CÓMO NO METER MANO

CÓMO NO METER MANO

Guía rápida de iniciación al uso de las manos

Pandorita


No soy mucho de meter disclaimers, pero en este texto creo necesario meter un proclaimer (palabro absolutamente inventado). Estoy dispuesta a hacer una declaración de intenciones: esto es una advertencia para todos esos machitos imberbes, jamelguitos acelerados, crápulas y calaveras y gilimachos en general, que creen ser expertos provocadores de placer manuales andantes y que luego se quedan en conductas estereotipadas nada satisfactorias. Esto es un cursillo para abandonar el egocentrismo que siempre ha rodeado el mundo de la metida de mano. Pues eso, a ver si dejáis de meter mano para poder haceros pajas.

Hay quien dice que meter mano es un arte. Y como todo arte hay que aprenderlo. Pero resulta que, o por vergüenza o por nuestra buena educación cristiana, muchas veces las cosas no se dicen como deberían ser dichas. Y así hay alumnos poco aventajados, que pasan curso a curso arrastrando las carencias más básicas. Y el problema no es el desconocimiento, si no el desconocimiento del desconocimiento.

PROPORCIONES meter mano colorizada

Nos encontramos con energúmenos a los que alguna vez les dijeron que hacer tal cosa «ponía to cachonda/o», y lo siguió haciendo toda su corta vida sexual. Desde el típico refrote paquetero en los frenazos de autobús, hasta los manoseos del fucker de turno, pasando por las palmaditas inoportunas en el trasero, roces de tetilla disimulado, o el cariñoso pellizco de lorzas que te engorda psicológicamente 20 kg en un instante.

Está claro, pocas cosas hay que quiten más las ganas de follar que una mano mal puesta en un mal momento. Podríamos hacer un estudio detallado sobre cómo meter mano. Sobre cómo ganar confianza en ese terreno y llegar a dominarlo, pero es más divertido quedarse con lo negativo exclusivamente. No es igual el manoseo dentro una pareja establecida con una que empieza su carrera amorosa. Como no es igual la manera de meter mano de un adolescente que la de un tripón canoso.

Los toqueteos tímidos, que casi piden permiso, se siguen de los magreos intensos en los que se trata de demostrar todas las habilidades adquiridas a lo largo del tiempo (ante todo hay que aparentar ser muy experimentado) y luego deriva en un encefalograma plano de caricias rutinarias y tan establecidas que parecen ser un miembro aparte de la pareja. Caricias que ya no sorprenden pero que esperas por conocerlas (aunque después desearías que al menos hubieran variado en un centímetro).

Los sobeteos torpes y bruscos, aprendidos de películas porno, de los adolescentes poco tienen que envidiar al ferviente magreo de dos adultos que se conocen de sopetón en algún bar de Malasaña a horas intempestivas. En esos casos se tiene claro que se busca lo que se busca, y pararse en el camino sólo genera retraso y no sirve para nada.

De cómo se meten mano en la tercera edad prefiero fingir que no sé nada.

Siempre me ha resultado muy graciosa (por decir algo) esa idea del género femenino como autómatas activables con sólo apretar un botoncito. Luego en los momentos íntimos, tratan de encenderlas como si fueran la Thermomix. Y luego, si no les funciona, será que el aparato está estropeado.

La noche siempre es un buen momento para equivocarte metiendo mano. Quedarse dormido atrapando una teta que quería ser libre o una nalga solitaria que quería seguir siéndolo. Empeñarse en abrazar en las noches de verano, en las que es mejor marcar el territorio con áridos «¡Ni se te ocurra tocarme!».

Pero ¿y esas manos que aparecen en medio de una siesta y te acarician muy suavecito, muy suavecito? ¿Qué pasa con esas manos que creen que están siendo muy cariñosas y lo único que están haciendo es despertarte? Esas caricias que no sabes si es una mosca silenciosa que te está catando o si es el saco lleno de sentimientos que tienes al lado, y al que, si le dices que te deje en paz, le vas a hacer sufrir la peor de las depresiones. Llega el punto en que es preferible quitar dicha mano, agarrarla, controlar su recorrido y que así deje de molestar. ¿Para qué hacer como que me está gustando? ¿Para qué hacer gala de tanta complacencia cuando algo molesta?

Si que te metan mano por la noche puede ser malo, despertarse con una cebolleta bien arrimada es peor. Si como media hora antes de que te tengas que levantar y salir corriendo al curro. Cuando te huele y le huele la boca a auténtico infierno matutino.

Pero ¡no seamos tan duras! ¡Ni que no nos gustase que nos tocaran! A veces casi es quejarse por vicio: «si me tocas, porque me tocas; y si no me tocas, porque no me tocas». Vamos a reconocerlo, nos encanta que descubran nuestros cuerpos otras manos y sentir en ellas el deseo, la alegría de conocernos, la dulzura de sentirnos. Nuestros juegos de manos favoritos siempre serán los inesperados o provocados roces que lanzamos a modo de prueba y con los que recibimos misteriosamente la respuesta que buscábamos.

Pero si tuviera que elegir la peor manera de que nos metan mano sería ser cogida de la mano por tu amante delante del tío que te pone y al que te llevas trabajando varias semanas.

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