CRECIERON Y SE MULTIPLICARON

Crecieron y se multiplicaron

Rod


Una de las mejores cosas, probablemente la mejor, de no tener padre es no tenerlo. Que digo yo que tampoco estará necesariamente mal tenerlo, ojo, pero yo siempre he estado muy contento y a gusto sin él.

Esta situación, un tanto anómala (en el plano estadístico, quiero decir) parece que aleja a uno y que le hace observar ciertas dinámicas con algo de extrañeza. La pareja, en mi caso, nunca fueron un hipotético padre y mi madre, sino mi madre y yo, quienes en una relación de fuerza íbamos conociéndonos y marcando pactos, gustos, modos de actuar y, quizás no todos fueran buenos, pero eran nuestros. Aunque, si digo la verdad, esta situación no me privaba de observar de cerca, siempre como una especie de experimento pero más doloroso, a las parejas de mi entorno familiar: sí, amigas y amigos, mi primera idea de pareja, mis primeras observaciones de campo de dos personas en convivencia en principio por propia voluntad y excusándose en el amor (creo que es la primera vez que uso esta palabra en un artículo, lo siento mucho, no volverá a ocurrir) fueron mis abuelos y, ¡joder! la verdad es que te cambia la vida. Para que se entienda bien, hay que decir que yo no iba de visita, me volvía con mi madre y ya está, ¡qué va!, vivíamos con ellos, y creo que de ahí vienen mis sospechas ante esa sacrosanta institución, que en mi modesta opinión, huele un poco a viejo: ¡la pareja!

Pero, ¿te refieres a la pareja formada por a) tu abuela y b) tu abuelo? ¿a las parejas que ahora tienen 75 años o así? ¿a las actuales? Pues sí, un poco a todas.

¿Que cómo era aquello? No es que era, es que es, broncas y más broncas, todos los días tarifando y por encima de las discusiones, y es difícil estar por encima, la incomprensión absoluta.

Mis abuelos son, supongo, como todos los de la época o al menos como muchos de ellos. Mi abuela trabajó hasta casarse, mi abuelo siguió, se conocieron en la empresa, se mudaron a la periferia y tuvieron hijos. Esa es su carta de fundación.

Mi abuela, que es una persona a la que le gusta la música, el campo, el cine y el arte, es decir, que ha tenido inquietudes y que, en otras circunstancias, podría haber vivido de manera diferente, ha sentido probablemente durante toda su vida ese malestar que no tiene nombre (más bien que no tenía nombre), del que hablaba Betty Friedan, con ansiedad, con miedo, con represión, cada vez más encogida ante todo y ante todos, y ahora es difícil verla a ella misma, si es que pudo llegar a serlo en algún momento.

Mi abuelo es una triste figura, es el hombre de la incomprensión. Sacado de casa pronto para estudiar, luego trabajó, trabajó sin más y cuando dejó de trabajar, dejó de entender nada. Pero el problema no es sólo ese, el problema es directamente que no sabe hablar con otras personas, especialmente si esas personas son de la familia y, más especialmente, si esas personas son mi abuela. No entiende una conversación, que no tiene que imponerse, que no es necesario tener razón, que puede sencillamente escuchar. En los momentos más top de sus discusiones dice una frase que marca muy bien lo que siente cuando muy cabreado afirma: ¡claro! ¡cómo soy un marciano! Pero esto sólo me pasa en casa, fuera me entienden. Supongo que fuera son todos como él, hombres que trabajaban y que pensaban que el resto no era cosa suya aunque no por esto dejaran de opinar de todo y de tener razón todo el rato.

Yo les quiero (antes el amor y ahora esto, sí que vamos bien), les quiero por lo que son y a pesar de lo que son. No lo digo por justificarme, si no fuera así lo diría igual. Y, aunque parezca que son muy raros y que es una situación excepcional, creo que algo así pasa con nuestras abuelas y abuelos y, en algunos casos, con la generación posterior, la de nuestras madres y padres (quienes tengan). Para bien o para mal (y probablemente sea para bien) lo natural se impone y el tiempo que les queda aquí es cada vez menor, y, sí, las cosas han cambiado, pero yo creo que las parejas no han cambiado demasiado o no en profundidad.

Porque, cuando hablamos haceunos meses de esos increíbles y terribles momentos en los que te encuentras ante esas conversaciones sobre hipotecas, irse a vivir juntos, mejores edades para tener hijos… ese horror en tecnicolor que te empieza a tocar cuando tienes edad para recordad a Curro, no puedo dejar de pensar en mis abuelos. Porque no es una cuestión de ilusiones, supongo que mi abuela y mi abuelo también las tendrían en su momento, sino de todo lo que subyace bien debajo de cada relación. Porque cuando se va esa triste ficción de erotismo público, entre violento y ridículo o la ficción terrible de unidad como máxima aspiración, cuando se desgastan, precisamente por su construcción desigual, los edificios románticos más o menos elaborados de dos personas que con suerte se conocen un poco, entonces, ¿qué queda?. Pues supongo que lo que eras antes, pero a eso hay que añadirle las imposiciones, los vicios, las broncas y los desprecios (y esos si es que no estaban ya de antes, que tiene tela la cosa). Todo eso por no saber matemáticas y haber entendido y decidido que la suma de uno más uno daba como resultado uno y no dos, dos seres diferentes y que sólo con mucha benevolencia se comprenden entre ellos y, eso, admitiendo que sea una suma, que no lo es, y que habría que situar más en el terreno de las metáforas rancias.

Y, sí, las personas han cambiado, pero nuestra idea de la pareja o la idea de pareja de muchos (esto es por si eres de los de #notallmen) es vieja, muy vieja, una anciana que nació en los 20 o en los 30 del siglo pasado (o incluso más vieja aún, pudiendo remontarse sus orígenes al Romanticismo, ¡maldito XIX!) y que se ha perdido muchas de las ideas de este siglo y, como es obvio, no se ajusta nada bien a lo que nos gustaría y, siendo sinceros, no vale para nada: una mala idea, un quilombo tremendo con muchos intereses detrás y aprendida desde la cuna, difundida por todas partes, desde el salón de tus abuelos al cine, pasando por el colegio y tu grupo de amistades. Y tú (o yo) que también tendremos lo nuestro, nos vemos delante de personas, de parejas y, de repente, no es que te recuerden a actitudes que has visto, no es una especie de déjà vu brutal, es que te encuentras viendo a tus abuelos como un vidente muy venidito a menos y alucinas y piensas: cuándo dejaré de oír hablar de hipotecas, casas, descendencia o trabajo, celos y demás cagadas y empezaré a oír hablar de libertad, de soy y no, somos y así va a ser. Pues no lo sé, pero espero que no tenga que hacerme viejo.

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