COMO SI LA DEBILIDAD FUERA UN PECADO

Como si la debilidad fuera un pecado

Reseña teatral de ¿Quién teme a Virginia Woolf?.

Marina Solís de Ovando

Imagen: Arte&Desmayo


A la sala Arte&Desmayo se accede directamente desde la calle, sin recibidor, vestíbulo ni intermediario alguno; desde el frío polar que, en los días que corren, se desgrana sobre Carabanchel como un manto invisible e implacable, una se adentra de golpe en el universo del espectáculo, que en el caso de esta versión de ¿Quién teme a Virginia Woolf? es tan implacable como la inclemencia del invierno madrileño… y muchísimo más temible.

A lo largo del pequeño espacio con que cuenta la sala se expande el sistema de escenografía y atrezo que erige el domicilio burgués de George y Martha, en el cual se desarrolla su macabro encuentro nocturno con Nick y Honey; una siniestra danza entre pasado y futuro, esperanza y rencor, teñido por un desesperante anhelo de supervivencia se despliega sobre un escenario que, gracias al planteamiento, en redondo aprovechando la totalidad del espacio físico, parece eterno.

La obra envuelve al espectador, atrapándolo e incluso asfixiándolo cuando el devenir de la historia lo requiere.

Siempre da gusto asistir a la representación de un clásico de manos de sangre joven y fresca; cuatro actores más que competentes, —entre los que sobresale Juanma Gómez, a cargo del inestable y quebrado papel de George—, consiguen darle vida a una angustiosa noche donde ninguna palabra, insulto, zalamería o pregunta es en vano. El ritmo es impecable, acusando una magnífica dirección (aplausos para Fernando Sansegundo) y un estupendo temple por parte del elenco de actores y actrices; a pesar de los larguísimos parlamentos con los que prácticamente todos los personajes se abren paso sobre la batalla de egos que inunda el argumento, y aun tratándose de una pieza de larga duración —alcanza las dos horas sobre las tablas—, la tensión no se resquebraja en ningún momento. Es interesante y particularmente digno de admiración el haber logrado este constante abrazo del clímax, como si a cada escena fuera a seguir un estallido de ansiedad y locura que invade la sala, sin desmerecer por ello la profundidad del texto, con hondo respeto por las pausas y los matices.

Por supuesto, el impacto sobre la escena se consigue mejor en algunas ocasiones que en otras; la comunicación dramatúrgica que se respira entre Juanma Gómez y Mélida Molina —Martha— es demasiado arrolladora como para no imponerse sobre el contexto, por lo que consiguen transmitir la oscura decadencia de esa pareja autodestructiva y penitente de un modo que llega a resultar incómodo. Su trabajo es más impresionante y provoca un efecto más terrorífico que el conseguido por Enrique García Conde y Sheyla Niño —que encarnan a la joven pareja formada por Nick y Honey—; con todo, estos últimos cumplen con creces su misión de mostrar cómo la violencia entre humanos arrastra inevitablemente a cualquiera que la respire y que acepte, como dice George en más de una de sus turbias intervenciones, «jugar a este juego».

«Si algo define a un clásico es no sólo su calidad sino su vigencia», reza el texto con que la compañía nos invita a sumergirnos en esta terrible aventura. La eterna duda de si alguien podrá comprendernos en medio de una vorágine de enemigos aterrados, de si el amor existirá o será sólo un señuelo para camuflar la simbiosis entre animales heridos, el pavor ante la opción de una soledad infinita y eléctrica… Así es como se respira cada segundo de una noche que se hace larga y breve a la vez, angustiosa como las penas que se esconden, se silencian y no se mueren, y efímera como —a ratos y por culpa de la pieza— parece la felicidad. «Como si el propio amor o la debilidad fueran pecados». La versión ofrecida por Arte&Desmayo logra con gran acierto hacerle justicia a este clásico de Edward Albee y a la compleja exposición de emociones humanas que implica representarla.

Se trata, en definitiva, de una soberbia experiencia teatral que, desde un planteamiento humilde, edifica una sólida recreación artística de un texto feroz y un espectáculo en toda regla. Es imposible abandonar el teatro sin una apagada y hueca sensación de desconsuelo latiendo en las entrañas; pero ahí está el conjuro del escenario, en esa viva oportunidad de sufrir la tragedia del tiempo presente y la desesperanza sin hallarse verazmente aprisionado en esa tela de araña: esa puerta semiabierta al inframundo, donde es posible conocer a los muertos y a los demonios, para luego volver a las heladas aceras de Madrid, y saberse libre a pesar del desasosiego. Tal vez incluso feliz… tal vez, incluso, en paz.

 

¿Quién teme a Virginia Woolf? puede verse todos los viernes, sábados y domingos en Arte&Desmayo.

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