un diez por ciento, aunque su partido las subió un cincuenta y cinco por ciento en cuatro años. Quiso compensar la rebaja multiplicando por cuatro el precio de la universidad pública para estudiantes extracomunitarios.

En la entrevista de marras, la presidenta reconoce que le emociona cuando una señora se le acerca para decirle que desde que ha bajado el abono a sus hijos pueden comer la última semana del mes. Recuerda también «el subidón» que le entró cuando entregó una vivienda social a una mujer joven madre de una niña con parálisis cerebral.

Su visión de la política social no es menos liberal que ella: la historia individual, la suerte y el mérito para recoger una limosna son siempre más deseables que la prohibición de los desahucios o políticas integrales de lucha contra la pobreza.

Cifuentes gobierna tan bien con Ciudadanos que a veces olvidamos que no gobierna sola. Para algunos, la Comunidad de Madrid es el laboratorio de la gobernabilidad al que hay que mirar en el futuro. Con una aritmética mucho menos complicada que el Congreso salido del 20D, la Asamblea es para muchos el ejemplo de un Partido Popular que sigue mandando como siempre apoyado en la muleta naranja, cuya vocación de subalternidad es pareja a la blancura de su sonrisa.

Cristina Cifuentes (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Cristina_Cifuentes_2015g-2_%28cropped%29.jpg).
Cristina Cifuentes (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Cristina_Cifuentes_2015g-2_%28cropped%29.jpg).

El nuevo referente del PP forzó la dimisión de dos consejeros que ya habían dejado de serlo por el bien de la regeneración mientras acogía en sus listas a Borja Sarasola, imputado en la Púnica. La misma mujer que ha protagonizado el mayor lavado de cara del Partido Popular tiene por número tres a Jaime González Taboada, que no quiso explicar gastos de 16,5 millones de euros de una empresa relacionada con la misma trama de corrupción. La cosmética funciona mejor en campaña electoral.

«El gesto de Bescansa es postureo total», dice a El Español la mujer madre de dos hijos que defendió ante su partido los derechos de los homosexuales. Cifuentes es una mujer fuerte: mandó en la Unidad de Intervención Policial de Madrid (UIP) y sobrevivió a un accidente de moto que pudo ser fatal.

Si la presidenta de la Comunidad de Madrid llega tan arriba como algunos auguran estos días, habrá madres en política, pero no se notará. Habrá gays en el gobierno, pero no maricas ni mucho menos lesbianas. Habrá, quizás, algunas ayudas al transporte urbano para los jóvenes mientras cientos de miles seguimos fuera del país. La Policía Nacional seguirá desahuciando, pero su política de comunicación mejorará. Los privilegiados seguirán siéndolo, pero en los parlamentos se hablará de transparencia.

Y quizás, como último gesto de modernidad, habrá primarias en ese partido que gobierna España sin una ruptura genealógica con el franquismo. Al fin y al cabo, las experiencias del PSOE con un único candidato y otras con más o menos luces como las de Ciudadanos, Podemos e IU/UP nos muestran que esta forma de escoger cabezas de cartel no es ni garantía de pluralidad ni necesaria ampliación del campo democrático.

Una de las enseñanzas de los últimos años es que otra forma de ser reaccionario es posible. Si algo muestra la proyección de Cristina Cifuentes es que el PP tiene más recorrido del que puede parecer y Ciudadanos es menos necesario de lo que a veces pensamos.

Tendría gracia que quien mandaba pegarnos en 2011 cuando salíamos a la calle sea la misma que encabece la reforma cosmética contra las posibilidades de ruptura democrática. En el país en el que el Fraga de «La calle es mía» fue primero franquista moderado y después demócrata convencido, todo es posible.

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