CHRISTIAN MARAZZI: «Un subversivo más equivale a diez terroristas menos»

Christian Marazzi: «Un subversivo más equivale a diez terroristas menos»[i]

Traducción de la entrevista realizada en diciembre de 2015 al pensador postoperaísta en la que se abordan temas como la normalidad de la guerra y sus formas, el yihadismo o los refugiados

Antonio Alia y Anna Curcio

Traducción: Carlos Rodríguez


 

A pesar de haber nacido en Suiza, Christian Marazzi (Lugano, 1951) es una de las figuras más lúcidas e influyentes del postoperaísmo italiano. Se hizo politólogo en Padova cuando la ciudad véneta era uno de los lugares de efervescencia de la extrema izquierda europea y se doctoró en economía en Londres. Autor de obras traducidas al inglés y al español como El sitio de los calcetines (Akal, 2003) o Il comunismo del capitale (Ombre Corte, 2010), Marazzi es uno de esos gratos economistas que no lo parecen. La naturaleza lingüística de la economía financiera, la historia de la autonomía o las aportaciones a la categoría de composición de clase —categoría del operaísmo por antonomasia— son algunos de los campos destacados de su investigación.

Juego de Manos publica en español una larga conversación con Antonio Alia y Anna Curcio donde se abordan, en perspectiva geopolítica, la normalización de la lógica de guerra y la imposibilidad de salida inmediata de la crisis. Dentro y contra la normalidad de la guerra, el suizo-italiano se muestra de acuerdo con quienes piensan que un subversivo más equivale a diez terroristas menos y sostiene que la única forma coherente de oposición a la guerra es la construcción de conflicto allá donde el terrorismo muestra más capacidad: en las metrópolis y sus periferias.

 

El escenario de guerra parece una realidad, a pesar de sus límites inciertos y difuminados, donde la metrópoli también se vuelve frente bélico. ¿Cómo se reconfigura la guerra y cómo lo hace respecto al análisis sobre el imperio de los últimos quince años?

Desde mi punto de vista, asistimos a la disolución del imperio tal y como lo habían descrito en el 2000 Michael Hardt y Toni Negri, como superación del imperialismo ligado a una modalidad de acumulación de capital que en el curso de los últimos años había superado la dialéctica entre centro y periferia. Había extendido las periferias al centro y el centro a las periferias, bajo un mando articulado y jerarquizado basado en los mercados financieros y los intereses de las grandes multinacionales de escala planetaria.

Me parece haber vislumbrado en los últimos meses las primeras señales de superación de esa forma-imperio, como resultado del completarse de la crisis económico-financiera iniciada en Estados Unidos entre 2007 y 2008, por medio de una extensión a los países emergentes. Hablo en particular de China, pero también de los BRIC, de los derrumbes bursátiles y de valores durante el pasado mes de agosto. Entonces, un primer intento hipotético de responder a la pregunta sobre cómo se está reconfigurando la guerra tiene que tener en cuenta el escenario de disolución del imperio.

Hace ya tiempo que hemos entendido, en el seno del pensamiento crítico y militante, lo importante que es el análisis geopolítico de los fenómenos en los que nos apoyamos para definir nuestras formas de lucha, movilización y subjetividad. La reconfiguración de la guerra comporta en su concreción la superación de las fronteras nacionales como resultado de la disolución de la forma-imperio. Y abre una contradicción sobre la que creo que hay que reflexionar a fondo. Por un lado, la guerra está haciendo emerger nuevos lugares, pulmones pulsantes. Pienso en el califato y todo lo que lo rodea. Por otra parte, se manifiesta de forma transversal, en los lugares que una vez definíamos como el centro del imperio, como Europa y alguna de sus metrópolis.

Al mismo tiempo, sin embargo, la reacción que está emergiendo respecto a la guerra —y esto era casi inevitable— es un refuerzo, tal y como yo lo veo caricaturesco pero no menos fuerte y preocupante, del horizonte estadocéntrico, como se ve en el crecimiento de los movimientos de derecha y extrema derecha en respuesta a episodios como los recientes atentados de París. Nos encontramos frente a una guerra que certifica la disolución del imperio, pero al mismo tiempo se encuentra frente a la contradicción entre las modalidades transversales en que se desarrolla y el repliegue sobre el estado-nación.

 

Christian Marazzi. Fuente: http://service.ticinonews.ch/
Christian Marazzi. Fuente: http://service.ticinonews.ch/

 

Esa contradicción entre la disolución y el reforzamiento de la forma-estado también se expresa en la llamada crisis de los refugiados.

 Esta guerra se entrelaza a todos los efectos con los enormes flujos migratorios dirigidos a Europa, que están a su vez en el origen de la contradicción de la que hablaba. Evocan la superación de lo que era fundamental en la estabilidad de la forma-imperio tal y como la hemos conocido —pienso por ejemplo en Schengen, en Dublín y en los otros acuerdos constituidos, elaborados e implementados para asegurarse un cierto tipo de división internacional del trabajo— y al mismo tiempo ponen en cuestión precisamente la forma estado-nación que pensábamos que había sido superada de alguna manera. En esta reflexión, diría que debemos incluir también la crisis como tal. Una crisis secular, en la que las fuerzas del mercado deben confrontarse con la incapacidad de salir de la propia crisis, ni siquiera a través de medidas monetarias sin precedentes. Lo que me lleva a pensar que esta situación indica una tendencia a la normalización de la guerra. Espero equivocarme, pero creo que esta situación de guerra a ras de suelo, inédita en la historia bélica del capitalismo, está destinada a volverse normal, hasta el punto que creo que se está reproduciendo a escala planetaria lo que habíamos visto en los últimos sesenta años en el conflicto entre palestinos e israelíes. Me parece que estamos entrando en una fase de este tipo.

Hace poco hablaba con un amigo vasco que me contaba cómo él, habiendo vivido la lucha armada, había llegado a la conclusión de que aquello que es definido como terrorismo se estaba volviendo una forma de vida que trascendía motivaciones de tipo identitario, separatista o nacionalista. Y era justamente esta normalidad lo que volvía tan difícil la resolución de la lucha armada. Es un poco eso lo que sucede con las formas de reclutamiento de jóvenes por parte del ISIS. Tengo la impresión de que en realidad el elemento religioso es secundario, no creo que el proselitismo por parte de los imanes sea el verdadero origen del enrolamiento de tantos jóvenes europeos. En su lugar, creo que estamos en una especie de ciber-yihadismo que combate contra la metrópolis y los lugares no necesariamente simbólicos de Occidente, con un ejército de tipo extraterritorial.

 

Volvemos a la normalidad de la guerra…

 También el estado de excepción permanente que sigue a los atentados, las medidas excepciones de seguridad y el bloqueo de la movilidad que le siguen, se están volviendo, me parece, una cosa normal. Como normal ha sido la reacción de los mercados inmediatamente después de los ataques de París. El momento de preocupación, el lunes en la reapertura después de los ataques del viernes 13, ha durado media hora. Después todos los mercados, en particular el mercado financiero francés, han recuperado su marcha normal, incluso ascendente. Naturalmente, se han visto privilegiados los sectores de la defensa y la energía, como sucede siempre, sobre la base de la hipótesis de que una situación de guerra implica, respecto a la seguridad y la defensa, el aumento de la producción de armas y el aumento del consumo de la energía y el petróleo. Y estos sectores, inmediatamente solicitados, han compensado con creces la ligera disminución de los títulos ligados al transporte aéreo, el turismo y las infraestructuras hoteleras. Me afecta mucho la normalidad glacial del funcionamiento de los mercados, que en mi opinión es especular y simétrica a la situación en que nos encontramos.

Vehículos del Ejército de Tierra durante un desfile militar. Fuente: wikimedia.org/
Vehículos del Ejército de Tierra durante un desfile militar. Fuente: wikimedia.org/

En esta redefinición de la guerra, ¿cómo se articulan la guerra combatida y los intereses económicos y financieros que mueven los sectores de la energía y el petróleo?

Ante todo hay que considerar la superación de una relación de causa-efecto. Debemos tener en cuenta que estamos en una situación en que las perspectivas de salida de la crisis se están alejando. Hablaba al principio del efecto en Occidente, y en Europa en particular, de la ralentización de la economía china. Análogamente podemos ver los efectos recesivos internos de las sanciones aplicadas a Rusia tras la invasión de Ucrania. Sin embargo vemos, al mismo tiempo, que los bancos centrales, en particular el BCE, están preparados para relanzar de forma aún más expansiva si es posible las políticas de quantitative easing. Es decir, de creación de liquidez para inyectar a los mercados, aun sabiendo que los resultados serán discretos.

El cerebro monetario y financiero es absolutamente lúcido sobre la necesidad de mantener alto el nivel de actividad y apropiación financiera de la riqueza. Pero es igualmente lúcido al considerar tibiamente estas medidas, que están destinadas a durar al menos hasta 2017. El precedente de Estados Unidos nos dice que estas medidas monetarias han contribuido relativamente poco al crecimiento económico del país, que de todos modos ha avanzado en sentido contrario al del continente europeo. Todo esto para decir que la guerra representa una suerte de estímulo keynesiano. Basta pensar que el gasto en seguridad, que está destinado a crecer con total seguridad, se quedará fuera de los déficits nacionales. No soy un amante de las conspiraciones, pero creo que ésta es la fórmula con la que se tiende a salir de la austeridad: militarización del territorio y de nuestras vidas y aumento keynesiano de los gastos ligados a defensa y seguridad.

 

¿Podemos entonces decir que la guerra, en su nueva configuración, sigue funcionando de la manera más tradicional como forma de salida de la crisis?

 La diferencia respecto a la clásica relación entre crisis y guerra como estímulo keynesiano en el sentido más crudo y brutal, es que en este caso no se saldrá de la crisis, sino que se modificarán las formas en las que estaremos en la crisis durante los próximos años. Cuando hablo de militarización de las formas de vida me refiero a que la guerra difusa en su normalidad será un estímulo para modificar las formas de mando dentro de una crisis destinada a durar.

 

Entonces, ¿cómo oponerse a la guerra? ¿Podemos pensar en el conflicto como lo contrario a la guerra?

Hace tiempo, en una conversación con Gigi Roggero, decía que esta crisis económico-financiera era como una némesis del capital. Destruido el capital como relación social, destruida la clase obrera fordista, he aquí la venganza. Creo que no hay crecimiento ni desarrollo sin lucha. La lucha no es sólo el motor y la palanca del crecimiento porque induce innovaciones de los procesos productivos y formas de redistribución de la renta estimulando la demanda. La lucha también produce información, inteligencia. Sin embargo, en los últimos treinta años ha habido un intento continuo y sistemático de despedazar esa relación social, produciendo una situación de absoluta oscuridad.

Como todos, intento entender lo que sucede en Oriente Medio, pero me resulta extremadamente difícil. Hay alianzas que se están modificando en un sentido que apunta al fin del imperio. Estados Unidos —lo explicita la doctrina Obama— está intentando bajar su nivel de intervención en Oriente Medio para concentrarse más en China y Rusia. Además, hay una serie de procesos con nuevos actores que trabajan en la disolución de la configuración estatal que había permitido al imperio funcionar en la región durante las últimas décadas. Me parece que Estados Unidos está desligándose por una parte, y por otra buscando crear una situación de estabilidad garantizada por el conflicto permanente entre estados, de los que ninguno es capaz de hegemonizar la situación.

La relación entre Arabia Saudí, Catar, Irán e Israel avanza en esa dirección. Ninguna de estas fuerzas es capaz de desempeñar el papel de aliado privilegiado de Estados Unidos y de establecer una jerarquía de poder de mando en la región. Al mismo tiempo, los rusos buscan, con cierta astucia y habilidad, explotar la situación para enfrentar su propia crisis social. Por una parte, el papel que Rusia ha asumido en la región le está permitiendo recuperar autoridad tras todo lo sucedido en Ucrania. Es decir, está condicionando la política no sólo militar, sino también diplomática en la zona, como se ha visto en la relación con la Francia de Hollande después de los sucesos de París. Por otra parte, sin embargo, Rusia sigue siendo un país que no tiene la capacidad económica y financiera suficiente para sostener ese tipo de aventura. Está arriesgando muchísimo, se está arriesgando a empantanarse como en Afganistán.

 

Y Turquía, ¿cómo se coloca en el escenario meridional a la luz de las recientes tensiones con Rusia?

 Turquía está dentro del mismo juego, a la búsqueda de un papel en Oriente Medio. Y tiene una buena mano, porque está protegida por Estados Unidos como miembro de la OTAN y por la Unión Europea, de la que recibe financiación por el problema de los refugiados. Esto es paradójico, ya que, como ha sido desvelado en los últimos días, Turquía financia al ISIS comprando el petróleo extraído en las zonas conquistadas militarmente por el Estado Islámico. Nos encontramos en una situación de la que es imposible que salgamos mediante los continuos bombardeos en Siria. No veo un camino de salida que no sea inventar una forma de estar dentro y contra esta guerra y esta crisis.

Christian Marazzi. Fuente: http://2.bp.blogspot.com/
Christian Marazzi. Fuente: http://2.bp.blogspot.com/

De modo que volvemos a la primera pregunta: ¿cómo podemos enfrentarnos a esta guerra?

Relanzando formas de conflicto y antagonismo centradas en los lugares donde el terrorismo tiene mayor margen de maniobra: en las metrópolis, en las periferias. No nos olvidemos de que este odio, esta violencia que caracteriza a los movimientos yihadistas, también es hija de formas de redistribución, integración y bienestar venidas a menos en los últimos veinte y treinta años. Provoca estupor ver cómo en los últimos años no sólo en el Estado Islámico, sino por ejemplo en Argelia, el yihadismo se está concentrando en la construcción de infraestructuras sociales y mutualización que le han proporcionado su fuerza. Esto sucede al mismo tiempo que en Europa el capital y las políticas neoliberales han apuntado a la destrucción de los dispositivos de redistribución.

Yo estoy bastante de acuerdo con aquellos que dicen que un subversivo más equivale a diez terroristas menos. En el sentido de que a día de hoy falta una redefinición y activación de formas de protesta allí donde vivimos y donde estamos privados de futuro, de esperanzas para nuestro proyecto de vida, de gozo, de felicidad. Vivir se ha vuelto fatigoso, doloroso. Y el yihadismo da una respuesta en este sentido. Es una respuesta descabellada, horrenda, delirante, pero una respuesta que tiene que ver con la construcción de solidaridad y lazos sociales, aquello que nos falta a nosotros. ¿Cómo es posible que no nos demos cuenta de que tasas de paro juvenil en torno al cuarenta o cuarenta y cinco por ciento son el combustible de un incendio peligrosísimo? No me parece que haya verdaderas ganas de afrontar la situación sino con la creación de formas de trabajo que acaban creando mayor incertidumbre respecto al futuro y mayor inseguridad.

 

Se habla de recuperación económica, se ha vuelto un dicho recurrente. ¿Cuál es la realidad?

Hay un dato muy revelador que confirma la imposibilidad de salir de la crisis en el futuro próximo. Es un dato que tiene que ver con la política monetaria: se ha sabido hace poco que el ochenta por ciento de la liquidez creada e inyectada en los circuitos financieros a través del quantitative easing —que disminuye las tasas de interés para la banca volviéndola más líquida con el objetivo de relanzar el crédito a las empresas y a las familias— acaba depositada en Fráncfort, en el Banco Central Europeo, donde los bancos que hacen depósitos deben incluso pagar una tasa negativa en torno al 0,2 %. De este modo, la liquidez creada para relanzar el crédito y por tanto la economía, es dejada en reposo, esterilizada. El dato relevante de esta situación es que los canales de intermediación para la trasmisión a familias y empresas de esa liquidez, que son los bancos, no funcionan porque la liquidez vuelve exactamente al sitio de donde ha salido, a su punto de integración en el circuito económico-financiero. Y si la liquidez no se utiliza para dar crédito, quiere decir que, al menos a corto plazo, no hay perspectivas concretas de que las inyecciones de liquidez puedan impulsar la economía.

Ese es un dato que me lleva a abrazar la idea de lo que hemos llamado un quantitative easing for the people, o una política monetaria que en lugar de inyectar liquidez a través del sistema bancario, que como acabo de decir no parece funcionar, distribuya liquidez directamente a los ciudadanos europeos. Esta perspectiva, o mejor dicho esta propuesta, ya se ha hecho objeto de una campaña que está tomando cuerpo en Europa. Es, por ejemplo, parte del programa del líder laborista Jeremy Corbyn. Es una propuesta que pone el problema de la distribución de la renta a través de los mecanismos conocidos en estos años como políticas monetarias no convencionales, que deberían apuntar a distribuir concreta y directamente la renta.

[i] La entrevista se publicó en primer lugar en Commonware el día 7 de diciembre de 2015 con el título Dentro e contro la normalità della guerra. Juego de Manos la ha traducido y publicado en español con el permiso expreso de sus editores.

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