CARTA A UN AMIGO

Carta a un amigo:

Carlos Heras


Yo, que siempre me reí de mis padres porque de antifranquistas radicales cuando cumplieron treinta ya sólo les quedaba el sindicato de profesores, veo que apenas llego a veinticinco y ni siquiera tengo sindicato. Lo pienso mucho ahora que termino mi adolescencia o, qué sé yo, comienzo otra crisis adolescente. Cuando empezó lo del partido del cambio yo dije: «A mí esto no me gusta, así que voy a participar en colectivos de base, que además son más innovadores, radicales y transformadores», sólo que luego —pronto— me fui a vivir a otro país y empecé una vida de clase media al otro lado del océano que no me correspondía por edad. Y claro, ahí ya no milité.

Por cierto: lo del socialismo del siglo XXI no era para tanto, o a lo mejor es que lo pillé en un periodo malo. Yo fui de los que vio una pancarta enorme que decía: «Abajo el régimen» en la Puerta del Sol y pensó que se caía de un momento a otro. El Régimen, no la pancarta. Acababa de cumplir diecinueve años y empezaron las asambleas, las reuniones, las manifestaciones, y hasta tuve de imagen de perfil en Facebook una foto mía sosteniendo una bengala encendida. ¿Cuánto tuvo todo eso de esfuerzo transformador y cuánto de elección de un estilo de vida?

Hablando de estilos de vida, ¿ya nos podemos declarar víctimas de la gentrificación que nosotros mismos fomentamos? Cuando recuerdo los casi 300 euros que pagaba por ese cuartucho, y pienso lo que ha subido el precio en sólo tres años… Donde el bar que tanto paramos ahora, ¿no había una pescadería? En realidad no, pero yo qué sé, por mucho que mantenga el precio de la caña sí que es un poquito modernaker, ¿no? Me pasa que cuando camino de Embajadores hacia arriba cada vez veo más cafeterías bonitas, más peluquerías para calvos y más boutiques para perros, pero nunca me acuerdo de lo que había antes. Me sucede en cualquier ciudad. Ese edificio, ¿es nuevo? ¿Cuándo lo terminaron?

Yo fui a los piquetes. Yo hice huelga universitaria, aunque en mi facultad sólo la hacíamos tres. Fui a las manifestaciones, organicé cordones. Ocupé un centro social. Bueno, no le di la patada a la puerta, pero, entiéndeme, estaba por los menos en tercera fila. Una vez la UIP casi me pega, pero giré a tiempo en la carrera y se metieron por la otra calle siguiendo a otros. Recibí un curso rápido de iniciación al feminismo el día que todas las compañeras del colectivo se levantaron de una asamblea y nos dejaron plantados a los que íbamos a hacer política con mayúsculas. Estuve en muchas charlas e incluso fui ponente en alguna. En la mayoría me trabé. Aunque ahora, para el tiempo que estoy, no sé si vale la pena meterme a algo antes de darme de alta en Autónomos y volver a irme. Que tampoco sabría dónde ubicarme: como decían aquellos, lo que antes me hacía reír ahora me pone triste, lo que antes me hacía feliz ya no existe.

Que voy a ser profesional liberal. Lo bueno de cumplir años, aunque sean pocos, es que vamos sabiendo lo que no vamos a ser. Uno empieza queriendo ser premio nacional de literatura y acaba queriendo cobrar mil euros. Yo no voy a ser escritor, ni doctorando, ni diputado, ni youtuber, ni funcionario, ni empresario —sólo de mí mismo—, ni tuitstar. Parece que eso cierra posibilidades, pero también las abre.

Siempre he pensado que lo único que separa la ironía del cinismo es un poco de compromiso. No hace tanto que nos imaginábamos un proyecto de vida colectivo en el que los cómo, cuándo, dónde y con quién no sólo estuvieran marcados por el trabajo y la pareja. Que al final, nuestro proyecto de militancia más ambicioso sería vivir una vida un poco distinta de la de nuestros padres. Otro amigo me dijo una vez que cinco años de militancia bastan para transformarse un poco. Incluso si acabas con una granja de cerdos en el Chaco paraguayo, cuando mires al fuego te vas a acordar de todo lo que pasó esos años. Supongo que es la versión de los machos militantes para las gafas violetas de las feministas, que a veces te joden un poco la vida.

Al final, creo que ni grupo de consumo, ni cooperativa de vivienda en régimen de derecho a uso. Me veo más cerca de enseñarte el apartamento que alquilaremos mi pareja y yo. No puedo saber en qué ciudad está, pero ya me imagino el salón: hay un póster de Arrebato y otro de Elena Garro. Vente tú también con tu novia, podéis fumar en el balcón. Yo es que ya no…

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