«CATEDRÁTICO»,TÉRMINO DEGRADADO (HASTA SER CASI UN INSULTO)

Cuadernos orientales de Ruedo ibérico

 «Catedrático», Término Degradado (Hasta ser casi un insulto)

Pablo Sánchez León


Extractos de la transcripción de una conversación por Skype entre José Martínez, desde la República de Corea (Corea del Sur; en coreano, Daehan Minguk), y Aulo Casamenor, desde el Reino de España.

Aulo Casamenor: (…) no sabía nada de eso que me cuentas. ¿Y dices que se llama DORA?

José Martínez: DORA en inglés… que son las siglas de Declaration on Research Assessment. Las siglas en castellano serían DEI (Declaración sobre la evaluación de la investigación), pero yo prefiero llamarla DORA, que es nombre de mujer y una palabra preñada de significado en latín: encierra todo el universo de los dones y contradones que vehiculizan la interacción social, la cooperación entre todos por el bien común (…) Yo de ti no usaría DEI, porque suena parecido a DUI, siglas poco recomendables en estos tiempos…

A.C.: Ya te digo… ¿Y de verdad plantea que el actual sistema de evaluación de la investigación, a través de índices de impacto de las publicaciones en revistas, es inadecuado?

J.M.: Mira, te traduzco la primera de las recomendaciones que hace. Dice algo así como: «No haga uso de parámetros de medida basados en revistas, tales como índices de impacto, como forma sustitutiva de medir la calidad de los artículos de investigación individuales a la hora de evaluar las contribuciones de un científico concreto, o en la contratación, promoción o al tomar decisiones sobre financiación» de los investigadores y la investigación (…). Antes de las recomendaciones el documento lo deja más claro aún: plantea abiertamente «la necesidad de eliminar el uso de los parámetros de medida basados en revistas, tales como el Journal Impact Factor, en la financiación, contratación y promoción» del personal docente e investigador (PDI) (…). La declaración arranca subrayando por un lado que la distribución de citas y referencias en publicaciones recogidas en los índices de impacto está completamente sesgada y puede y suele ser manipulada por los editores, y afirma por otro que el índice como tal es demasiado específico por áreas temáticas, no sirve para medir la interdisciplinariedad, pero sobre todo que los datos que se emplean para calcular el factor de impacto no son transparentes ni están en general disponibles para el público (…) Vamos, que lo que se está empleando normalmente como vara para medir la calidad de los investigadores es todo un «modelo» de democratización del conocimiento y de igualdad de oportunidades: plagadito de interferencias procedentes del mercado editorial y formateado por un emporio monopolístico entre los agentes internacionales de evaluación como es Thomson Reuters…

A.C.: Increíble…

J.M.: …pero cierto. Es verdad que la idea de contar con indicadores cuantitativos es atractiva a primera vista, pero eso sólo es así en universos culturales como el español, que tiene una larga trayectoria de complejo de inferioridad con la cultura científica y la vive, incluso entre sus practicantes más críticos, con una devoción religiosa cuasi integrista (…). Lo que plantea esta declaración es que conviene de una vez adoptar métodos de evaluación centrados en indicadores cualitativos, que es como tiene que ser, y como tendría que haber sido desde el principio (…). Leyendo el manifiesto o declaración te enteras de paso de cosas curiosas, como que el índice de impacto que ha terminado imponiendo la agencia Thomson Reuters fue creado en origen, no para evaluar la calidad de las publicaciones científicas, sino para dar indicaciones a los bibliotecarios a la hora de adquirir libros y revistas. (…) Pero lo más llamativo es que esta declaración surgió de un grupo de científicos naturales, de los de ciencias «duras». Creo que fue durante una conferencia internacional de biología celular: por lo visto, un grupo de investigadores con sobrada reputación se encontraban allí por cuestiones de trabajo, pero terminaron discutiendo sobre las enormes limitaciones y distorsiones del modelo de evaluación por índice de impacto, y de ahí salió este documento, que también se conoce como «Declaración de San Francisco». Esto sucedía en 2012, hace ya un lustro (…). Al principio la cosa fue lenta, pero luego se ha acelerado, y ya hay casi 1000 organizaciones de todo el mundo que la han firmado entre universidades, centros de investigación y entes públicos y privados financiadores de la investigación.

A.C.: Me quedo asombrado… Nunca nadie me ha hablado de esto… Esperaría cualquier cosa de signo contrario, especialmente viniendo del mundo académico anglosajón y de los científicos de laboratorio, que escriben en revistas pioneras en la indexación.

J.M.: Pues aquí en Corea ya han firmado la declaración todas las universidades de prestigio, y montones de investigadores a título individual. En todo el mundo van ya en torno a 13.000 académicos, que no son aún muchísimos, pero empiezan a pesar. Porque los razonamientos y las evidencias son más que contundentes: están, como les gusta afirmar a los académicos españoles, [aquí imposta la voz como haciendo una imitación] «cien-tí-fi-ca-men-te» probadas. El lema de la declaración es precisamente que hace falta una buena «la ciencia al servicio de la evaluación de la investigación».

A.C.: Ah, ¿se puede firmar de manera individual? ¿La puedo firmar yo, por ejemplo?

J.M.: Pues claro. Va dirigida a instituciones, agencias de evaluación y entes financiadores, pero también a investigadores individuales que en algún momento de su carrera pueden realizar funciones de evaluación y que ante todo declaran que esta es legítimamente la manera adecuada de ser evaluados, y no la actual. No sé a qué esperas para hacerlo. La página es www.ascb.org, y por ahí llegas a la declaración en inglés para firmarla.

A.C.: Pues la voy a firmar… La verdad es que estoy perplejo: ¿cómo es posible que no haya oído ni una palabra de este asunto en mi entorno?

J.M.: Bueno, eso puede ser por el ritmo de expansión de la declaración entre las distintas disciplinas. Fíjate que he leído por ahí que al principio no lo firmó prácticamente nadie procedente de Humanidades y poquísimos científicos sociales…

A.C.: Ah, ¿sí? Los de nuestro gremio, siempre a rebufo: se han pasado la vida envidiando a los de ciencias puras diciendo que ellos tienen sistemas fiables de medición, y ahora que salen ellos deplorando el modelo de índice de impacto, los de letras, que han terminado calcando el modelo a pie juntillas, son los últimos en darse por aludidos…

J.M.: Sí pero no te confundas en esto tampoco. El asunto es más complejo, como siempre en España, por la estructura territorial, que afecta también, y mucho, a los estándares de la cultura científica. Yo he visto el listado de firmantes españoles y entre ellos están Ikerbasque, la fundación vasca que promueve la contratación de investigadores con carrera internacional y de prestigio, e ICREA, la fundación catalana para mismos cometidos (…). Verás cómo la Universidad de Extremadura tarda mucho más en firmarla, si es que lo hace, por no hablar del CSIC… Por lo demás, que yo sepa, en España la iniciativa ha tenido en efecto poco eco. De momento no la he visto más que recogida en el Observatorio de Revistas Científicas en Ciencias Sociales  y en forma de un breve resumen desde el que se puede acceder a la firma, pero el enlace está desactivado. Hay por ahí alguna versión traducida al castellano en la red, pero poco más (…). No soy muy optimista con su futuro en España, al menos a corto plazo (…). En realidad, la fuerza que puede tener una declaración como esta reside en su capacidad para contribuir a generar una cultura de la evaluación digna de tal nombre, que es el gran agujero negro de la I+D española, muy por delante de la escasa financiación, que ya de por sí produce pavor (…). Pero incluso llegado el caso de que la firme hasta la última agencia de evaluación, se puede quedar en algo puramente formal: la firma de la declaración no compromete jurídicamente a nada; todo lo más es un compromiso moral…

A.C.: Ya veo. Y es que lo que me cuentas me deja perplejo porque precisamente hace unas semanas el Ministerio de educación ha decidido endurecer las condiciones para el acceso a los cuerpos de funcionarios docentes en la Universidad, y las medidas van en la línea de incrementar el peso del factor de impacto como criterio para discriminar candidatos.

J.M.; Sí, lo he leído desde aquí en la prensa española por la red. Ya sabes mi opinión acerca del modelo funcionarial para la gestión del capital humano en la investigación y la docencia superior: creo que es el verdadero problema estructural de la I+D española, que instituye todos los vicios en el sistema. Pero dejando eso de lado ahora, en efecto la reforma restrictiva del ministerio es un espaldarazo a un modelo de evaluación no sólo injusto sino además disfuncional para la eficiencia del sistema. No está hecho pensando en el futuro de la I+D, sino en la preservación de los privilegios de los actuales titulares y catedráticos ante la bolsa de aspirantes que se ha creado en los años de la crisis.

A.C.: Bueno, la Aneca [Agencia nacional de evaluación y calidad] no se ha caracterizado hasta la fecha por promover códigos de buenas prácticas entre los investigadores, supongo que porque eso implica aplicárselos ella misma.

J.M.: Desde luego, y la mejor muestra de ello es que no está viniendo por ahí, —por la Aneca o los ministerios implicados—, el necesario debate acerca de los criterios de evaluación más allá de los índices de impacto (…). En realidad es la entente Ministerios-Aneca la que en este momento más impide el auge de una mínima cultura de la evaluación, que podría darse como efecto de iniciativas como la de la Declaración de San Francisco entre otras. Porque hay más. Por si quieres echar un vistazo, está también el Manifiesto de Leiden, este más reciente, de 2015 . Se publicó en la revista Nature, el epítome de las revistas académicas de impacto, y propone un decálogo entero de medidas, todas ellas orientadas a recuperar el valor de la evaluación cualitativa, la formulación razonada de criterios y la transparencia informativa y valorativa (…) (Por cierto, que entre los promotores de este manifiesto hay una institución española, un instituto de gestión de la innovación que comparten el CSIC y la Universitat Politècnica de València). ¿Cuál es el problema? Pues para empezar que evaluar en serio a alguien por la calidad de su contribución (no sólo su obra publicada) implica esfuerzo y dedicación por parte de los evaluadores y las instituciones; y, como me recuerda siempre mi colega y amigo Juan Pimentel, a los investigadores españoles no les gusta leer lo que hacen sus colegas para valorarlo públicamente: a muchos parece que les da, o bien recato, o repugnancia, dependiendo de si se trata de un aliado o afín, o de un enemigo más o menos declarado. Eso ya les echa en brazos de los sistemas métricos, a los cuales dan crédito arguyendo que son aparentemente objetivos e impersonales, pero de los que sabemos que en realidad son un mecanismo idóneo para perjudicar a los que conviene excluir y beneficiar a los que se quiere promocionar. Todo por supuesto con apariencia de impersonalidad, esa manera tan ¿franquista? que seguimos arrastrando de aparentar la igualdad de oportunidades. Más allá de esto, evaluar según criterios cualitativos implica consensuar colectivamente medidas de valoración, comprometerse con ellas a largo plazo y sobre todo generar el público experto amplio que desde fuera de las agencias y las instituciones valide esos sistemas de medida; es decir, lograr que se establezca y difunda una cultura de la evaluación.

A.C.: Ya has dicho varias veces eso de «cultura de la evaluación». ¿Qué quieres decir exactamente? ¿Es que en España los miembros de tribunales y los de las agencias no siguen procedimientos basados en una cultura?

J.M.: Claro que sí. También escoger al peor, o al menos adecuado, y al que se quiere colocar, todo eso implica cultura, y mucha: toda una cultura del doble rasero, de la disimulación cortesana, la negociación bajo tablero y el arte de la conversación de pasillos y off-the-record. También de la prepotencia y los favores debidos. Pero eso no es cultura de la evaluación. Cultura de la evaluación es, por decirlo en negativo, algo tan sencillo como que elegir un candidato no cualificado o inadecuado suponga un coste sobre la reputación del evaluador, y para la institución que le avala. La evaluación en la democracia posfranquista ha funcionado en cambio como una suerte de privilegio corporativo de los funcionarios, sobre todo de los de escala superior, con coste cero: es un poder de inclusión o exclusión y de promoción o postergación que no comporta riesgo, sólo beneficios (…). Desde ese patrón se ha enquistado toda la cultura de la corrupción que os toca vivir (…).

A.C.: Es muy fácil hablar desde la distancia. ¿Tú qué harías, qué propondrías?

J.M.: Bueno, ya ves que yo me he tenido que ir de allí, así que no me tires de la lengua… Las medidas concretas serían varias, pero lo que importa es el principio que las debe animar: hay que acabar con la cultura de la impunidad en la I+D española. Y para eso lo primero es comprender cómo hemos llegado hasta aquí. Si nos ponemos rigurosos lo que habría que hacer es estudiar todas las oposiciones y comisiones de contratación desde 1984 (el año en que entró en vigor la Ley de reforma universitaria del PSOE, que estuvo en vigor hasta 2002), si es que no desde la LAU (la Ley de autonomía universitaria de 1979, la primera de la democracia), conocer los nombres de los miembros de todos los tribunales y los candidatos elegidos, y para empezar analizar qué méritos tenían los candidatos electos, y quiénes, qué miembros les dieron el voto o el placet; también quiénes no lo hicieron, quiénes no se plegaron a las propuestas de amaño de los tribunales y comisiones. Lo mismo con las comisiones ministeriales de proyectos de investigación. Y después hacer un seguimiento de la trayectoria de cada uno de esos elegidos, y también de la de esos miembros de tribunales y comisiones. Saldrían cosas realmente interesantes…: auténticas redes de colocación de docentes e investigadores infracualificados, favores e intercambios entre miembros de tribunales y, sobre todo, el predominio de factores ajenos a la calidad y la idoneidad en la selección y la promoción de un porcentaje avergonzante de investigadores y docentes universitarios españoles.

A.C.: ¡Buf! Muy fuerte lo que planteas. Te entiendo, no creas, pero eso equivaldría a una revolución.

J.M.: (Ríe) Sí, y eso que sólo hablo de estudiar el asunto, no de emplearlo para denunciar. Ya sabes que yo digo que si a Lenin le ofrecieran volver a vivir pero a condición de tener que reformar, simplemente reformar en serio, la universidad española, seguramente preferiría seguir muerto, ¡porque le parecería infinitamente más complicado y difícil que hacer la Revolución rusa de octubre de 1917! (…) Ahora en serio, si no se levanta acta de cómo han ido accediendo a la condición funcionarial los actuales catedráticos y titulares, nunca se entenderá la profundidad ni el origen de la crisis de la universidad española (…). Todo esto es indispensable para entender lo que está sucediendo en la universidad española hoy: la Aneca y los ministerios no sólo no se hacen mínimo eco de la crisis del modelo de evaluación por índice de impacto, sino que incluso deciden darle una nueva vuelta de tuerca. Los únicos motivos son cualquier cosa menos la búsqueda de la calidad; ahora bien, la contradicción entre prédicas y prácticas comienza a hacerse insalvable.

A.C.: Dímelo a mí que acabo de defender la tesis y tengo que pasar mi primera acreditación como doctor. En mi campo de investigación y disciplina no paro de escuchar que quienes forman las comisiones de contratación y los tribunales de oposición en ocasiones no cumplen ellos los requisitos que se exigen a los candidatos que evalúan…

J.M.: Así es. Y lo mismo vale para la evaluación de los proyectos de investigación, la selección del profesorado en comisiones universitarias, etc. En parte es comprensible: los actuales funcionarios, titulares y catedráticos, tienen a menudo un perfil anticuado. En su mayoría obtuvieron sus plazas en tiempos anteriores a la implantación del sistema de índices de impacto, aunque luego cuando ejercen de evaluadores no tienen ningún reparo en aplicarlo con carácter retroactivo a quienes hoy se presentan a evaluaciones de sus méritos pasados (…). De estos docentes e investigadores de larga trayectoria algunos se han mantenido en la línea, incluso los hay que le han sacado partido a haber sido pioneros en adaptarse al nuevo modelo frente a otros colegas rezagados. Pero lo importante es que todos ellos tienen, por el hecho de ser funcionarios, el derecho a ser evaluadores, mientras que una cantidad importante de investigadores no tienen ni el derecho a ser evaluados. Eso lo sabes, ¿no?: la Aneca no evalúa para dar complementos retributivos a quienes no tengan un empleo estable en la universidad pública; léase, sólo a los funcionarios y los escasos contratados indefinidos. Los que estamos fuera o en precario no contamos para ser evaluados; tampoco, obviamente, para ser evaluadores; y de los que están dentro, tampoco los precarios, que son cada vez más, y más capacitados. La Aneca no tiene ni siquiera un registro de los investigadores españoles susceptibles de ser evaluados o evaluadores. No te cuento las decenas de investigadores frustrados que han tenido que dejar la carrera pero contaban con un historial más que digno: todos esos no existen para las agencias de evaluación. No entran en la liga de la evaluación, cuando a menudo poseen sobrada cultura de evaluación (…).

A.C.: No me digas que no se evalúan los méritos de quienes no sean funcionarios…

J.M.: No se les evalúa para mejorarles el salario por sus méritos como sí se hace con funcionarios y contratados indefinidos; esto en la universidad pública: curiosamente, si son de universidades privadas, entonces sí se les evalúa sin problema. Pero eso es para otro día… (…) Lo que quiero decir es que la manera como las instituciones de la I+D española han adoptado el modelo de evaluación por índices de impacto, en lugar de servir para atajar de plano la corrupción, lo que ha venido es a reforzarla. Esta es la gran paradoja del caso, que se explica en parte por la confluencia de una serie de factores, pero que en última instancia responde al peso de una cultura típicamente clerical muy española. España entró con cierto retraso en la adopción de criterios cuantitativos en general, y en el tema de los índices de impacto en particular, pero una vez se ha logrado suficiente masa crítica de investigadores y docentes españoles en las redes clientelares europeas, en los lobbys de la Comisión Europea e incluso en los consejos de redacción y en las listas de evaluadores de revistas internacionales, entonces el vuelco se ha hecho absoluto y pretende ser sin marcha atrás (…). Se ha convertido en un mecanismo, no de disciplinamiento colectivo, sino de redimensionamiento de las relaciones de poder internas a la comunidad (…). Desde hace tiempo el modelo de evaluación funciona como un instrumento inquisitorial al estilo de la época de la Contrarreforma: un conjunto de procedimientos para excluir o promocionar que media entre afinidades de otro tipo, ideológicas, clientelares o personales. La Aneca funciona como una especie de papado de la I+D nacional que expende o deniega los certificados de «limpieza de sangre» que te excluyen de la carrera o te permiten seguir, pero en ambos casos sin fundamento (…); concede asimismo las «indulgencias» y «bulas» con las que se pueden hacer cruzadas a favor de los propios o en contra de otros colegas. Todo ello con un discurso de legitimación que ha logrado algo tan excepcional como que la ciencia se oponga abiertamente a la cultura.

A.C.: El símil es poderoso, pero en nuestro gremio ya sabes que te piden pruebas, que lo demuestres…

J.M.: ¿Demostrarlo? Simplemente un ejemplo, y no te digo el nombre porque no viene a cuento. Hace poco un catedrático que me merece todo el respeto me remitió a un trabajo de un colega más joven que le parece de lo mejor que ha leído sobre un asunto en años. Yo el trabajo en cuestión ya lo conocía; pero no pude dejar de señalarle: «¿Sabes qué valoración ha merecido este artículo para la Aneca?». «No», respondió. «Pues cero puntos», le informé, «porque no está publicado en una revista de impacto». Se quedó impresionado, pero la cosa no pasó del típico comentario corporativo sobre hay que ver cómo se ha puesto esto de la evaluación, y blablablá. De lo que no hablamos es de que, para la Aneca y algunos de sus colegas con influencia, este investigador es un sujeto irrelevante porque no forma parte de ningún grupo organizado; y se trata de mantenerlo en los márgenes o directamente fuera, y a ser posible desmotivarlo como investigador, cuando es de lo mejor que hay en la universidad española.

A.C.: Y sin embargo todos tragan con el modelo…

J.M.: Empezando por vosotros, los doctores y doctorandos de las nuevas generaciones. Mira lo que sobre vosotros dice DORA: que «sobre todo para los investigadores en fase inicial» los evaluadores y agencias deberían «resaltar claramente (…) que el contenido científico de un artículo es mucho más importante que las métricas de publicación o la identidad de la revista en que fue publicado». A ver si os aplicáis el cuento y os distinguís un poco de vuestros mayores, que os han colado un gol de campeonato. Lee bien: no deberíais permitir que vuestras acreditaciones a plazas de profesor o investigador dependieran de un criterio arbitrario como es el índice de impacto de las revistas donde publicáis. Tenéis que exigir a los evaluadores y agencias que se lean vuestros trabajos y los valoren con criterios cualitativos consensuados, públicos, transparentes. Que rindan cuentas de una maldita vez por una actividad que compromete el futuro de la I+D y la universidad pública.

 A.C.: Me temo que los más jóvenes no estamos en condiciones de hacer mucho. Por la cuenta que nos trae. Entre nosotros domina la capacidad de adaptación a las exigencias establecidas, al precio que sea: para unos la salud física, para otros la moral. La corrupción lo pringa todo…

J.M.: No vamos a entrar ahora en la ley del silencio que impera. Pero al menos ser capaces de distinguir entre la injusticia y el abuso. Porque el modelo que estáis mimetizando es inadmisible y va a ser cuestionado cada vez más y no menos (…). De lo que te hablo es de que los titulares y catedráticos que se han promocionado desde el fin de la dictadura gestionan la selección y promoción de la docencia superior y la investigación, incluso el acceso a los escasos dineros públicos de I+D, como una máquina inquisitorial. Lo busquen o no, lo que hacen es humillaros. Ellos, muchos de los cuales son a su vez un producto de la corrupción de sus mayores, que los colocaron a cambio de que no cuestionasen su autoridad y de que mimetizasen sus formas de funcionamiento en general tributarias de la larga herencia franquista. Entre ellos los hay que han entendido bien que no pueden competir con vuestra formación mirada en el largo plazo, pero han sido listos y se han sacado del bolsillo esta cuestión de los índices de impacto como un criterio de legitimidad para reforzar la impunidad que mamaron de sus mayores, y que necesitan reproducir porque está en su ADN.

A.C.: Sí, eso lo vemos: la universidad española se ha llenado con los mediocres, los hijastros de los viejos catedráticos, campando por sus respetos…

J.M.: Me alegro de que lo veas porque hay mucho de cierto. Aunque en realidad estos son un producto, una hechura de sus mayores, que es sobre quien primero recae la responsabilidad. Entre los viejos catedráticos los hay que no han operado así, no han promovido a los que no les hicieran sombra, o no sólo a los que no les hicieran sombra. En esto son más generosos que la mayoría de sus continuadores. Pero en conjunto, son insolidarios con las generaciones jóvenes y futuras. Profundamente. Lo que estáis viviendo en España desde hace una década es la degradación de los puestos de trabajo en la universidad y el CSIC, aprovechando la jubilación de los viejos catedráticos. ¿No les corresponde a ellos denunciar esta injusticia intergeneracional ante las autoridades? Pero no: se desentienden, se llevan desentendiendo desde siempre. ¿Tú les has escuchado en público hablar de lo que se está haciendo con sus plazas, de la brutal descapitalización y precarización que están haciendo las administraciones públicas con la I+D? (…) Es un problema generacional de egoísmo colectivo sin precedentes: entre los hacedores y primeros beneficiarios de la democracia posfranquista dominan los que nunca han mirado más allá de su propia generación y su estatus. Muchos se subieron al carro del sector público por la vía fácil hace treinta o cuarenta años, con currículos más bien normales que justifican diciendo que es que «estaban luchando contra Franco». Después, algunos han dado lo mejor de sí; otros, en cambio, lo mejor para sí. Dejan ahora una universidad llena de catedráticos mediocres más jóvenes que en bastantes casos auparon a cambio de que no cuestionasen su autoridad. Estos a su vez han aprendido a ser buenos inquisidores contra los investigadores y docentes de la generación siguiente, que no les van a la zaga en méritos, y a los que quieren poner difícil acceder a los privilegios que disfrutan ellos. Es un sistema perverso, como el de las novatadas de los colegios mayores pero en brutal: hoy me dejo maltratar y abusar porque mañana lo podré hacer yo… (…). Lo que les une a todos, los peores de ambas generaciones, es la defensa a ultranza de la condición de catedrático como expresión suprema del éxito profesional, como sucedáneo del reconocimiento intelectual que no pueden lograr por los medios que debiera ser, es decir, por su prestigio medido por la calidad de su contribución. (…) La paradoja es que han ido logrando que la de catedrático sea probablemente la figura más degradada de la función pública española en cuanto a estatus cultural; pero que conserva todo su poder discrecional.

A.C.: Ahí me convences, la verdad. Esto ha sido la comidilla de toda mi trayectoria como doctorando. Lo de los catedráticos que no lo merecen. Al punto que se convirtió en una broma entre mis colegas doctorandos. Cuando alguien hacía alguna cosa sin justificación, no venía a una reunión o peor, pretendía que alguien trabajase para él, le decíamos: «no me seas catedrático»; o cuando hacía una contribución más bien normalita: «has hecho una ponencia digna de catedrático…»

J.M.: (Risa) Eso es muy español, y me gusta: no perder la ironía y hasta el sarcasmo, el umbral elemental del distanciamiento moral y la crítica social. Al menos podemos esperar que de todo esto surja un subgénero del esperpento; aunque no es eso lo que más necesitáis, la verdad. (…) Y ten cuidado, que si lo vas difundiendo por ahí te pueden querer aplicar la Ley mordaza por incitación al odio. Porque algunos son capaces… (…). Pero si me permites la ironía sobre la ironía, otro esperpento digno de retratar puede ser el de algunos de tus colegas jóvenes cuando empiecen a aspirar a catedrático… y más aún el de su comportamiento una vez que lo consigan.

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