BUTACAS DE RASO ROJO

Butacas de raso rojo

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Tendemos a pensar que lo que ahora es de una manera ha debido ser así siempre, supongo que es normal hacerlo, pero por el camino se pierden bastantes cosas de las que luego no siempre queda memoria.

Cuando pensamos en pasatiempos o en un ocio en solitario automáticamente nos viene a la mente la imagen de un sofá, una manta y una película que nos gusta en la televisión. Bueno, igual esa escena ha perdido cierta vigencia frente a al ordenador y esa película que tras días de búsqueda por fin encontramos, descargamos y nos disponemos a ver (la manta y el sofá siguen teniendo plena vigencia). Sea en ordenador o en la televisión, este entretenimiento está considerado como algo fundamentalmente solitario, un ocio para una o uno mismo reservado para días lluviosos, momentos de pobreza o gripes fuertes. Nuestro consumo de cine, lo mismo da que de clásicos inamovibles o de la última chufa convertida en placer culpable, es absolutamente individual y circunscrito al ámbito doméstico. Pero no siempre fue así.

El cine durante la mayor parte de su historia ha sido (todavía lo es aunque en menor medida) un entretenimiento colectivo. Porque el cine además de una serie de imágenes fijas a las que se daba movimiento era también y sobre todo un lugar al que se iba. ¡Y qué lugar! Está claro, lo sabemos, que sigue habiendo muchas personas que van físicamente al lugar cine e incluso que van habitualmente con otras personas pero tanto los espacios dedicados a esta afición como las costumbres han cambiado totalmente.

Para empezar, el cine era, como ya dijimos, una experiencia de ocio colectivo. Con esto no quiero decir que no pudieras ir solo, claro que se podía y de hecho se hacía, pero la propia situación de los cines, extendidos por los barrios y los pueblos, hacía muy difícil estar realmente solo, es decir, que no conocieses a alguien de los que estaban. Pero incluso el disponer de un cine de cabecera, como si dijéramos,  provocaba que el personal fuese conocido, como el de cualquier otro establecimiento del barrio. Así que siempre había con quien comentar la película o, si esta era un asco, charlar de otra cosa. Ahora que somos milennials y llevamos gafas en festivales horrendos de cine teóricamente intelectual se nos ha olvidado que una película de la que no se charla es media película, y no me refiero a cine fórum o a albar el savoir-faire (aghhh) de Wes Anderson, sino a charlar sin ton ni son.

Pero es que el cine antiguo, el lugar, era probablemente un sitio mucho más divertido que el actual, lo que quizás explique por qué tantos directores han rendido homenaje a ese espacio caótico, abarrotado y probablemente antihigiénico en el que descubrieron entre cortinones, palcos y humo de tabaco, la que sería su pasión y su trabajo. Un lugar que era inseparable del acto de ver películas. Podemos pensar en las escenas de Amarcord que se desarrollan en el cine o en Cinema Paradiso, una película que se construye entera como un recuerdo de ese sitio que ya no es posible, para empezar a entender como era un cine. Por ejemplo, no había ningún control de los asientos, en los pueblos era normal llevarse la silla de casa o estar de pie en la parte de atrás, igual recordando los usos del teatro popular o de las ferias.

Pero además, no había tampoco una costumbre de llegar cuando la película empezaba e irse al final. Las sesiones dobles, matutinas o de tarde en las que por un precio fijo se tenía acceso a varias películas que se pasaban sin interrupción conseguían que fuera bastante común llegar con la película empezada o irse antes del título de fin. Había quien de una misma película había visto tres veces el principio, dos el final y ni una sola todo lo del medio. Esto, sumado a otros hurtos más intencionados como la censura, puede parecer una muy mala manera de ver un film o de enterarse de algo pero al mismo tiempo provocaba que algún niño (igual se llamaba Federico o François) se entrenase en los misterios del guion y el ritmo: había que suponer, sustituir y preguntar haciendo que cada cual tuviera una película diferente de la del señor o señora de al lado.

Y es que, además de esa atmosfera cargada de humo de tabaco, sudor y felpa de los asientos, el cine antiguo permeaba al exterior de tal manera que quien había ido a ver una película luego la contaba como podía a sus amistades y familia, como una especie de tradición oral a pequeña escala en la que, a cada paso, iban cambiando algunas cosas.

Un mundo en el que los spoilers no existen o en el que estos son demandados por los demás, ese es un mundo en el que todo el mundo le gustaría vivir ―o eso me parece a mí―. Tan es así que en 1960, cuando se estrenó Psicosis, un cartelón advertía al principio de la película de que por favor nadie contara el final. Yo probablemente hubiera pedido que me lo contasen.

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