CONTRA LOS MOCHILEROS

Contra los mochileros

Carlos Rodríguez


 

Nada más deseable para el estudiante europeo de clase media que tres meses libres para recorrer América Latina con la mochila a la espalda. Una vez masificados los viajes low cost por Europa, lo distinguido es cruzar el charco y sacar la mochila de la cabina de Ryanair para llevarla por todo el subcontinente entre autobuses, caminatas y tramos de autostop. El catálogo de musts es largo, desde la Patagonia hasta las playas del Caribe pasando por desiertos de roca y sal, lago Titicaca y ruinas del Machupichu.

Nada más envidiable, porque a pesar del barniz alternativo son pocos quienes pueden permitirse un pasaje transoceánico y vivir tres meses sin trabajar saltando de hostal en hostal. Una experiencia necesaria, que no se compra en un catálogo turístico y que forzosamente ha de tener un componente de viaje de autodescubrimiento accesible a un amplio rango de edades (como los trabajos fijos, este tipo de tránsitos ya se pueden afrontar después de los treinta años).

Quien ha pasado por América Latina o vivido en alguno de estos países de tránsito mochilero habrá oído cómo gente ha encontrado «algún tipo de conexión», cuando no «a uno mismo» o, los más audaces, la auténtica sintonía con la Pachamama. Mirada orientalista y experiencia de consumo aparte, lo más habitual es encontrarse con otros europeos, norteamericanos o excepciones de la global class oriundos de algún rincón del Sudamérica o África. El contacto con los residentes en cada lugar de paso, cuando se da, suele ser a través de algún otro amigo europeo que vive allí por un periodo. Yo mismo, que escribo estas líneas desde La Paz, he sentado cátedra sobre la verdadera Bolivia en algunas de estas reuniones.

En realidad, las rutas por Latinoamérica no son un paquete turístico, sino una suma de ellos al coste más bajo posible con etapas intermedias de descanso en las ciudades más grandes. Es lo que pasa cuando miles de jóvenes cada semana tienen los mismos deseos de libertad y singularidad: los unos se encuentran a los otros y los itinerarios se acaban estandarizando.

Una vez admitido que el viaje del mochilero no tiene nada de emancipador y que esta adaptación de los diarios de motocicleta tiene un potencial de autoconocimiento bastante limitado respecto a lo que puede ser encerrarse en un sótano de cinco metros cuadrados con agua y barritas energéticas durante una semana, no tengo objeción alguna que hacer a esta democratización parcial de esa vieja práctica que es «conocer mundo». Sin embargo, no quisiera contribuir a idealizar el camino del mochilero. Puestos a elegir, mejor viajar en avión y dormir en hoteles de cinco estrellas, ¡eso sí que es conocer!

Carrying

Leave a Comment