CALIFORNIA, DONDE CRECEN LAS NARANJAS

California, donde crecen las naranjas

Pablo Rada


No sé qué tiempo haría en Nueva York el 20 de diciembre de 1968, supongo que haría frío y me sienta mal que justo un día como ese se fuera a morir John Steinbeck, que había fumado toda su vida, tan lejos de California, del calor en el que había nacido. El hombre que escribió en 1939 Las uvas de la ira.

La historia del oeste es la historia de sus medios de transporte. Estos habían significado siempre progreso, un progreso entendido como un fluido, algo que se debe extender de este a oeste como si se inclinara una mesa en la que hubiera caído aceite. El caballo, las diligencias y luego los trenes llevaban en sí mismos el germen de esa expansión: Pony Express, Pacific Express, ¡el océano, el océano! Lo que queda entre Nueva York y San Francisco era desconocido para muchos estadounidenses ―y lo sigue siendo ahora, igual que para muchos europeos―. Y con el siglo XX los coches producidos en cadena prometían una nueva extensión o un afianzamiento del progreso en pequeñas comunidades principalmente agrícolas en las que cada vez se podría vivir con las comodidades del consumo como en la ciudad. Pero el coche, la historia del coche en los Estados Unidos, empieza con miseria, violencia, racismo y pobreza.

Foto de Dorothea Lange, una de las mejores fotógrafas de la Depresión, titulada Broke, sick baby and car trouble!

Con la depresión golpeando duro, las tierras de labranza de trigo y cereal del medio oeste se vieron azotadas por la peor sequía en décadas. La tierra, de la que se habían eliminado bisontes y árboles sin tener nada a lo que agarrarse, producía con el viento, frecuente en la región, enormes tormentas de arena en lo que se conoció como Dust Bowl. La arena cubría las casas, los coches, mataba el ganado y hundía más si cabe a los pequeños agricultores, que en muchas ocasiones habían hipotecado casa y tierras para hacer frente a los anteriores años malos.

Los bancos agrícolas, los que para entonces no habían quebrado, comenzaron a exigir las casa y los desposeídos ―como le gustaría llamarlos a Steinbeck― cogieron todo lo que los bancos y la arena aún no se habían tragado, lo metieron en sus coches y junto con sus familias se dirigieron al oeste adonde sus abuelos no habían querido o no se habían atrevido a llegar, hacia California, donde crecen las naranjas y los melocotones en tartanas convertidas en casa y mil veces modificadas. Un viaje en coche hacia ninguna parte, en dirección a una promesa de trabajo como jornaleros por los caminos y carreteras del medio oeste en la que fue la mayor inmigración interna en los Estados Unidos, en diez años tres millones y medio de personas abandonaron sus hogares y emprendieron la marcha hacia el océano, en los coches que habían comprado pensado en un futuro prometedor.

Efectos del dust bowl en Dallas, Dakota del Sur 1936.

Parecía como si, después de cuarenta años de olvido, los viejos modos de las caravanas, los vaqueros, los colonos y la desesperada busca de tierra, trabajo y oportunidades en un oeste idealizado hubieran revivido en forma mecanizada, con coches y camiones sustituyendo a las diligencias y a los caballos pero sin las connotaciones épicas o aventureras de esa primera empresa. Los mitos fundacionales del país volvieron a la vida de una manera siniestra y carente de esperanzas, en forma de tremenda farsa. Una carrera enloquecida a bordo de carretas bien construidas en Detroit alimentadas de gasóleo en un ansia imparable de dejar atrás la miseria y buscar la vida, el edén soleado e inagotable del oeste, donde ha estado siempre el particular Dorado estadounidense, su propia tierra de promisión.

Horas y horas de caminos polvorientos en esos metales calientes ―las carreteras asfaltadas vendrían después, con el New Deal, como consecuencia y respuesta a esta situación― mientras los Joad van encontrándose con los diversos fantasmas del sueño americano que pueblan los senderos y que se dirigen como autómatas hacia el oeste, vaqueros que cambiaron de oficio, hijos y nietos de veteranos confederados o forajidos, negros que huyeron a las praderas pensando que allí no habría racismo entre presbiterianos y luteranos de apellido alemán de Kansas y Nebraska.

Y el poco descanso, entre jornadas mal pagadas de algodón, almendra o naranja, en las Hoovervilles, esos asentamientos improvisados construidos con lonas y aprovechando los vehículos que habían recibido su nombre del presidente Hoover quien estaba en el cargo cuando tuvo lugar el jueves negro, ciudades de hojalata en las que todo se montaba y se recogía en poco tiempo para poder volver a meterlo en los coches en torno a los cuales gira toda la vida y las esperanzas: «si nos llevara hasta el mar …» pronunciado con el acento nasal y el deje ligeramente sureño de los Okies o los Arkies como llamaban despectivamente en California a los inmigrantes de Oklahoma y Arkansas en este nuevo movimiento de masas, este nuevo tipo de migración en las que las familias iban enteras porque sólo se tenían a sí mismas, en los vehículos de este nuevo éxodo tecnológico, motorizado. Mientras la ira iba creciéndoles en su interior como racimos gordos, dentro de sus pechos cubiertos por petos vaqueros, con una biblia en una mano ―para quienes todavía podían creer en Dios― y una palanca de cambios en la otra, para leer mejor las palabras del Apocalipsis:

«Y el Ángel arrojó su hoz en la tierra, y vendimió la viña de la tierra, y echó las uvas en el gran lagar de la Ira de Dios».

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