CRECED Y MULTIPLICAOS (PERO NO ME LO CONTÉIS)

Creced y multiplicaos (pero no me lo contéis)

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Durante el verano haces más cosas o cosas que no sueles hacer en los meses ordinarios. Tus planes se amplían y, en consecuencia, ves a más gente y les ves por más tiempo, incluso hasta el punto de la convivencia y es en ese momento cuando lo empiezas a notar. Está claro que ya no tienes los años que tenías y que si fueses víctima de una desgracia serías englobado en el triste club de las personas de mediana edad por los locutores de telediario y, sólo con mucha suerte, entre los jóvenes. Ya tienes una edad (frase vieja) pero tú erre que erre con lo mismo, hasta el ridículo de las resacas de dos días de sillón, la ruina en tu pecho que diría Kortatu y los «mañana lo dejo». Tu familia, esa gente, lo saben y aprovechan para reírse de ti. Te dicen no sé qué del arroz (pero si hoy no es domingo) y te conminan a que adquieras responsabilidades. Pero tú, que no te bajas de tu burro; tú, que has entrevisto el mal quizás en tu propia casa, tú les desprecias.

Puede que estés más cerca de los 30 años que de cualquier otra cosa y que en tu grupo haya un muestreo amplio de todas las sensibilidades vitales: parejas, gente que trabaja, parados de larga duración, diletantes maravillosos y trágicos… bueno, de todo como en botica. Y, aun con esas, piensas que sois iguales. ¿Acaso no llevas con las mismas personas desde el instituto? No has pasado periodos largos sin verles y no ha podido ser que los cambios hayan ocurrido en tu cara sin advertirlos. Es por eso que os vais de viaje juntos y, cuando te quieres dar cuenta, estás metido en una barca hacia el corazón de las tinieblas: suerte.

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Al principio resulta como creías: la absoluta falta de horarios, la improvisación, el mal comer y el bien beber, las jornadas de playa. Quizás gastes un poco más de dinero, pero en lo esencial podrías ser un buen adolescente. No obstante, a medida que pasan los días, empiezas a notar alguna cosa. Hay ciertas conversaciones en las que tu opinión parece valer menos o, directamente, nada; reprochitos sobre tu modo de vivir camuflados como bromas o comentarios banales; pensamientos basados en tu experiencia que hacen que te miren como si fueses un extraterrestre. Y, bueno, luego lo piensas más fríamente, cuando estás un poco tomado, y te das cuenta de que puede que haga tiempo que no ves a tus amigos o amigas sin que estén sus parejas o a las parejas por su lado. Pero, ¿qué elementos tienes para juzgar? Y, además ¿por qué deberías juzgar a nadie?

El primer día no te das cuenta. Pero la confirmación está allí, agazapada en forma de terrible hostia. Y llega, no de golpe, como un tren de mercancías, más bien es una especie de periscopio que va emergiendo sin solución. Porque lo que tú creías que era una conversación puntual, se repite mientras les miras, muy callado, desde detrás de una lata de cerveza. Te paraliza un poco, la verdad: hablan muy sonrientes de aniversarios, cenas a cuatro, cumpleaños de madres, padres y demás familiares y de los regalos que deben, DEBEN, hacerles: alguien menciona una corbata o una visita a un spa, tú te disculpas y dices entrecortadamente que tienes que ir un momento al baño. Y cuando vuelves, todavía muy a medias, siguen  juzgando las relaciones y vidas de los demás desde extrañas alturas morales pero, para lo que nos atañe, muy altas.

Y, al día siguiente, en la playa, mientras lees o fantaseas con un futuro en la marina mercante, les continúas oyendo en sus maratones de quejas sobre el trabajo: las mezquindades imperdonables del personal de la planta 3 o los proyectos para envenenar a todos los fijos en plantilla (¡que además no trabajan nada!). Y siguen y siguen y, como son parejas, por una simple cuestión numérica, les escuchas el doble y te cansan el triple mientras se dan la razón continuamente muy vehementes, indignados más bien.

Pero te enfada, te enfada esa potenciación multiplicada de las opiniones, la ausencia de crítica o, simplemente, el cuchicheo, las explicaciones a medias y un erotismo públicamente intencionado que pretende ser pícaro y resulta deprimente. Y, al fin, un día tienes delante a unas personas que conocías, hablando del futuro, del FUTURO, como si sólo hubiera uno y fuera, por descontado, el suyo. Y, claro, acaba por llegar la mayor de todas, y llega sin más. Al principio piensas que no puede ser pero, como diría Jordi Hurtado «lo ha dicho; lo ha dicho»: casas, hipotecas (porque alquilar es tirar el dinero, ¿no lo sabías?), y los 32 la mejor edad para tener hijos o hijas. Tú tragas saliva aguantando la incomodidad y decides, muy sabiamente, no meter baza no sea que te asesinen por outsider (¡pero si eres de barrio!). Pero, como el rayo, no cesa y vienen las bodas, las bodas a millones a las que han asistido o asistirán y las aparentemente miles de normas de etiqueta que tienen estos eventos (principalmente el dinero a aflojar) y las despedidas, tremendo asco, y luego las mascotas…

 

 

Tú sigues sentado, palpándote el hígado, pero decides probar. Les dices que eso de las etapas de la vida es una chorrada, que eres libre, que está muy bien tener pareja, pero que la unidad sigue siendo uno y no dos, que la inseparabilidad no existe; que las medias naranjas deben ser un postre y que decir toda la vida es como decir martes por la mañana. Ahora lo notas, las ondas de odio y reproche volando hacia ti, el convencionalismo militante que te arruga en tu silla y te convierte en un ser muy pequeñito. Tomas otra cerveza y decides no intervenir más mientras ves como en un rapto a tus amigos y amigas transfigurados en viejos y felices. Les dejas hacer mientras piensas que, aun en el mejor de los casos, para ellos esa vida que desean dejó de existir en algún momento entre el primer gobierno popular y la adopción del euro.

Ya no les oyes, mientras lees a quienes combatieron con los convencionalismos de sus épocas y te preguntas si solo será envidia, y buscas tu poca valentía, tu imaginación que quieres como un tesoro y, mientras los murmullos de las huidas hacia adelante o hacia atrás continúan, tú te conformas con tu poquito valor y tu mucha cobardía.

 

COMMENTS

  • Marcos Mendez Vazquez

    Soy un poco más mayor que vosotros. Tengo treinta y tres años y entre los amigos que conservo hay de todo. A veces hemos tenido conversaciones parecidas a las que se refiere el autor, pero nunca me ha dado la sensación de que se juzgase a quienes no quieren contraer según qué responsabilidades. Es verdad que, a partir de cierto momento, se empezó a hablar mucho de trabajo y de parejas estables.

    Del trabajo se habla por puro desahogo, porque trabajar es jodido; en general, en los trabajos sale a relucir lo peor de la especie, al menos en mi opinión.

    Y me parece que, a ciertas edades, resulta muy saludable tener pareja estable. Las relaciones entre los dieciocho y veintitantos años no son relaciones en sentido estricto, al menos en general, y más hoy con el rollo de los follamigos. Una relación de pareja estable te enseña a querer de verdad. Las medias naranjas existen y te procuran tranquilidad, paciencia y un vínculo más allá del hedonismo mal entendido que tanto se estila hoy. Uno se da cuenta de que interesa de verdad a alguien, y eso, os lo digo yo, no os va a pasar con frecuencia: muchos amigos dejan de serlo o sólo son amigos de copas y ciertas parejas entienden al otro como un simple dildo o una simple muñeca hinchable. La media naranja te quiere por lo que eres, no porque le des beneficios o charla cuando salís de copas. Soporta tus manías y te ayudad de verdad. No sé, tal vez yo sea un poco carca, pero una relación así me parece un tesoro en nuestros días de libertad mal entendida. Aunque, sinceramente, no creo que en el fondo hayamos cambiado mucho; seguimos siendo muy parecidos a nuestros padres, al menos en algunas cosas.

    Me parece que soy el único que comenta en esta página…

    Saludos.

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