CÉSAR RENDUELES: «O conseguimos que se movilice un grupo social muy amplio o éste va a ser un proceso de transformación de corto recorrido»

César Rendueles

«O conseguimos que se movilice un grupo social muy amplio o éste va a ser un proceso de transformación de corto recorrido»

Luis Mario Lozano y Enrique Maestu


César Rendueles es uno de esos raros pensadores que tiene el don de ser divulgativo y original, profundo y divertido y, además, de llegar al gran público. Nacido en Gijón, aunque afincado en Madrid desde hace ya muchos años, en sus ensayos se mezclan elementos de la cultura popular con citas de Marx y Polanyi. Desde que en 2013 saltara a la fama con Sociofobia: el cambio político en la era de la utopía digital —un ensayo que El País catalogó como el mejor del año— no ha dejado de tener una intensa actividad con entrevistas en televisión, radio y prensa. El año pasado publicó en Seix Barral Capitalismo canalla, un análisis crítico del capitalismo a través de la literatura y, este año, nos ha sorprendido con dos destacados libros: En Bruto: una reivindicación del materialismo histórico, un libro que, sin dejar de mantener su estilo ensayista, entra en terrenos más filosóficos que sus anteriores publicaciones; y Los bienes comunes, una conversación con el politólogo Joan Subirats.


 

Muchas gracias por concedernos esta entrevista. En un principio te íbamos a preguntar sobre el que era tu último libro En Bruto, pero en estos días hemos visto que has publicado otro en coautoría con Joan Subirats, e incluso nos hemos enterado de que estás preparando otro. ¿Cuántos teclados de ordenador has roto en estos últimos meses?

Bueno, en realidad, no es tan así. Pasan varias cosas. En primer lugar, los editores publican los libros según su buen criterio y a veces tienden a apelotonarse los lanzamientos. Algunos libros tardan poco en salir y otros más. En bruto lo entregué hace casi un año y Los bienes comunes  lo terminamos en julio. Además, este último es el resultado de una conversación, así que tampoco es para tanto. Actualmente estoy trabajando en una antología de Gramsci, un proyecto con el que llevo ya bastante tiempo. Así que no, no tengo la sensación de que sea tan productivo, lo que ocurre es que se acumulan las publicaciones.

¿Gramsci?

Sí, fue una propuesta que me hicieron desde Alianza Editorial y me parecía una idea muy buena, porque estamos viviendo un momento muy «gramsciano», en el que conceptos procedentes de su obra están teniendo una gran circulación. La palabra hegemonía, que en realidad es muy técnica, está en boca de todo el mundo. Es una locura, hasta Rita Barberá ha llegado a citar a Gramsci. Supongo que tiene que ver con la sensación de fin de ciclo político que nos rodea y la necesidad de pensar las distintas posibilidades que se abren ante nosotros. En ese sentido creí que podía estar bien recuperar esos textos y hacer un trabajo de edición que los hiciera más accesibles. Es algo relativamente poco habitual en España, porque está muy mal pagado y carece de cualquier reconocimiento académico, pero que a mí me gusta y me parece importante.

Bueno, ahí tenemos como gran referencia la antología de Manuel Sacristán. 

Sí, es buenísima; está prácticamente todo lo que tiene que estar y, de hecho, la he utilizado como base. Su principal limitación es que tiene muy poco aparato crítico-divulgativo, al margen de un puñado de notas históricas, y eso es un problema para los lectores que se aproximan por primera vez a Gramsci. Yo he intentado separar los textos por temas —guerra de posiciones, revolución pasiva, crisis orgánica…— haciendo introducciones a cada sección. Me temo que me ha quedado un poco escolar, pero espero que a alguna gente le sea de ayuda.

Te licenciaste en Filosofía e hiciste la tesis doctoral sobre Marx, luego te desplazaste al ámbito de las ciencias políticas y la sociología donde actualmente ejerces de profesor e investigador. ¿Qué te llevó a realizar este recorrido?

Realmente el motivo inicial de este viraje ha sido burocrático-administrativo, no vocacional. Me licencié en Filosofía y me doctoré en el mismo campo tras disfrutar de una beca de investigación. Fue una época muy buena, pero cuando concluyó nunca llegué a tener la oportunidad de enseñar en la Universidad. Me presenté a algunas plazas y no lo conseguí, así que estuve muchos años trabajando en el sector privado. Eso seguramente tendría que ver con mis deméritos, pero me parece que un poco también con una dinámica generacional de precarización. Antes lo normal era que conseguir una beca de investigación y doctorarte con calificaciones altas te abriera la oportunidad de proseguir una carrera profesional en la Universidad. Ya no es así. No quiero parecer quejica porque personalmente me han ido bastante bien las cosas. Hablo de una experiencia colectiva y de una cierta sensación de desperdicio social. Quiero decir, a mí el Estado me pagó durante cinco años una beca muy cara destinada a la formación del profesorado universitario. Se supone que lo hice bien porque me dieron el premio de doctorado de la Universidad Complutense. Pero después no tuve la oportunidad de ejercer la profesión para la que me había formado. Parece un auténtico despilfarro. Cuando conseguí empezar a enseñar fue en el campo de las ciencias sociales, lo cual supuso para mí un esfuerzo muy grande de reciclaje y la sensación de no estar ofreciendo a la Universidad aquello que se me da mejor y para lo que me formé.

En tu último libro no dejas títere con cabeza. Criticas duramente la filosofía académica en la que creciste, pero también le das cera a los apologetas de las ciencias sociales como ciencia exacta, de los que, me imagino, estarás rodeado en esta facultad. ¿Cómo se puede estar en misa y repicando?

La verdad es que con el paso del tiempo me he ido sintiendo cada vez más cómodo con el alejamiento de la filosofía académica. Puede que me equivoque, pero tengo la sensación de que la contaminación con las ciencias sociales me ha venido bien, me ha hecho menos escolástico. Creo que alguna de la mejor filosofía contemporánea se está produciendo en terrenos híbridos, que se solapan con la psicología, la sociología, la biología o la historia. Últimamente he aprendido mucho más de ética de primatólogos y psicólogos cognitivos que de los discípulos de Rawls. Y también ocurre al revés. A las ciencias sociales les vienen muy bien las críticas epistemológicas ambiciosas que cuestionan el academicismo inercial de las distintas escuelas.

Slavoj Zizek reivindicando el materialismo dialéctico, tú el materialismo histórico, ¿qué te separa del esloveno a la hora de pensar los procesos históricos y las oportunidades políticas?

Me gusta mucho Zizek, pero lo veo como un filósofo académico bastante clásico cercano, sobre todo, a la tradición idealista. Creo que Zizek siempre ha sido un hegeliano, y punto. Usa a Lacan o Marx casi como ornamento. No lo digo como crítica. Explica tan bien a Hegel que cuando lo lees te dan ganas de hacerte hegeliano. Precisamente creo que reivindica el materialismo dialéctico como una forma de inyectar idealismo en la herencia de Marx, y eso también me parece coherente con esa escuela. A mí, en cambio, me interesa el materialismo del lado de las ciencias sociales. Creo que el materialismo histórico ha sido y sigue siendo una posición muy fructífera en historia, sociología, ciencias políticas y economía porque nos da herramientas para criticar algunos espejismos ideológicos muy comunes en nuestra sociedad.

También reivindicas en En Bruto la atención del materialismo histórico a los procesos históricos de largo recorrido. Bajo esta perspectiva y en este ambiente de fragmentación social, ¿quién es el «Palacio de Invierno» y quién tomará el cielo por asalto?

Es una pregunta complicada. Creo que actualmente hay dos grandes «palacios de invierno». El primero es el más evidente: las instancias extrapolíticas que limitan los procesos de democratización y soberanía popular. Élites que votan con sus intervenciones financieras en un parlamento virtual global y cuyos votos valen más que el de los parlamentos nacionales (el famoso 1%). Por otro lado, hay un segundo «palacio de Invierno», que se parece menos al tradicional y que es mucho más complicado de asaltar porque se encuentra dentro del 99%. Me refiero a esa perspectiva tan consensual y clasemedianista que domina las iniciativas de cambio político. Esa idea de que las cosas se arreglan simplemente eliminando los privilegios de una pequeña élite privilegiada, de que es posible domesticar el capitalismo aumentando los impuestos y promoviendo políticas redistributivas. Creo que tenemos que asumir que los cambios sociales, que a medio plazo pueden llegar a mejorar la situación de todos, a corto plazo implican rupturas, costes y sacrificios.

En cuanto al sujeto revolucionario, se habla ahora de revoluciones sin sujetos y de sujetos revolucionados tecnológicamente, ¿dónde verías tú un actor social capaz de protagonizar el cambio?

Me cuesta hablar de sujetos del cambio en términos tan abstractos. Digamos que estamos en un momento histórico donde hay dos dinámicas de cambio protagonizadas por grupos con intereses comunes, pero también puntos de fricción. Por una parte, está una clase media indignada que ha sufrido una cierta debacle existencial, en el sentido de que sus expectativas sociales se han visto truncadas (lo que nos habíais prometido no es verdad, no voy a vivir tan bien como mis padres, etc.), y eso ha generado movilización social. Pero ha sido una movilización bastante limitada porque el sufrimiento material de esa población también ha sido limitado. Por otra parte, tenemos unas clases populares que apenas se han movilizado, pero que potencialmente tienen más capacidad para impulsar cambios políticos porque tienen menos que perder.

Sí, pero estas clases populares se encuentran muy dispersas: comercios, pequeñas empresas donde no se atreven a hacer huelga…

Sí, precisamente por eso es normal que sea la clase media la que está protagonizando la movilización política. Los grupos de clase media son los únicos que conservan el capital social y cultural necesario para organizarse, protestar y participar en las instituciones. El precariado está mucho más inerme. ¿Cómo se convierte una clase cuya característica fundamental es la fragmentación social en una clase para sí? Subrayo lo de fundamental porque no es un accidente. Guy Standing definía el precariado por su carencia de una comunidad laboral solidaria. El precariado es un producto del laboratorio político neoliberal, está diseñado para ser individualista. Así que nos encontramos ante un dilema. O conseguimos que se movilice un grupo social muy amplio que vive en unas condiciones materiales cuidadosamente diseñadas para impedir su solidaridad y su organización o, si no, irremediablemente este va a ser un proceso de transformación de corto recorrido.

¿Qué mecanismos podrían darse para establecer esa solidaridad? Vemos que Negri intentó dar respuestas a esto, pero me imagino que caerán dentro de lo que tú denominas ciberfetichismo.

No quiero ser injusto, pero a veces me da la impresión de que Negri cree que el socialismo es una especie de capitalismo sin capitalistas, de que la vida dañada del precariado es en el fondo una buena noticia porque es el anticipo de la multitud emancipada. ¿Mecanismos? No se me ocurren más que los tradicionales, básicamente, el apoyo mutuo. Vivimos un momento extraño en el que parece que estamos rehaciendo la historia del sindicalismo. Están surgiendo asociaciones sectoriales de trabajadores que recuerdan mucho a los grupos de apoyo mutuo a partir de los que surgieron los sindicatos de clase: los manteros, las camareras de planta de hotel, los teleoperadores, los músicos, incluso la propia PAH… Son dinámicas muy incipientes, casi experimentales, pero da la sensación de que algo está pasando, de que se está reactivando un sindicalismo entendido como solidaridad entre iguales. Piensa que, desde la perspectiva tradicional del sindicalismo de clase, estas experiencias son difíciles de entender. Recuerdo que cuando apareció la PAH mucha gente de izquierdas no quería saber nada de una organización que se dedicaba a defender a los propietarios de vivienda. Personalmente lo veo al revés. Creo que en estas microexperiencias se están diseñando las herramientas de un nuevo sindicalismo capaz de interpelar a los trabajadores precarios.

¿Y la «solución» que dice haber encontrado la teoría del populismo al problema de la fragmentación social?

Bueno, la teoría contemporánea del populismo se fraguó en Latinoamérica, es decir, en sociedades extremadamente dualizadas, donde la distancia entre la casta y el resto de la población era y es extrema. Esas prácticas discursivas funcionaban porque no eran puramente discursivas, tenían una base material real, que era el tsunami neoliberal y la represión política que arrasaron el continente durante treinta años. España tiene una estructura social mucho más compleja. Aquí el 25% de la población con mayores ingresos apenas ha empeorado su situación con la crisis. Eso es muchísima gente, no un puñado de plutócratas. Quien realmente lo está pasando mal con la crisis es el 50% inferior y, muy especialmente el 30% inferior. Es completamente mentira que sean las clases medias las que más están sufriendo los efectos de la crisis. La recesión la están pagando los más pobres que, además, es gente que ya estaba muy mal antes de 2008. La tasa de riesgo de pobreza hoy anda por el 22%, pero es que en 2007, en el pico del PIB español, era del 19,7%. Con esta estructura social es muy complicado establecer el tipo de solidaridades que plantea el populismo. La única manera de avanzar en la dirección de construir un sujeto colectivo con capacidad constituyente es recuperar categorías de clase. Y eso implica romper con las microidentidades sociales culturales y patrimonialistas.

¿Menos significantes flotantes y más lucha de clases?

Es fácil decirlo pero luego… Por eso tampoco soy muy crítico con los que abogan por el populismo. Me parece que si no se construyen categorías de clase que tengan vitalidad política, mal vamos, pero no veo ninguna iniciativa capaz de impulsar algo así. Si hay algo particularmente discursivo e idealista son las posiciones obreristas tradicionales. El populismo tiene limitaciones muy fuertes en España, pero el obrerismo ni te cuento. Lleva cuarenta años fracasando, no sé por qué ahora iba a funcionar.

En el resurgir de un nuevo sentimiento comunitario plebeyo dentro de la esfera pública e institucional, ¿cuáles son los conceptos que ordenan esta nueva colectividad naciente? ¿Qué resaltan y qué olvidan?

Creo que están surgiendo iniciativas cooperativas muy potentes de gente que aspira a vivir de una manera diferente y quiere hacerlo ya. Pero muchas tienen una limitación muy fuerte que es que las protagonizamos casi exclusivamente personas con un capital social, cultural y económico elevado. No quiero resultar cínico, hay experiencias realmente positivas y esperanzadoras, pero a menudo no consiguen romper los diques de clasemedianismo, que es seguramente el cáncer de la política española. Desde luego prefiero infinitamente el clasemedianismo cooperativista y antimercantil, que el ultraconsumista. Pero creo que el gran reto es romper esas barreras sociales y conseguir que esas experiencias adquieran nervio universalista, que me parece que es lo característico de las tradiciones emancipadoras.

Lo has comentado alguna vez: si no andamos con cuidado corremos el peligro de dar cierto sesgo clasista a reivindicaciones políticas de plena actualidad. Señalas que ha podido pasar con el tema de la inmigración juvenil, cuando ponemos el enfoque en «se nos van los médicos» y nunca nos fijamos en el joven camarero que también emigra.

Sí, es algo que comentaba el Nega en cierta ocasión, con toda la razón del mundo, ¿por qué es un drama y un exilio, que se vaya un ingeniero o un médico y que se vaya un peón de obra es migración? Hay una lógica detrás muy enfermiza. Y lo peor es que cuando preguntas a los camareros o a los peones de obra, muchos reproducen ese discurso, lo han aceptado como propio. Está socialmente asumido que hay ciertas víctimas de la crisis a las que hay que ayudar porque se esforzaron, estudiaron, aprendieron idiomas, etcétera, y otras que no, que se merecen sus problemas porque eligieron la «vía fácil». Y la «vía fácil» no es ser un cargo del PP desde los diecinueve años y no haber trabajado en tu vida, no es ser el pequeño Nicolás, es haber trabajado en la obra. Es de locos. Vida fácil es la que he tenido yo que he estudiado Filosofía y he tenido una beca; vida difícil es ser madre soltera y trabajar de cajera, o currar en una obra cuarenta horas a la semana.

Es conocida la viñeta de El Roto en la que sale un manifestante apaleado por la policía, dice: «¡Creedme, yo no soy antisistema, es el sistema el que es antimí!». En tus libros vas más allá y alertas de que la gran utopía liberal de mercantilización de todos los ámbitos sociales (y aquí viene lo polémico) va contra la propia naturaleza humana. ¿En qué consistiría este mínimo antropológico que hay que cuidar?

Mucha gente rechaza la idea de naturaleza humana porque teme que dé lugar a posiciones políticas reaccionarias. Lo entiendo, pero también es verdad que el capitalismo se siente muy cómodo con el antinaturalismo extremo. El mercado nos trata como pura plastilina histórica, nos exige que nos adaptemos a cualquier circunstancia. Violenta dimensiones básicas de nuestra vida animal, como la necesidad de recibir y ofrecer cuidados, tener una vida familiar, relaciones sociales más o menos estables… Me atrevería a decir que incluso violenta cierto tipo de igualitarismo que está muy incrustado en nuestra naturaleza. Pero, vamos, incluso sin llegar a eso, el capitalismo ni siquiera respeta nuestra necesidad natural de un ecosistema compatible con la vida humana.

Acabas de presentar unas conversaciones en torno a lo común. ¿Es la defensa de lo común un nuevo programa político de algo previamente existente o tiene una base filosófica independiente? ¿Es una desconocida raíz común, una huida hacia delante o un nuevo estilo arquitectónico?

Yo creo que la defensa de los comunes se planteó desde un lugar interesante como es la crítica, por una parte, de las derivas más autoritarias y burocratizadas de lo público-estatal y, por otra parte, de los procesos recientes de privatización. Desde el campo de los comunes se entendió bien que se había producido un proceso de convergencia entre lo público-estatal y las dinámicas mercantilizadoras, especialmente en España, donde las grandes empresas siempre han parasitado el sector público. El problema, para mí, es que alguno de los teóricos de los comunes han concedido demasiado al neoliberalismo, que les ha colado de rondón la idea de que todo lo público o estatal es sospechoso de burocratismo, autoritarismo, falta de transparencia y complicidad con la mercantilización. Por eso han tratado de buscar alternativas en modelos de cooperación propios de sociedades tradicionales. Creo que se equivocan. En primer lugar, el romanticismo arcaizante es absurdo. Los comunes tradicionales están llenos de sexismo, autoritarismo, xenofobia y toda clase de adherencias reaccionarias. En segundo lugar, es un error pensar que todas las instituciones públicas están condenadas a esa degeneración y corrupción típica de la era del neoliberalismo. También hay instituciones públicas cooperativas y abiertas. Creo que es más sensato pensar que hay un continuo entre lo público y lo común. Lo público es una de las formas (no la única) en la que nuestras sociedades de masas, diversas y complejas, han pensado lo común. Evidentemente lo común también tiene su espacio en las redes de reciprocidad, cooperativas, etc., pero éstas deben ser pensadas en una continuidad con lo público. Del mismo modo que tenemos que pensar lo común para que no sea clasista, para que sea universalista, abierto y no reaccionario, debemos pensar lo público para que sea abierto, democrático y no autoritario

¿Un disco con el que escribiste En bruto?

Puf, hace un año… No estoy seguro, pero me parece que en esos meses escuché mucho By the Grace of God, un disco de Hellacopters que no conocía.

¿Un disco que es mejor quemar?

¿Un disco que es mejor quemar? Joder, pues bastantes del indie de los noventa. Si tuviera que elegir uno… alguno de Sonic Youth… No, no, mejor, uno de Stereolab. Siento decirlo porque seguramente es uno de los pocos grupos políticamente comprometidos de aquella época y siempre me han caído bien. Pero los intenté volver a escuchar hace unos años y me parecieron tan insufribles que regalé los discos suyos que tenía y borré los que me había descargado.

¿Una novela para este otoño?

Cómo se hace una chica, de Caitlin Moran.

¿Una ciudad para escaparse y otra para quedarse?

Bueno, yo soy de Gijón y me gustaría en algún momento de mi vida volver allí para quedarme, al menos una temporada. Con esa no tengo dudas. Y para escaparse… No sé, me cuesta, soy muy de Gijón… En general, cualquier ciudad latinoamericana es buena para escapar desde España: México DF, Buenos Aires, Montevideo, Bogotá… Son tan diferentes que te hacen ver las cosas desde otra óptica, que es para lo que sirven las escapadas, ¿no?

¿Bufanda o fular?

Si es obligatorio elegir, bufanda. Pero no tengo ninguna. Soy más de braga de forro polar.

¿Una biblioteca?

Esa pregunta me encanta. Sin duda, la que ahora es la Biblioteca Histórica de la Complutense. Hace un par de décadas era una biblioteca universitaria convencional, pero muy cutre. Casi no tenía libros, era más una sala de estudio y tenía la característica curiosa que se podía fumar (pese a que estaba prohibido). Se había instaurado una especie de autogestión muy curiosa. La gente se había dividido en dos zonas: la de los fumadores y los no fumadores. Además, muchos días no cerraba por la noche, se iban los bibliotecarios y se quedaba sólo un segurata. Era una biblioteca muy cochambrosa pero tenía un ambiente muy especial, muy bullanguero pero muy de estudio también.

¿Un bar de Madrid?

Esa también la tengo fácil: el Noviciado, justo delante de la parada de metro del mismo nombre, aunque no sé si sigue abierto. Cuando llegué a Madrid, vivía justo enfrente. Era increíblemente barato, podías comer por trescientas pesetas (unos dos euros), estaba al lado de la biblioteca, cerraba tarde y tenían jarras de cerveza de litro y medio.

¿Un pensador o una pensadora injustamente olvidados?

Buf, si empiezo no paro. En general todos los grandes ensayistas españoles que han escrito de espaldas a la Academia: Rafael Barret, Machado, María Zambrano, Manuel Sacristán, Agustín García Calvo, Bergamín, Santiago Alba Rico…

¿Más vale Hegel a mano que cientos de académicos volando?

No estoy seguro. A mí los clásicos me parecen muy importantes, pero no hay que martirizarse con ellos. Hay un fetichismo con ellos que no sé… La alquimia mental que despiertan en alguna gente no tiene por qué funcionar para todo el mundo. A otras personas les funciona mejor alguna clase de mediación académica y le sirve más un profesor o una profesora que les ayude a entender esas tesis.

¿Volverá Ajoblanco?

¿Volverá Ajoblanco? Bueno, siempre está volviendo, ¿no? Pepe Ribas cada cuatro o cinco años lo resucita. Desde luego, no nos vendría mal algo más de contracultura. La echo de menos. Soy crítico con la idea de que la contracultura tenga un papel demasiado protagonista en los movimientos antagonistas. Pero eso no significa que tengamos que renunciar a ella.

¿Pesimista de la razón u optimista de la voluntad?

Soy más pesimista de la voluntad y optimista de la razón. Soy perezoso, me cuesta trabajo creerme que merece la pena hacer las cosas, siempre pienso que es una pérdida de tiempo… Los argumentos racionales me ayudan a desperezarme un poco.

 

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