CARLOS RODRÍGUEZ: «Contra los mochileros»

Carlos Rodríguez

«No hay nada más cosmopolita que Manu Chao»

Enrique Maestu


Cuentan sus allegados que el día en el que Carlos Rodríguez (1991) terminó de escribir su ensayo, salió a pasear por el centro de La Paz (Bolivia) y terminó increpando a unos mochileros holandeses. A la vista queda que estamos ante un personaje polémico y su entrada en sociedad no ha dejado indiferente a nadie. Este año ha publicado su primer ensayo titulado Contra los mochileros, en la editorial Pachakuti. A la espera de que salga la edición española, podemos decir que el libro no tiene desperdicio. Ganador del premio Tomas Katari en la ciudad de Oruro, ha recibido elogiosas reseñas en periódicos de Perú, Ecuador y Bolivia, y espera su pronta traducción al portugués. Rodríguez nos recibe en su casa estilo ejecutivo de La Paz y rápidamente entra en materia.


Foto: Irene Escudero

¿Qué es un mochilero y en qué se diferencia de un turista?

Bueno, a un mochilero se les distingue visualmente, como su propio nombre indica, porque llevan mochilas a la espalda, pero digamos que no todo aquel que porta una mochila a la espalda es mochilero. Un mochilero es quien viene de un país europeo o de lo que entendemos por Occidente, aunque también de algunas capas desarrolladas de países de Sudamérica, por ejemplo, que hacen un viaje, sobre todo un viaje por América Latina. Generalmente es un viaje largo, con muchas etapas muy cortas y tiene un cierto barniz de autodescubrimiento en el sentido de conocerse a uno mismo; o que es algo más que el turismo normal de ir a una ciudad, conocer un poco y ver unos museos, etcétera. Y, bueno, en realidad lo que sostengo es que más que algo más, es algo menos.

¿Y por qué es algo menos?

Porque al final todo este barniz que te digo de autodescubrimiento, de pretensiones, realmente es pura superficie y pura pose. Es un viaje que está totalmente equiparado al de otros por unos circuitos cerrados, prediseñados y, al ser tan breve el conocimiento de los lugares a los que llega, sólo se relaciona con otros mochileros que realizan viajes muy similares. En definitiva, realizan un acercamiento muy superficial al otro, a lo extranjero o al lugar presuntamente exótico que visita.

¿Se busca el exotismo low cost? ¿El mochilero busca ser un héroe posmoderno que relata sus tomas de ayahuasca, las experiencias extremas y su heroicidad?

Claro, hay una parte de eso que por otro lado no tiene nada de nuevo. Las borracheras extremas en los hostels se llevan haciendo desde hace muchas décadas en lugares que nos son tan familiares a los españoles como Salou, Benidorm, etc. Sobre las tomas de ayahuasca no son mayoritarias pero hay una minoría creciente que quiere encontrar su nexo con la Pachamama. Es una pena que durante la ceremonia estén tan colocados que no se puedan subir selfies a Instagram. Respecto a este tema hay una enorme impostura porque, para empezar, con la ayahuasca —por lo que me han contado— cuando la tomas por primera vez realmente implica vomitar absurdamente todo lo que llevas en tu cuerpo y generalmente por la propia experiencia itinerante de los mochileros no se suele producir una segunda toma.

¿Pero no se busca la llegada a lugares inexplorados?

Ojalá, pero es que es que ni siquiera se llega a esos lugares supuestamente tan inexplorados que sin embargo aparecen en Google Street View. Se puede criticar a los diarios del Che por el estilo meloso o por el espíritu romanticón que han generado con el paso de los años, pero estamos hablando de la caricatura de esos Diarios de motocicleta. Estamos hablando de gente que pretende estar descubriendo algo cuando en realidad no hace más que recorrer un circuito muy prediseñado. Hacen recorridos de una semana o diez días en los que no duermen dos noches en el mismo sitio si no es porque tienen una intoxicación alimenticia. Sacan una media de doscientas fotos por ciudad en la que la mitad es su cara adoptando diversos gestos, con suerte consiguen fotografiarse con un indígena y si son muy afortunados abrazarán a un niño pobre.

¿Qué empuja a los mochileros a hacer estos viajes de autodescubrimiento? ¿Crees que es un tipo de nihilismo desarraigado propio de Europa?

¿Qué buscan? Seguro que la experiencia de algo diferente. Parece que son millones pero en realidad no deja de ser una pequeña minoría de cada generación de europeos la que se calza una mochila y «cruza el charco». Siempre he odiado esa expresión. Al final en tu pequeña comunidad de Facebook te va a hacer especial emprender ese viaje exótico porque no son tantos quienes tienen los medios o la voluntad de subirse a un avión. De hecho, creo que es un un circuito cultural europeo ya que los mitos que alimentan ese viaje no dejan de corresponder a producciones cinematográficas, literarias o musicales que son europeas o estadounidenses. Quien va al Machu Picchu no es alguien que conozca en profundidad las culturas indígenas, incaicas, tiwanakotas y tenga un puro interés genuino y documentado. No es alguien que vaya a esa meca después de mucho tiempo de estudio. Quien trata de emular el recorrido del Che Guevara no es porque tenga un conocimiento crítico o extenso de lo que ha sido la vida de este joven revolucionario antes de convertirse en un guerrillero, o porque tenga pensado tomar las armas al llegar a los treinta. Antes bien, hace este viaje porque, consciente o inconscientemente, lo único que planea tomar es una hipoteca y echarse la siesta los domingos. Me entiendes, ¿no? Creo que al final es un poco cerrar un círculo que ya está ahí, y que es un círculo endógeno de alguna manera.

En el libro dedicas todo un capítulo a hablar de los selfies con la población autóctona, y no eres precisamente indulgente…

Creo que hay un propósito de ir por ahí a tocar a los pobres del mundo. De alguna manera es esa gente que nunca se ha ido al equivalente más cercano, como una villa o un mercado popular en Europa, en los que probablemente podríamos encontrar cosas similares sin llegar tampoco a los extremos de este continente. Ejemplos no faltan, ahí está el mercado de droga de la Cañada Real en Madrid, sin ir más lejos. No obstante, no creo que ese gusto por lo pobre sea patrimonio exclusivo del mochilero, sino que se podría hablar mucho en lo que sería otra obra de la figura del oenegero que no deja de ser otro perfil de ese género que se caracteriza por tener una foto de perfil de Facebook en la que aparece con una niña africana en brazos… Creo que de alguna manera tienden a proyectar una imagen de que efectivamente no eres ese estereotipo que simplemente pasa por ahí sin conocer a nadie. Se trata de proyectar la imagen de que en efecto te has dedicado a conversar, a conocer a gente local —que es extremadamente diferente a ti y generalmente mucho más pobre que tú— pero que has conseguido establecer un mecanismo de comunicación e inclusive le has comprado a la pobre señora un calabacín y a lo mejor se lo has pagado un poco más caro.

Esta imagen que aparece en el selfie siempre es la tópica, en Bolivia suele ser una foto con una mujer con pollera. Y aunque habría muchos otros individuos o colectivos folclóricos que no cumplen una función similar y podrían ser víctimas potenciales del selfie, se busca a una chola con pollera porque hay que reforzar un estereotipo de vuelta a Europa, y no precisamente para contárselo a tus amigos con una caña a la vuelta, sino para cumplir una función social reproductiva en el Facebook, Instagram y redes sociales restantes. Fíjate, con lo que nos jode a los españoles que nuestros emblemas sean los toros y la paella, y cuando salimos del país nos dedicamos a reforzar el estereotipo. Imagínate el tópico llevado a su máximo esperpento: ir a Bolivia para hacerte fotos con una indígena amazónica; en Colombia, sujetando una bolsita de cocaína; en Chile, una bandera mapuche; en Argentina, un libro de psicoanálisis; con el Machu Picchu de fondo en Perú y una foto en la plaza de la Revolución de Cuba. En fín, no tiene nada de malo ni habría que incluirlo en el código penal, pero que luego no nos vengan con milongas de creerse expertos en tópicos.

Luego están los tatuajes de final de viaje…

Entonces, claro, el tema de los tatuajes es otra moda occidental… Siempre en esta retórica de la autenticidad. Sin embargo, el tatuaje es un dispositivo interesante porque su gracia reside en que es imborrable, y eso es lo que se busca, dejarse una marca, que una experiencia que se podría quedar en unas pocas anécdotas y unas pocas fotos busca eternizarse en un dispositivo mayor diciendo: «Yo no busco unas pocas fotos, sino que voy a hacerme un tatuaje», generalmente obscenamente feo y tremendamente vacío de significado, pero es un recuerdo que ya no tiene una vuelta atrás. Y sobre los tatuajes me encantaría preguntarle a esta pobre gente cuando pasen veinte años a ver qué opinan de esa mierda.

Pero muchos mochileros creen adoptar un posicionamiento político cuando viajan, dicen ser ciudadanos globales y estar inspirados por las luchas antiglobalización y diferentes referentes intelectuales y musicales.

Es cierto que varios sociólogos y periodistas han sostenido que existe un correlato político desde el nacimiento del zapatismo en el 94, las cumbres antiglobalización de Seattle, la emergencia de las luchas indígenas, el nacimiento de una industria cultural ligada a la globalización con gente como Manu Chao, Pamuk, Auster y el japonés de turno, las películas como Babel (2006). Estos referentes supuestamente ejercitan una dialéctica de oposiciones: indígenas buenos/cosmopolitas malos, capitalismo malo/comunidad buena. Algunos expertos sostienen que estos referentes culturales sitúan en la balanza global una especie de contrapeso a lo que es una hegemonía neoliberal, de alguna manera el mochilero está promulgando por activa o por pasiva una serie de valores que no se corresponde a lo que es la trayectoria de éxito en un sistema capitalista normal. Pero la verdad es que a mí me parecen pamplinas escritas por mochileros de primera hornada que buscan hacer un descargo de conciencia.

Ésa es la otra crítica de toda la cuestión. Este presunto posicionamiento político a lo mejor lo era verdaderamente en su momento original, en ese momento en que a esa primera persona se le ocurre hacer este viaje y efectivamente conoce las comunidades, abre su mente etcétera. El sujeto del que yo hablo en mi libro me parece que responde a un patrón de triunfo cultural del capitalismo, y de un capitalismo contemporáneo del s. XXI. Lo que hace es repartir migajas al tiempo que busca producir la ilusión de que todo el mundo se puede hacer un viaje intercontinental aprovechándose de la cuestión del low cost.A mí me parece que no deja de ser una cuestión de consumismo.

Una manera alternativa de conocer, que también es bastante caricaturizable, es irte un mes y medio o dos meses a ayudar a una comunidad indígena o a una comunidad agrícola normal de gente campesina, y ahí sí llegas a conocer algo. Pero yo creo que el visitar cinco países en cuatro semanas tiene mucho más de fast food que de una experiencia diferente a eso y, además, no hay nada más cosmopolita que Manu Chao.

Te querría preguntar precisamente por la socialización de la miseria y los cooperantes que vienen a estos países a hacer una supuesta ayuda social, pagando por viajar y construir una escuela en una comunidad que a lo mejor nadie ha pedido.

Por una parte, creo que desde el punto de vista de cómo se llega a esos lugares, cómo se paga por alojamiento y ese tipo de cosas creo que es turismo y no solidaridad. Por lo que he podido saber a través de gente que trabaja en el sector de la cooperación, este tipo de viajes de solidaridad a golpe de talonario no son útiles en absoluto para una cooperación real en el territorio. Es como si tú metes a una persona en una empresa de cualquier tipo durante tres semanas… En el tiempo en el que le enseñas a hacer algo, el tipo ya se ha ido. Esta gente está pagando por una experiencia seguramente más ética, seguramente con un posicionamiento político dentro de una cultura de consumo y de exposición diferente, pero lo que hace tiene poco fondo y poca sustancia. Qué contrariedad sería para el solidario de tres semanas cuando quiera enviar las fotos a la comunidad de origen y caiga en la cuenta de que no tienen internet.

Inevitablemente teníamos que llegar a esta pregunta: ¿cuál es el tipo de turista bueno o que debería ser aceptable dentro del libro Contra los mochileros?

Bueno, voy a decir una cosa que quizá suene un poco elitista, pero creo que el buen turista es el que deja dinero. Vamos a ser claros, creo que el turismo debe seguir unas pautas de sostenibilidad y que si tú te vas a la Amazonia seguramente te vas con un operador gestionado por comunidades locales y no con un operador gestionado desde la ciudad. El buen turista es el que cuando se va a un «pueblo del lago» igual come en lugares donde cocina gente local y que es regentado por gente local y que da empleo a gente del lugar. El buen turista compra productos nacionales para llevárselos a su familia de vuelta en Europa. El tema es que todo esto cuesta dinero, el turista que se deja cinco euros al día en un bocadillo de queso, un hostal infame y la continuación del viaje por carretera en términos económicos no está dejando prácticamente nada en el país. No está mejorando la vida de la gente con la que va a hacerse selfies y no está introduciendo divisas, ni está contribuyendo para nada a que la gente más pobre —que es la que le vende el bocadillo de queso— salga de ese círculo de la subsistencia. Sinceramente, el turista responsable es quien tiene un cierto poder adquisitivo y tiene conciencia a la hora de gastar el dinero.

Aunque, por otra parte, tampoco hay que caer en la trampa de que este turismo de mochileros es low cost. Porque este tipo de turismo generalmente implica un mes y medio en el que se está fuera de la rutina normal, y para eso tienes que tener unos ahorros, un sustento familiar o un régimen de vacaciones fantástico en tu empleo.Tienes que cruzar el océano en avión porque, por lo general, no lo hacen de polizones en barcos mercantes. Así que cuesta un buen dinero, y estas vacaciones low cost acaban costando más de tres mil dólares. Yo lo que digo es que esta inversión hay quien la hace en una o dos semanas y se va a alojar en establecimientos que generan algo más de valor económico añadido en el país, y va a comer a buenos lugares que han hecho un esfuerzo por mejorar la calidad.

El buen turista es alguien que se queda algo más de tiempo en los sitios, conoce los lugares mejor y, por qué no decirlo, también se deja más dinero. Otra cosa es que uno, con poco dinero, pueda visitar a sus conocidos a donde sea, o hacer alguna experiencia de cooperación genuina y útil, pero ahí hay otro tipo de retorno humano que sí es interesante. El problema es que los mochileros en general tampoco hacen este tipo de aporte, aunque claramente muchos piensan que sí.

Foto: Irene Escudero

¿Buscan los mochileros hacer en la otra punta del mundo lo mismo que podrían hacer en sus países?

Sí, quizás el hecho de haberte ido a un sitio tan lejano como Nueva Zelanda a hacer de pastor, cuando podrías haber hecho lo mismo en Monforte de Lemos, pueda abrirte los ojos para admirar de otra manera a ese conocido de tu familia que es pastor en ese pueblo. Y la próxima vez que quieras hacer un viaje de autodescubrimiento,  puede que lo hagas más cerca y ayudes a alguien más cercano a ti. En definitiva, creo que viajar no tiene nada de malo y, de hecho, si tienes la suerte de irte a Nueva Zelanda, por lo menos tienes la oportunidad de conocer esa realidad. Peor hubiera sido ponerse a viajar por veinte comunidades de Oceanía para ordeñar a veinte rebaños en un un total de treinta días.

Cuando una persona se va a combatir al ISIS en Mosul durante dos semanas, ¿es mochilero o está haciendo otra cosa? Por ejemplo, aquellos chavales europeos que se incrustaban en las tropas de las FARC durante varios años, ¿estaban ejercitando algún tipo de «vacaciones-guerrilla»?

Creo que estamos hablando de otro nivel que quizás tiene algunos elementos en común como lo exótico o ser relatable como una experiencia, pero creo que está a otro nivel porque hay una cierta exposición de la vida, y al menos en esto creo que es más honesto, aunque puede seguir siendo una figura dentro del régimen de la caricatura, pero creo que es un posicionamiento más honesto frente al mainstream.

¿Hay enfermedades profesionales de los mochileros?

Seguramente las enfermedades intestinales y similares son propias de los mochileros y tienen una incidencia extendida. Pero no seamos malos, a aquellos que van a trabajar honradamente a otros países durante unos años también les pasa. Ahora bien, yo no sé si una persona es buen o mal mochilero si no vuelve a su país con clamidia, un brécol en el pene o algún tipo de ETS… No sé si eso es condición sine qua non para el autodescubrimiento. Pero vamos a ser claros: no sé hasta qué punto se folla más siendo mochilero que saliendo tres días a la semana por Madrid o Salamanca. No me parece…

¿Entonces es como el Erasmus, todo el mundo exagera el número de sus escarceos sexuales?

Quizá sí y esa es la impresión que yo tengo, estaríamos hablando de fenómenos análogos.

¿Un poncho o un charango para ser buen mochilero?

Un charango, el poncho está pasado de moda.

¿Qué es más desagradable: que una persona te cuente las anécdotas con pelos y señales o que meses más tarde siga llamando a las frutas y verduras con los nombres de Latinoamérica?

La segunda, es muy desagrable.

¿Por qué has tenido la necesidad de contar esto en un libro? ¿Qué esperas que produzca esto?

Creo que era una verdad que es incómoda y desagradable porque al final mochileros somos todos y, si no todos todos, al menos sí nuestros amigos, nuestras hermanas, nuestras ex novias o nuestros futuros novios, pero creo que había que reflexionar sobre esto y había que dar un pequeño pie para que los jóvenes empecemos a hablar un poco de qué tipo de relación tenemos con el mundo cuando salimos de nuestro país y quÉ tipo de turismo queremos hacer. Un pie tan pequeño que este libro no existe. ¡Jajajajaja! Simplemente ha habido unos pequeños textos y conversaciones entre amigos un poco canallas y nos ha parecido bien presentaros esta entrevista y, por qué no, reírnos un poco de nosotros mismos y de otra gente que lo hace todavía peor.

Esperamos que el libro se publique pronto en España.

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