COLECCIONO MOSCAS, MOSCAS TSE-TSE

Colecciono moscas, moscas tse-tse

Pablo Rada


Casi todo el mundo tiene algo así en su casa, metida en un cajón, en un altillo o en el trastero, criando polvo entre la enciclopedia comprada a plazos en los 70 y la bicicleta estática, una caja de zapatos o una lata en la que se guarda una colección, porque de eso va la cosa hoy, de uno de los pasatiempos más extraños que existen.

Porque, ¿dónde está el límite entre el acopio razonable (de tarros de cristal, por ejemplo), el trastorno psiquiátrico y el coleccionismo? ¿Todo es coleccionable? ¿Y, lo más importante, por qué? Son bastantes preguntas que contestar así que vayamos despacito con esta historia del coleccionismo ―como si tuvieras algo mejor que hacer―.

Para empezar tenemos que tener en claro qué es el coleccionismo o, más bien, en qué se diferencia de la propiedad normal, de tener cosas. Podríamos decir que el coleccionismo es una especie de fetichismo de la posesión en el que no hay utilidad o, mejor dicho, en el que la única utilidad es la misma posesión. Alguien que tiene un campo y tres palas no las colecciona, las tiene porque (en principio o mentalmente) cumplen una función más allá de ser palas, de ahí que dos de las características del coleccionismo sean la «inutilidad» y la «acumulación».

Si miramos al pasado remoto en busca de los primeros coleccionismos lo que más llama la atención es que hasta el siglo XVIII aproximadamente hay lo que podríamos llamar un absoluto desprecio por el objeto y una veneración por la función. Durante toda la Edad Media y el Barroco, las cosas eran principalmente cosas y como tales eran perfectamente sustituibles por otras que cumpliesen su misma función. La idea de patrimonio no existía en el sentido de patrimonio cultural, si, por ejemplo, una iglesia del VII se quedaba pequeña o vieja se tiraba, se aprovechaba lo que se podía y luego se construía otra y, como las cuentas cuadraban, pues allí paz y después gloria; con los libros pasaba tres cuartos de lo mismo, si un copista o un iluminador podía reproducir a la perfección el mensaje, el objeto anterior perdía su significado. Y es que esta gente era muy aristotélica y espiritual y todo lo que fuera cuerpo físico en seguida les parecía «sema». Incluso las obras artísticas y los artistas sufrían de esta concepción del objeto y de su nula comprensión de la originalidad, eran sencillamente artesanos y su manera de trabajar era más colectiva de lo que luego se ha querido entender.

Probablemente la única excepción sean las reliquias religiosas en las que la función era inseparable del objeto y aun así su lógica les permitía desguazarlas en más pedazos para multiplicar los objetos y, por consiguiente, sus efectos.

La cosa no cambiaría mucho durante los siguientes años, aunque probablemente los ricos acumulasen objetos poco frecuentes como muestra de su poder personal. Pero el cambio llega de verdad con la Ilustración y con las primeras colecciones: los museos. La idea que se difundió en ese periodo es que los objetos (bajo ciertas circunstancias como su antigüedad o forma) podían servir como una especie de contenedores físicos de otras épocas y saberes y lo bueno era que, al haber más de uno, ese saber sería acumulable. Obviamente se trataba de una afición al alcance de muy pocos; hacía falta mucho dinero, espacio y tiempo libre además de la educación necesaria que difundiera la percepción de que una cosa era algo más que una cosa (hasta el siglo XX en los pueblos se han usado inscripciones romanas para construir). El ocio durante aquella época era verdaderamente un lujo y sus formas populares no tenían que ver con el coleccionismo. Durante el siglo XIX la situación es más o menos la misma pero con una característica que será importante: la ciencia y los estudios se convirtieron para buena de la burguesía en una manera de dar prestigio a sus vidas de comerciantes y tenderos que nunca llegarían a la nobleza y que aún estaban un poco lejos del poder. Pero el auge del conocimiento científico y su divulgación tuvieron un fuerte impacto en estas personas para quienes la forma más fácil o cercana de hacer ciencia era el coleccionismo, como una especie de preciencia o ciencia amateur: naturistas, botánicos, ornitólogos, entomólogos no dejan de ser catalogadores o coleccionistas si a eso se le suma los enormes imperios llenos de cuyas especies poder disecar para qué queremos más.

Pero todas estas formas de coleccionismo no dejarían de ser muy cultas o científicas hasta que llegamos al siglo XX, probablemente la época dorada del coleccionismo. Las causas de esta popularidad son varias pero todas están relacionadas con el crecimiento de la clase media. Para empezar, tenemos la cuestión de ser, frente a otro tipo de ocio popular como el juego o más tardíamente el deporte (que en origen también fue un entretenimiento de las clases privilegiadas) un pasatiempo de prestigio y muy relacionado con la idea de posesión y de acumulación.

Decíamos antes que el coleccionismo es el fetichismo de la posesión y, para estas nuevas clases propietarias, uno de cuyos pilares era la acumulación, debía de resultar un entretenimiento cercano y que resumía bien unos valores asumidos: la paciencia, la progresividad, la cultura… Sin embargo, es curioso que los objetos que ahora se empiezan a coleccionar, a diferencia de las colecciones de arte del XVIII o naturales del XIX, sean objetos cotidianos hasta cierto punto: chapas, botellas, sellos, cajas de cerillas… y lo que es más curioso aún: que muchos de estos objetos ahora (entonces) se producían en masa, quiero decir, que frente a un siglo XIX de producción artesana, en el que cada objeto era más o menos único, es ahora que los objetos están estandarizados cuando se produce la explosión de esta afición. Quizás las causas haya que buscarlas en el progreso que la mayoría de estos objetos suponían o a la introducción paulatina de la sociedad en una cultura del objeto y de la desechabilidad: antes una botella era un bien preciado que se usaba mil veces pero ahora se podían tirar y acumular según sus mínimas variaciones.

Las razones para coleccionar han ido cambiando y ciertas cosas como la novedad de los objetos han perdido significado. A mí me parece que uno de los grandes motivos es el poder evocador de los objetos: los juguetes de la infancia, las botellas de gaseosa que vimos en las mesas de nuestros pueblos, los cromos que tuvimos en el colegio, los objetos y el diseño guardan mejor que nada las memorias de una época. Luego están las aficiones familiares, hay a quien le hicieron del Atleti y a quien le hicieron numismático.

Pero también, quizás dentro del poder evocador de los objetos, está el exotismo o la idea de viaje que implican. Antes de los vuelos baratos y de que se pudiera tener la fantasía de ser de un sitio diferente al de nacimiento, el mundo era un lugar más cerrado en el que cada país tenía una moneda que formaba parte de su identidad como su bandera o su lengua. Por eso, para quienes ya tenemos unos añitos y tenemos colección de monedas, las monedas significaban poder viajar de niño gracias a los Francos, los Francos belgas, Liras, Marcos o incluso Rublos que se acumulaban o a veces sólo se conseguían gracias a parientes emigrados, lunas de miel o vete a saber cómo. Sin olvidarla la sensación tan potente y común de tesoro que suponen esas piezas únicas y que nos hacen sentir de alguna manera especiales.

Todos estos son, sin embargo coleccionismos muy de a pie, pero por ahí hay cosas verdaderamente raras: gente que no colecciona objetos sino visiones o conocimientos. Así, por ejemplo, en Reino Unido está el trainspotting (afición que da título a la novela de Welsh) y que consiste ni más ni menos que en ver pasar trenes, saberse sus horarios, compañías y trayectos, pero sobre todo verlos y guardar en la cabeza los detalles más ínfimos del expreso Londres-Glasgow del martes a las 16:00, así que si coleccionas sellos, ni tan mal.

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