CONCEPTO: DEGENERACIÓN

Concepto: degeneración

Tú, sí, tú, que hace apenas unos años hacías skate y fumabas a escondidas. Tú, que has descubierto el placer de cocinar y que, aunque abiertamente eres ateo, rezas por la eternidad del abono joven. Has descubierto la aridez de cumplir años y te has visto lanzado a un mundo en el que te consideran adulto, sin aún ser capaz de entender muy bien cómo ha pasado.

La pertenencia a una generación tiene bastante pinta de ser una de esas identidades que nos vienen desde fuera y que sólo sirven para convertirnos en respetables estúpidos.

Puede, sin embargo, que haya algo más. Algunos nacimos cuando aún había dos mundos, pero no lo recordamos. En casa, con nuestras abuelas, vivíamos transportados a una época —la dictadura— y a su relato, y al de la que pasó a continuación. Y, en muchos casos, fue nuestra posición, sin duda naïve e ingenua ante el franquismo (condicionada por una historia familiar), nuestra primera decisión y toma de postura política.

En el borde de lo analógico y de lo digital, tuvimos Game Boys grises y pesadas como ladrillos mientras veíamos repuestas en la teleseries de dibujos que tenían veinte años y que vieron nuestras madres. Y, así, seguimos estudiando en la España de Aznar y de las últimas pesetas, y poco a poco iban desapareciendo los restos de la heroína que había marcado buena parte del relato de la generación anterior y de los miembros de la nuestra que tienen mayor edad.

Nuestro país, imparable, se dedicaba a los servicios después de una reconversión que no vivimos. En el colegio se nos enseñaban los sectores primario y secundario en clases de treinta personas con una media de un cuarenta por ciento de hijos únicos de los que la mayoría señalaba la casilla «Administrativo» en el oficio de los progenitores. Mientras seguían cambiando los coches, la música, las series. Y un día, al descolgar el teléfono, oímos una cacofonía terrible de pitidos y chirridos, y así tuvimos por primera vez internet para usar el Messenger. Porque no fuimos nativos sino los últimos de los colonos digitales.

Un día, mientras comíamos, vimos una y otra vez la imagen de unos aviones entrando absurdamente en unas torres. Parece que la historia no se había acabado, ni entonces ni antes, cuando vimos manifestaciones en Seattle; o poco antes de aquello de los aviones, cuando en los telediarios observábamos la mano de un carabiniere salir por el portón de atrás de un todoterreno y disparar.

Y luego, ya, la adolescencia y cierto furor de algo ingenuo en el que había deseos de saber. Y la guerra. Había habido guerras, pero con nuestra deformación centrada en nuestro mundo viejo, con los medios igualmente centrados en este hemisferio y despreciando lo demás. Nos privaron de su conocimiento, y, así, como Yugoslavia nos pillaba lejos, algunas y algunos nos vimos yendo por primera vez a una manifestación en nuestras vidas por la guerra de Iraq, porque, incluso siendo tan jóvenes, entendíamos primordialmente la falsedad de aquello.

Y el 11M, y la Universidad, y poco después —o poco antes, según nuestra posición en esa cinta— la crisis que nos sacudió (y nos sacude); la crisis que fue económica y devino sistémica, mental, identitaria, y ya no fuimos más los mismos. Y como resultado de todo ese bullir, de ese enfado bíblico, de esa estafa y de quienes se anticiparon en la comprensión de todo aquello; en ese momento en que el monstruo que se había quitado la máscara en el 91 estaba ya totalmente desnudo mostrando todo el acero, la feroz indiferencia y el insaciable apetito. En ese momento se llenaron muchos sitios, de mucha gente. Y en ese parón de la máquina, en ese instante, fue cuando en el ritmo de esa cinta nos vimos fuera de categorías que nos marcaban nuestro pasado. Y al tiempo coincidimos con una generación a la que pocas veces habíamos visto junta e igualmente con personas de otras generaciones cuyas voces habíamos despreciado.

Y, paradójicamente, somos una generación que tendría que haber ido más allá en la tendencia mayoritaria iniciada una generación antes, es decir, hacia un mayor bienestar material y una mayor pobreza y carencia de mecanismos de unión. Quizás las décadas de los noventa y dos mil sean las más solitarias en nuestra parte del mundo, en las que más se abogó por la muerte de la sociedad y el individualismo. Es justo entonces cuando a consecuencia de esa crisis vimos nacer, renacer, resucitar y formarse una sociedad, una solidaridad. La historia volvió a andar y, de nuevo, palabras que aquí parecían antiguas, y que aludían al conjunto feliz o enfadado (pero consciente) como colectivo popular, brotaron para definir esas realidades que habían sido rescatadas de otras generaciones y otras luchas: vino nuevo en odres viejos. Esta experiencia heredada no tiene que constituir ningún tipo de límite intraspasable: son aprendizajes que pueden convertir, algunos, nuestra vida en algo más satisfactorio; y que es preciso desechar, otros, para reivindicar y hacer efectivo nuestro derecho a la experimentación salvaje.

Aquí nos intentamos hacer cargo de nuestro momento móvil y fijo, como esa cinta transportadora a la que se asemeja una generación. De la misma manera que se hace lo imposible para tumbar lo que parecía inamovible, empezamos a pelear contra el monopolio del relato de nuestros tiempos: por ser nosotros y nosotras quienes lo escribamos y no los mismos gusanos de siempre.


 

Dentro del monográfico
Este mes en la sección de Cultura tenemos mucha cosa y toda buena: Alberto y Arturo Tena nos traen una manera diferente de entender la televisión y la comunicación audivisual en «Generación APM»; Sara Sánchez-Molina nos habla de humor y empoderamiento en «Malena Pichot: el humor que empodera a las mujeres», Marta Guirao explica la desaparición de los programas de música en la tele y cómo ha cambiado nuestra manera de escuchar en «Y de repente, Thriller»; y Pablo Rada reflexiona en «Mitología sentimental de un barrio» sobre como esos lugares de nuestras ciudades se convierten en relato e identidad cultural para los pertenecientes a nuestra generación.

En Política nos hemos dado el lujo de la introspección. Autoflagelación, crítica, asombro, queja y reivindicación para intentar entender lo que somos. Pablo Llorente le dedica unas palabras a nuestra generación y predecesores en «Para ti, puto millennial»; Olivia Isidoro nos habla en «Un gran día» del choque de dos mundos y los retos del feminismo; Patricia Taro, para terminar, nos mete en la piel de todas aquellas personas que nos hemos dado cuenta de que lo único que acreditaba nuestra titulación universitaria era nuestra estupidez con «Tiempo de valientes».

En Yo ya hemos tirado la casa por la ventana y tenemos cuatro maravillosos artículos que iremos leyendo durante este mes de abril. La Llorona nos ha escrito «One way ticket: destino friegaplatos», corto pero intenso. Si ya no quieres seguir teniendo 20 años o si te da directamente asco recordar cuando los tenías, os gustará el artículo de Pandorita: «720 razones para repudiar a los veinteañeros»; ¿te fuiste de Erasmus? ¿Sí? ¿No? Pues en cualquier caso, Mario Carrasco nos da en «Guía Erasmus» algunas claves para entender o recordar lo que supone esta experiencia; Finalmente, Alberto Coronel se marca un manifiesto, sí, han oído bien, porque en «Manifiesto balconing» se defienden apuestas audaces que podrás leer en Juego de Manos.

En la entrevista de este mes hablamos con Noemi Rodríguez, integrante de la compañía Teatro EnVilo, sobre el teatro en colectivo, el cuerpo, el fracaso y  su última obra «Generación Y» en la que se dan de bruces con la pregunta «¿Qué quieres para tu futuro?».

No tengan miedo, ¡disfrútenlo!

 

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