CAERSE DEL TRACTOR

Caerse del tractor

Ainhoa A. Maestu


El agua es sinónimo de vida, por ello originariamente los pueblos se construían a las orillas de los ríos, lugares privilegiados para el acceso a materias primas. Con el paso del tiempo, los ríos han ido siendo abandonados y los pueblos han ido cambiando su ubicación a las orillas de los meandros de la nacional X. Las carreteras suponían el fin de una economía de subsistencia basada en la producción para el consumo y supuso el inicio de la explotación monotemática de cierto recurso (ganadería, minería, agricultura, pesca…).

Los lugares que quedaban lejanos a los caminos o a las vías del tren —es decir, lejos de las infraestructuras— fueron muriendo. En un paralelismo al funcionamiento del cerebro, las neuronas (los pueblos) están interconectadas entre sí, cada una tiene algo que aportar o es canal de información para otra y se comunican mediante carreteras (axones). Cuando una se queda sin llegada de información, por el motivo que sea, va degenerando hasta morir. Lo mismo fue pasando con estos pueblos que, emplazados en lugares tan bellos como difíciles de comunicar mediante carreteras, fueron siendo abandonadas por sus habitantes, los cuales, en búsqueda de una vida más sencilla y menos aislada, fueron moviéndose hacia los pueblos más cercanos que sí que presentaban esta infraestructura.

Encontramos numerosos ejemplos parcheando el mapa de la Península. Para llegar al pueblo de Vea tardas unas dos horas a pie. Orgulloso se erige en la ladera de la montaña, con su arroyuelo corriendo a su pie, señal de identidad de los pueblos abandonados. Perdiendo la mirada en el horizonte no se otea ninguna carretera cercana. Sus habitantes se fueron a vivir a San Pedro Manrique, el pueblo de al lado. Lo mismo sucedió con Matute. Y como éstos tantos otros.

De este modo los pueblos fueron agrupándose en pueblos de mayor tamaño que se comunicaban por carreteras y caminos con la diputación, con la capital de provincia y, en última instancia, con la capital del país. En este Estado centralista la base eran los pueblos y la cúspide la capital, en lo que podría resumirse con la frase: «Si en la capital no le han dicho nada, no voy a ser yo más papista que el papa». Una pérdida de autonomía total de los municipios que, al dejar las faldas de sus montañas y moverse a los llanos, se vieron de lleno metidos en una burocracia que llegaba en los vagones de los trenes directa de la capital.

De esta manera fueron desarrollando su nicho económico: algunos se dedicaron al cultivo, otros a la ganadería, a la minería, a la pesca… La trashumancia murió con las carreteras. Más adelante llegarían las industrias dedicadas a la manufacturación en los polígonos industriales. Pero para llegar a éstos todavía tendríamos que hablar del éxodo rural, de la conformación de los (primero) poblados y (luego) barrios periféricos de las ciudades, grandes olvidados, nidos de obreros y explotados que en condiciones paupérrimas servían de mano de obra barata a las ciudades; de cómo las ciudades crecieron y engulleron a estos barrios, guetos de clase obrera en el magma de la ciudad; y de cómo esos pueblos, que en otro momento estaban alejados, se convirtieron en el cinturón industrial de las ciudades. Pero antes de todo eso, España funcionaba dentro de este orden francocentralista con unas grandes desigualdades urbano-rurales. Llegaron los sesenta y se acabó el trabajo. La vida en el pueblo no traía más que miseria, miseria y miseria en pequeñas sociedades muy cerradas en las que los insignes ciudadanos eran el maestro, el médico, el alcalde y el cura. Los jóvenes se veían aislados de un progreso del que sí que disfrutan sus homónimos en las ciudades. Se veían abocados al tractor, a la azada o al rebaño sin ninguna expectativa de cambio para el resto de sus vidas, simulando la vida que llevó antes que él su padre y, antes, el padre de su padre, y así ad aeternum. Había que buscar una manera de caerse del tractor, y para muchos la mili era la oportunidad para escapar del yugo. Para otros muchos fue la emigración a las ciudades. Este éxodo rural masivo dejó regiones en la Península con la misma densidad de población que Siberia mientras que en la costa y en el centro de la Península se agolpan las personas. Los pueblos han quedado como lugar de veraneo de aquellos que no pueden costearse ir al mar y muchas veces simplemente olvidados, quedando plagados de casas vacías y medio derruidas, que los que continuaron viviendo allí las conocen como la casa de Fulanito o Menganito, de uno que se fue a Madrid o a Barcelona y no volvió.

Las carreteras comunican pueblos con pueblos, pero éstos están tan vacíos que a veces poco hay que comunicar. En un afán fagocitador de subsistencia, los pueblos se asocian y comparten ayuntamiento para evitar su desaparición. Los nuevos métodos de caerse del tractor pasan por engrosar las listas de trabajadores del sector servicios o la enseñanza superior. Los ancianos y sus bastones dominan las calles. Los pocos jóvenes que se quedaron en los pueblos y tuvieron hijos ya no lo son tanto, y se curtieron la piel en una vida dedicada al trabajo, al igual que su padre —y antes que él, el padre de su padre—, viendo cómo la tecnología avanza y cómo, para lo que antes hacían falta diez jornales, ahora se hace con una máquina; oyendo las noticias que escupe la televisión sobre la ciudad —pero nunca sobre el pueblo— y temiendo el día en que su hijo decida marcharse del pueblo viendo en él el fantasma de los que ya se fueron.

COMMENTS

Leave a Comment