CIENCIA ROJA, CIENCIA AZUL

Ciencia roja, ciencia azul

Pablo Rada


¿Puede haber teorías científicas que tengan al mismo tiempo un sesgo político? Quiero decir, ¿hay una biología capitalista, una ingeniería socialdemócrata o una geología totalitaria?

Veíamos en otro artículo de este mismo número cómo las ideas políticas pueden introducirse en el arte, a veces por afinidades, por las propias ideas de los y las artistas o por cuestiones teóricas. Pero parece que la ciencia se presta menos a este tipo de subjetividad.

Sí, todo el mundo sabe de grandes disputas científicas que finalmente acaban cuando se avanza lo suficiente y se descarta una teoría y se prueba otra, es decir, cuando se sustituye un paradigma anterior, que fue tomado como verdad durante un tiempo, por otro nuevo que ahora es verdad, o a efectos prácticos y metodológicos funciona como tal. Como mucho puede haber partidarios de la tesis antigua, tradicionalistas o reaccionarios, y de la nueva, reformistas o revolucionarios (según como sea de drástico el cambio). Sin embargo, la pertenencia a uno u otro grupo no tendría que significar tener unas ideas políticas u otras (aunque puede haber cierta relación).

Quizás haya científicos reaccionarios más que ciencia reaccionaria porque la ciencia tiene que ser revolucionaria casi por definición; y el conocimiento, la verdad científica, no tiene ideología (bueno, esto no se lo digan a las personas religiosas). O quizás, aunque esto sería meternos en otras honduras, tiene su propia ideología, o constituye una ideología en sí misma que se define por su confrontación con las disciplinas de conocimiento que carecen de método, que reniegan del positivismo o que renuncian a la universalidad. Como mucho podemos pensar en la lucha de la Iglesia contra determinados hechos, pero ésta se hace desde la fe no desde la ciencia.

Y, ¿entonces? Bueno, puede que sean los científicos los que acaben transmitiendo sus ideas políticas a sus disciplinas, aunque sigue resultando algo que, a priori, parece absurdo porque de esta manera tendríamos que un matemático comunista hará matemáticas comunistas. O puede ser que la ciencia sea diferente en cada país y un físico alemán haga física alemana. Pero bueno, ¿no habíamos quedado en que la ciencia es universal? O que, al menos y para que podamos seguir, ¿funciona a base de universables? Puede suceder que las condiciones sociales de una época y un lugar dado condicionen los intereses científicos e incluso las teorías, pero también en esos momentos (y especialmente en ellos) tendrá que dar la impresión de asepsia, de imparcialidad y de hipótesis únicamente científica (aunque ya dijimos que eso podría ser otra premisa ideológica). Y tendría que hacerlo para huir del carácter práctico o humano de todo lo demás con el fin de situarse en otro lugar más elevado y al que no se pudiera llegar sino a través de la discusión científica.

Sí, pero por algún lado teníamos que empezar. La cosa va como sigue: se rechazan los avances y descubrimientos de científicos por su ideología, por su pertenencia a una minoría o por ser de otro país; y se dice que su ciencia —la judía, la soviética o la que sea— es retorcida, equivocada e incluso peligrosa mientras que la nuestra —la alemana, pongamos por caso—, que coincide en gran medida con la tradicional, pasa por lo correcto y se defiende desde las universidades y demás organismos (y quien no lo hace es expulsado).

Pero, ¿las universidades no tendrían que impedir esto? Sí, pero claro, las universidades son centros científicos pero no dejan de ser instituciones que se deben a sí mismas (¿y al saber? al saber también pero primero a sí mismas) a la continuidad, al prestigio, al orgullo y a otras cosas incluso menos existentes aún como la patria (¡pero si la ciencia era universal!).

No obstante, aquí eran los individuos (no sus teorías) los que eran mal vistos o vetados, y sólo en consecuencia sus teorías. Vamos a ver ahora unos pocos casos en los que es la teoría la que aparece bajo un sesgo ideológico.

Lysenko

Nos encontramos en la Unión Soviética a principios de los años treinta. La colectivización marcha lenta, son años de costumbres los que hay que cambiar, muchas veces sin guía y a base de prueba y error mientras todo el mundo está en contra. Y en eso apareció una teoría biológica que, aplicada, podría solucionar algunos de los retos a los que se enfrentaban: dar más cosechas, alimentar a la gente y acallar las voces críticas de todo el universo. La teoría contaba con una ventaja adicional: el ser soviética; es decir, que su desarrollador fuera soviético y además de origen proletario. Lysenko, un agrónomo que había estudiado con Michurin (un biólogo y agrónomo ruso) propuso una nueva teoría que habría de cambiar los modos de cultivo.

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Trofim Lysenko

Lysenko llegó en el momento en que un mundo nuevo necesita una agricultura nueva, una revolución agraria. Los fundamentos del lysenkismo se basaban en la hibridación y el injerto y, especialmente, la vernalización (la exposición de semillas al frío para que florezcan antes). Todas estas técnicas no son perjudiciales ni acientíficas pero Lysenko y, con él, las autoridades y universidades soviéticas (por supuesto no todos sus miembros) pretendían usarlas de una manera no genética. Es decir, aceptaban el supuesto de que los cambios adquiridos podían ser heredables por sus descendientes (la heredabilidad de los cambios adquiridos), una idea proveniente del lamarckismo que había sido desmontada por Weismann a principios de siglo.

El problema no fue sólo que la aplicación de esta teoría hiciese que se perdiesen cosechas y que la colectivización fuera más lenta; la ciencia es a veces prueba y error, y estas cosas pasan. El verdadero problema fue que al cargarla ideológicamente —el lysenkismo como teoría marxista o soviética— no se podía abandonar como errónea y suponía, además, que cualquier otra teoría que no fuese el lysenkismo y que chocase con ella tendría que ser automáticamente pseudociencia burguesa, papel que le tocó a la genética. Y no porque las leyes de Mendel fueran interpretadas desde la lucha de clases (que supongo que lo harían) sino sencillamente por una cuestión de contrarios. Las teorías de Lysenko fueron abandonadas progresivamente a lo largo de los sesenta pero estos treinta años dañaron notablemente la genética soviética.

Teoría jafética

Si un campo científico en el que la evidencia había sido probada fue tan difícil de desideologizar, otra suerte corrían aquellas disciplinas más hipotéticas en las que, en principio, nada se podía demostrar completamente. Es el caso de la lingüística, en donde sí vemos más claramente el carácter marxista o soviético de la teoría. Pero vayamos por partes.

El lingüista Nikolái Marr había propuesto antes de la Revolución que una serie de lenguas del Cáucaso (las lenguas kartvelianas) debían ser relacionadas con las lenguas semíticas y llamó a las primeras lenguas jaféticas (por otro de los hijos de Noé). Después de la Revolución, Marr amplió la teoría proponiendo que las lenguas jaféticas se habrían extendido también por el resto de Europa y que habrían servido de sustrato para la lengua indoeuropea, que se habría impuesto después y que, de hecho, algunas de las diferencias de sustrato deberían corresponder a la diferencia de lenguas habladas por las diferentes clases, es decir: la lucha de clases como elemento lingüístico, e, incluso, que las lenguas habladas por dos sujetos de diferente idioma y misma clase social se parecerían más que las que hablasen dos personas de la misma lengua pero diferente clase social.

La ideologización de esta teoría es más sencilla de entender porque propone una explicación materialista para un hecho del lenguaje y, quizás también, porque su creador es soviético y permite suponer un pueblo y un sustrato común para la mayoría de lenguas de Europa con origen en el Cáucaso (hay personas para las que ocho mil años no son nada a la hora de ser paletos). Sin embargo, aunque fuese denostada por otros lingüistas soviéticos y finalmente abandonada, no es un caso exactamente igual ya que su carácter de hipótesis permite que siga siendo defendida.

La sesión pavloviana

El último ejemplo que veremos tuvo lugar en las jornadas que se celebraron en 1949 por el aniversario del nacimiento de Ivan Pavlov (sí, el de los perros).

Desde hacía algún tiempo (Pavlov había muerto en 1936), algunos académicos que incluso habían trabajado con él venían desarrollando una actividad que se alejaba de los postulados del condicionamiento clásico, el conductismo y los reflejos condicionados para acercarse a posturas que apostaban por el uso de acercamientos psicológicos para el tratamiento y conocimiento de los trastornos mentales.

Ivan Pavlov
Ivan Pavlov

La ventaja que tenían las teorías de Pavlov, aparte de que su creador fuese ruso y hubiera desarrollado una larga carrera en instituciones tanto zaristas como soviéticas, era que permitía mantener una visión exclusivamente materialista de la mente y su funcionamiento. Así, la fisiología consideraba teorizable y conocible los presupuestos mentales transformándolos en una mera respuesta mecánica (materialista) a la actividad nerviosa superior. Mientras que una serie de académicos y académicas igualmente soviéticos no rechazaban de plano estos conocimientos y apostaban por el uso de estrategias psicológicas como, por ejemplo, el psicoanálisis.

Las sesiones se llevaron a cabo como si fuera un teatro: los papeles estaban decididos desde el principio y los sucesivos conferenciantes se esforzaron por condenar más o menos veladamente la desviación de sus colegas de las teorías de Pavlov. De ahí se pasó a su querencia por teorías y acercamientos occidentales e idealistas. Así, la psicología entendida de manera independiente de la fisiología se condenó como una disciplina científica alejada del materialismo: una suerte de disciplina basada en la inconcreción, idealista, menos positivista y por necesidad burguesa.

Se frenaron los estudios que contuvieran estas nuevas (que tampoco lo eran tanto) teorías y se impuso la ortodoxia pavloviana. Los académicos díscolos tuvieron que hacer actos públicos de contrición y que abandonar sus estudios no pavlovianos para llevarlos a cabo en sus casas o en su tiempo libre, y todo el tratamiento de las enfermedades mentales se siguió considerando una cuestión fisiológica: algún desbarajuste en la fase de inhibición o de excitación. Todo esto retrasó el desarrollo de una psicología soviética que podría haber elegido sus modos y maneras aun partiendo de presupuestos diferentes a los del mundo capitalista.

Hay que dejar claro que no es una cuestión de anticomunismo porque los científicos que creían en otras teorías eran igualmente soviéticos y estaban interesados en que su ciencia (y la de todo el mundo) prosperase, y la humanidad con ella. Tampoco el libre mercado proporciona necesariamente libertad académica o científica por lo que podríamos llamar la censura económica.

Por eso las universidades deben mantenerse lo más libres que sea posible (estamos hablando siempre de libertad científica o académica, no de mercado), sin estar mediatizadas por el dinero, ni por la religión ni por las relaciones jerárquicas (o incluso sin que estén controladas por una ideología científica excesivamente dogmática o celosa del método) que impongan la servidumbre de las ideas viejas o de las sagradas tradiciones.

 

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