COMPETITIVIDAD Y TRABAJO EN EL ARTE: ¿de verdad alguien pensó que eso era buena idea?

Competitividad y trabajo en el arte

¿De verdad alguien pensó que eso era buena idea?

Fernando Ángel Moreno


No tiene sentido gastar nuestras vidas en trabajar sin vocación ni satisfacción alguna. Es arrojar nuestras vidas a las cloacas.

¿Estás de acuerdo? Pues era una preocupación muy importante para Marx. Aplazar la felicidad por un intercambio de «algo sin valor alguno» —el dinero— para que otro acumule más de ese «algo sin valor alguno» carece de sentido se mire por donde se mire. Hay una película de ciencia ficción no demasiado conseguida que, sin embargo, transmite muy bien la idea: In Time, donde los ciudadanos pagan y cobran segundos de vida por cualquier transacción. El guion no es redondo, quizás por falta de trabajo, pero, si no lo piensas mucho, la película consigue transmitir muy bien lo que pretende. Eso consigue la ciencia ficción: emplear imágenes muy inmediatas, muy poderosas, para activar nuestro subconsciente. Por eso jamás he comprendido el odio a las películas de efectos especiales.

«No tienen guion», oigo decir. «No se han trabajado los personajes ni la historia», me insisten. Trabajo, trabajo, trabajo… Incluso para valorar una obra artística la mayor parte de la población ha sido convencida de que el artista debe deslomarse como una bestia.

Recuerdo las dos veces que vi Avatar. Bueno, una y media, porque me dormí cuando volví a verla. Quería entender por qué me había aburrido la primera vez. Sé que no me gustó porque no me convencieron los personajes, pero… años después… ¡Qué imágenes!, ¿verdad? Aquellas montañas flotando, con el espíritu venciendo sobre la materia… ¿Por qué no me gustó? Debería volver a verla. Recuerdo que me dije: «Este guion no está trabajado». Qué gilipollas era yo en aquella época…

En ese sentido, vemos la serie Lost y la crítica siempre es: «Improvisaban. No se lo han trabajado». Yo no le di tantas vueltas. Había sólo efectos, sensaciones, emociones, sorpresas. «¡¡¡Pero no estaba trabajado!!!!». Discrepo, pero, aunque hubiera sido así… ¿qué más daría?

Dijo el guionista de The Wire, un tío al que admiro: «Yo me hago un guion de Lost en una hora». Ah, genial. Qué suerte. Pues adelante. Ojalá. Ya, ya…, quiere decir que es fácil y que él es mejor que esa gente.

Ahá.

Eres mejor guionista. Y debes de tener una polla enorme; no lo dudo.

¿Y?

Se nos ha enseñado a valorar el arte por horas de trabajo empleadas. Increíble.

«¡Qué timo el arte moderno! ¡Eso lo hace cualquiera!».

Es posible. No lo creo, pero sigo sin ver por qué debe ser un factor relevante que sea capaz de hacerlo un único tipo o podamos hacerlo todos. Ojalá todos hiciéramos más arte, ¿no?

No se trata de medir las obras por horas laborales. Imaginemos un artista que está tumbado todo el día con una cerveza en la playa. Durante meses. Sin hacer nada más que mirar el mar, pasear, leer (poco), pescar o coger fruta de un árbol cuando tiene hambre y nadar de vez en cuando. Y un día, al caer un coco en mitad de un claro, coge una cámara y le sale una foto magnífica. La expone en una galería, a todos les encanta, se hace famoso. Se vuelve a la playa.

«¡Ese tío es un timador!».

«¡Un buen fotógrafo se tira años estudiando fotografía, calculando ángulos, entendiendo la psicología de la imagen…».

Estoy de acuerdo con no infravalorar el esfuerzo del fotógrafo, el del actor, el del pintor, el del diseñador. ¡Por supuesto! Y en esta sociedad capitalista debe ser recompensado por ese esfuerzo, dado que de ello depende su supervivencia. Pero…

A la hora de valorar una obra de arte…

¿Por qué no te preguntas, mejor, si te gusta la foto? Seguramente no será muy interesante, porque el esfuerzo por lo general influye en el producto final, pero… ¿y si te gusta? ¿Aunque la haya hecho un mono o una máquina?

¡No! ¡El arte debe salir de un esfuerzo mitad intuitivo, mitad gran esfuerzo! ¡Pero el genio no necesita esforzarse! ¡Pero si no se esfuerza es un timador…!

Ya, y no te gusta si no tiene guion, si está improvisado. Me pierdo.

Tenemos el capitalismo metido hasta las venas. Juzgamos todo por el esfuerzo, no por lo que inspira, por unos minutos de satisfacción, por la calidad del momento. Incluso decimos la gilipollez de que el tiempo da la razón a las obras maestras. What the fuck!!!!!? ¡No me jodas! ¿Calculamos si nos gusta una obra por la cantidad de años durante los cuales unos académicos dicen que algo es bueno? ¿O por los años en que es éxito de ventas? ¿Por lo que nos dura, como si fuera una lavadora o un destornillador? Es decir, el arte efímero o el que remite a realidades políticas circunstanciales o al sentido del humor del momento… no son buenas, ¿no? ¿Dios —la eternidad, la humanidad, el tiempo, como quieras llamarlo— debe dar el visto bueno y todas las sociedades han de verlo igual de maravilloso para que sea importante? Hay que joderse con el colonialismo artístico a través del tiempo, con el centralismo antilocal.

No sé… A mí, un preservativo, con que aguante lo que tiene que aguantar…

Muchos filósofos marxistas alemanes tuvieron la culpa de eso, que exigieron trabajo y trabajo y trabajo para crear y para leer la obra. Pobres. Hicieron el trabajo al capitalismo sin darse cuenta, endiosaron el arte de lo difícil, la lectura del experto que ha pasado horas y horas analizando porque DEBÍA hacerlo.

Qué estrés.

No veo mal al artista o al crítico que trabajan muchísimo, si disfrutan con ello y si disfruto con lo que hacen. Y, si no disfrutan, pues también, oye. Allá cada cual con sus adicciones…

Isaac Asimov escribió una novela muy interesante llamada El fin de la eternidad. Entre otras cosas muy interesantes que contaba en ella, describía cómo la humanidad al final de sus días se había convertido en un puñado de vegetales babeantes por haber desaparecido los conflictos que le hacían progresar. La novela me encanta, pese a no ser una obra maestra. Su ideología, no. Era hijo de un emigrante judío que tuvo que trabajar durísimo durante toda su vida para sacar adelante a su familia. Asimov heredó su obsesión por el trabajo. De ahí su enorme producción literaria. Estaba en su educación: si no te esfuerzas duro, te vendrás abajo.

Bueno, para educar a un niño que debe luchar en un mundo hostil, me parece correcto, con matices. Sin embargo, como filosofía de vida… como que no.

Me quedo mejor con Dyaspar, la ciudad de la novela de Arthur C. Clarke: La ciudad y las estrellas, donde todo el mundo disfruta de su ocio diario como le viene en gana, pues la tecnología permite que nadie trabaje si no quiere.

¿Te parece horrible? ¿A ti o al niño al que le acusaban de ser un vago por no hacer los deberes? ¿A ti o a la herencia familiar de quienes tuvieron que pasarlo fatal para sobrevivir? Lo ideal no es «trabajar y no ser vagos», diría yo. Lo ideal sería poder hacer cuanto queramos con nuestro tiempo libre, y que dedicarnos al arte, a la filosofía, a viajar, a charlar, a reparar cosas o a mirar las estrellas no implicaran una condena a muerte por falta de recursos económicos.

Iain M. Banks, en sus maravillosos space opera, describe una cultura galáctica que, por disponer de suficientes recursos, puede dedicarse al placer, al arte, a ayudar a los demás o a lo que quiera. Su base era el marxismo: los problemas vienen de la escasez de recursos, no de algo intrínseco de los seres humanos. Hay mucho que matizar ahí, pero pillamos la idea, ¿verdad?

En fin, si te dijera que he escrito este textito en quince minutos, tomando un café mientras desayunaba en un sofá de un local de Varsovia, ¿me creerías?

¿Te gustaría menos?

¿Me juzgarías?

Si es así, háztelo mirar. Tienes capitalismo en las venas incluso cuando no puedes disfrutar de una película con un guion «no trabajado».

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