CELEBRAR COSAS

Celebrar cosas

 Marina Solís de Ovando


Es un hermoso derecho de los seres humanos el contar entre sus aficiones alguna cosa que el sistema, la publicidad o incluso su familia no haya podido inculcarle, algo que sea divertimento y suponga autorrealización simplemente porque le surge de dentro, algo que no pueda disciplinarse, algún juego cuyas reglas se inventan sobre la marcha o algún placer que, aun siendo compartible, no pueda explicar nadie más que uno mismo. Yo cultivo más de uno de estos «hobbies indomables». Por ejemplo, he desarrollado un alto fervor por hacer listas en las que ordeno cosas aleatorias del mundo, o selecciono cuáles entre ese conjunto de cosas podría llevarme a una isla desierta. Otra de mis épicas aficiones, una que nadie me ha enseñado ni vendido, a la que más tiempo y esfuerzo dedico, y por la que más éxito de público tengo, es la celebración de mi cumpleaños.

 

Es curioso comprobar cómo, cuando pasa el tiempo y nos hacemos «mayores» (las comillas son totalmente intencionadas), mucha gente le coge algo de tirria al cumpleaños. Esto puede parecer hasta normal si nos quedamos con la noción llana y desnuda de que cumplir años significa avanzar en una línea cronológica que no es infinita, y cuyo final no nos apetece vislumbrar ni de lejos. Sin embargo, en muchas ocasiones la estrategia no es ni siquiera expresar melancolía, miedo o cualquiera de estas emociones viscerales, tan humanas como hermosas, para rechazar la existencia del cumpleaños. A menudo la táctica es incluso la pura indiferencia, siempre bajo la más fría racionalidad, esa implacable lógica de hormigón con la que el hombre le quita importancia a las cosas: esa que dice «no tengo por qué destacarlo, sólo es algo normal». Al asumir que el avance en esa temida línea del tiempo hacia el ocaso es inevitable, escogemos la vía estoica por la que aquello inevitable no puede ser ni bueno ni malo, ni alegre ni triste, sólo ser, estar ahí y formar parte del paisaje, al igual que nuestra actitud con respecto a ello. Así se olvidan las fechas, así se frivolizan las felicitaciones —y, por supuesto, los regalos— y se entiende que celebrar una fiesta ese día, con motivo de algo que es tan estándar como el cielo, el aire o los pasos que uno da, es a veces innecesario y, otras veces, hasta inmaduro, infantil, absurdo. Porque, al fin y al cabo, ¿quién celebra aquello que no es extraordinario? ¿Por qué diablos ibas a celebrar la normalidad?

Lo curioso es que, si nos detenemos un instante a pensar en ello quitándonos el prejuicio de la sobriedad a toda costa, será fácil descubrir que hay más de una grieta en el razonamiento. Para empezar, aquello a lo que puede adjudicarse la etiqueta de «normal» no nació con esa categoría. Las cosas no son normales por naturaleza, nada se ajusta a la norma desde el principio: tal norma no existe hasta que la sociedad la establece. Casi todo lo que ahora vemos como ordinario lo es porque una vez se salió por los márgenes del cuaderno, sorprendió y tuvo motivos para ser resaltado entre las líneas de la cotidianeidad… incluso la celebración del cumpleaños. Pues esa celebración responde al momento en que no era ni tan seguro ni tan esperable que el avance sobre el hilo de la vida se produjese. Más que temor, la idea de la vejez producía sorpresa. Las personas teníamos un recorrido mucho más corto y mucho más incierto, las condiciones a nuestro alrededor eran más adversas, enfermábamos con más acritud y menos medios, la guerra era más frecuente y más larga, vivíamos menos, moríamos antes, moríamos más. Completar un ciclo más desde que el día en que se llegó al mundo era algo semejante a una victoria, y una victoria siempre es extraordinaria… y siempre es digna de celebrarse. Celebrar el cumpleaños es sinónimo de celebrar que sigues vivo, que estás vivo. Algo que es fantástico siempre, increíble por encima de toda normalidad, y eso que nada es más normal para una persona que vivir. Puede resultar paradójico, pero lo cierto es que ni siquiera el hecho de que algo pueda entenderse como normal implica de forma tan obvia que no pueda ser a su vez extraordinario y tener razones para resaltarse. Acostumbrarse no tiene por qué significar aburrirse. Las celebraciones son una muestra de cómo el ser humano puede hacer algo grande y hermoso de cada cosa que lo rodea, volver algo relevante para el mundo con sólo prestarle su tiempo, su sonrisa y su admiración. Son una prueba de que nuestra mejor virtud es la maravilla, ese poder de asombrarnos y fascinarnos con lo que tengamos delante.

Como al cumpleaños, el monstruo de la apatía y la seriedad persigue a muchos otros festejos, tratando de convencer a sus participantes de que el silencio es la mejor forma de darles la bienvenida entre las filas de la normalidad. Las fiestas que celebran, con el recuerdo de cierto 28 de junio en Stonewall, el derecho a una vida en paz de la comunidad LGTBI se encuentran entre las más comentadas en esta línea. Ante las ganas de ruido y estallidos de júbilo por las victorias, aparecen las exigencias de calma absoluta para alcanzar una verdadera normalización. «En cuanto estemos tan habituados a esto que ya ni siquiera nos apetezca celebrarlo, ahí será normal» parecen decir. Como si el mejor reconocimiento fuera un bostezo. «Si lo celebras un día es porque sólo te importa ese día». Como si la fiesta implicase siempre una excepcionalidad y extrañeza peligrosas. «Si se supone que esto es lo normal, ¿qué necesidad hay de celebrarlo y llamar tanto la atención?» Como si la celebración sólo debiera formar parte de nuestras vidas cuando es estrictamente necesaria, como si las personas debiéramos tener como máxima aspiración el pasar desapercibido entre nuestros semejantes.

Por fortuna no es así. Celebrar cosas no sólo es posible más allá de la excepción, más allá de la conveniencia o de la necesidad, más allá de la norma. Celebrar cosas está por encima de todo eso. Porque es una forma de recordar con fabulosa viveza todo aquello que merezca recordarse y hacernos un poco más felices. Es una forma de reconocer que todo lo bueno merece defenderse. Es una manera magnífica de alegrarnos por que esas cosas buenas, por simples que puedan parecernos o por habituales que, a veces (y a algunos), nos resulten, sigan existiendo y sucediendo. Es el mejor de los ritos para recordar que esas cosas son, en efecto, cosas buenas. Cosas como vivir, vivir mucho y cumplir años, culminar proyectos como la carrera o el instituto, darle un beso a tu pareja, sea del sexo que sea, puede que incluso delante de una cámara, y que, mientras lo haces, suene música y vítores. Y, desde luego, es la mejor forma de convencernos de todo lo que aún tenemos que conseguir, de todas las cosas buenas o mejores que aún nos quedan por ver. Para que siga la fiesta. Para que día tras día, con todas las ganas, juntos, celebremos.

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