BREVE HISTORIA DE CÓMO LA VISTA SE NOS FUE DE LAS MANOS

Breve historia de cómo la vista se nos fue de las manos

Poniendo del mismo lado la luz, el conocimiento, el bien, el orden, la seguridad y hasta la alegría, queda por ver cómo ha conquistado la vista su hegemonía y por qué el mundo según las manos sigue siendo una utopía por reivindicar

Alberto Coronel


Cuando nacemos todos somos ciegos y hasta los cuatro o cinco años no desarrollamos nuestra visión por completo. El reconocimiento de caras y objetos y la percepción de la profundidad, a diferencia de la discriminación del color y las sombras, son capacidades que adquirimos en estos primeros años cuando la construcción del mundo ―por el que nos arrastramos cabizbajos y cuyas piezas sueltas nos llevamos a la boca y dejamos caer― es un juego de manos. Y es que de no ser por las manos, que acarician robándole temperaturas y texturas al mundo, la vista nos dejaría una vidriera ruidosa y multicolor que haría de Picasso un hiperrealista y de Velázquez un pintor abstracto. En esos primeros años enhebramos la información de distintos sentidos poniendo cada estímulo con su par: malo-caca, bueno-potito, calor-mamá.

No se trata de negar el valor de la vista: una propina de la evolución para ver al cazador venir y no caer presa del pánico, orientarnos en el espacio, reconocer el entorno con facilidad, una cara amiga, el fruto de los árboles allá a lo lejos o allá a lo alto. Sin embargo, de entre todas las diferencias innatas que nos ofrecen nuestros sentidos ha sido el mundo según los ojos el que ha conquistado en nuestra cultura el poder más tiránico que a un órgano multiplicado se le pudiese atribuir. Poniendo del mismo lado la luz, el conocimiento, el bien, el orden, la seguridad y hasta la alegría, queda por ver cómo ha conquistado la vista su hegemonía y por qué el mundo según las manos sigue siendo una utopía por reivindicar. Para ello habremos de remontarnos al mundo antes de que la vista y el tacto divergiesen en su manera de narrarlo.

En la infancia de la vida, de aquel tiempo sin historia, la rueda de la noche y el día trajo consigo un reparto probable de roles y escenarios. En la cadena de martirios al que damos el nombre de evolución, desde sus prosaicos comienzos en la materia inorgánica hasta ti, que estás leyendo, el azar quiso que fuésemos presas antes que cazadores; que tuviésemos que salir del bosque a mirar más allá de nuestros pies; a errar hacia horizontes mustios llenos de estepa en busca de cuevas en las que poder embriagarse y fornicar a la sombra de una naturaleza depredadora.

La dislocación entre el entorno y el horizonte y la amenaza del cazador y el enemigo a las espaldas fue abriendo una herida metafísica entre el mundo tal y como se da a los ojos y el mundo según las manos. La luz, que permite ver sin ser vista, es un fantasma cálido respaldado por la autoridad del Sol que arroja un manto de diferencias sobre el mundo que la noche ―que se ve porque no deja ver― esconde. Queda en el más allá (de la mano) lo ideal, todo lo que no se puede cambiar, ni crear, ni tocar. Quizás un fruto demasiado alto fuese el primer amor platónico o que lo que no se pudo conservar en el camino fuese abriendo el espacio al pasado. Favorecidos por el Sol que ilumina y calienta la tierra de la que brotarán las cosechas, los humanos le darían muchos nombres distintos para poder darle las gracias.

Cristo representado en el centro de la rueda del zodiaco (Manuscrito del siglo IX. Biblioteca Nacional de Francia)
Cristo representado en el centro de la rueda del zodiaco (Manuscrito del siglo IX. Biblioteca Nacional de Francia)

Por no saber a quién agradecer las buenas cosechas, ni a quien castigar por las malas, se va llenando el cielo de dioses solares que todo lo pueden y todo lo ven. Frente a ellos, el pequeño cuerpo que los ha parido va perdiendo vista y poder. No tiene nada de sorprendente que el Sol aparezca una y otra vez como divinidad. Interesa, sin embargo, pensar que tras ese desfile de deidades lo que se está jugando es un culto a la visión y al mundo según los ojos. Se está gestando una relación muy estrecha entre la luz y el poder, una manera de legitimar la vigilancia y una culpa por haber nacido en tierra ―pecado original—.

El cristianismo está atravesado de principio a fin por la serie de la luz, lo bueno, y un Dios que todo lo ve contra lo oscuro, malo, terrenal y pecaminoso. Desde el Salmo 139[i], al Reconocimiento de la insondable sabiduría de Dios o el Pregón pascual, del IV d.C, uno de los himnos más antiguos de la liturgia romana:

Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. […]. Por eso, hermanos, que asistís a la admirable claridad de esta luz santa, invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente. […]. Ésta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado.

He aquí el Dios omnisciente que todo lo ve y tiene muy claro lo que a sus ojos agrada y no agrada, incluyendo donde dejamos caer la simiente. Quien lo dude que pregunte por Onán.

Foto 2-2
Génesis 38: 9-10
Corsé antimasturbación. Francia (1815).
Corsé antimasturbación. Francia (1815)

Para entonces la visión se nos había ido de las manos: puesta toda la verdad y el bien en el más allá, aquí en lo bajo no podía quedar ya más que el error y el mal, encerrados en un alma que no podíamos tocar. La aparición en escena de una mente tan inmaterial como el alma cristiana tampoco iba a ayudar demasiado, siguiendo los símbolos del poder de la luz y la clandestinidad del tacto como fuente de conocimiento no hay ruptura entre la Edad Media, el Renacimiento y la Modernidad. La lucha contra las tinieblas del irracionalismo y la superstición del viejo mundo tratará a la piel y a su verdad ―el placer― como la baja fuente de perturbaciones mentales. El sexo será estudiado a partir de ahí en términos de higiene y todavía hoy siguen yendo pedagogos a los colegios a hablar de enfermedades venéreas y muy pocos de placeres.

La revolución industrial y los nuevos derechos de propiedad promovieron el éxodo rural de los pueblos que volvieron a errar en busca de pan y un refugio en que poder embriagarse y fornicar a la sombra de las fábricas. Nacieron así las «masas», que sin ser malvadas no por ello andan menos faltas de luces. Para que todos vigilasen a todos se empezó a hablar de los efectos positivos del trabajo en la salud mental, de la masturbación como patológica y del carácter inmoral de la vagancia. Pero esa es una historia distinta en la que no podemos detenernos. Nace el reino de lo bien visto y del derecho público a juzgar lo que jamás ha sentido.

Efectos de la práctica de la masturbación.
Efectos de la práctica de la masturbación

¿Se acuerdan de Ortega y Gasset? ¿Aquel aristócrata que sólo llamaba arte a lo que no le gustaba a las masas? Su fenomenología ―ciencia del cómo las cosas se aparecen a la luz del conocer― comentaba en un famoso pasaje de sus Meditaciones del Quijote: «Con los ojos vemos una parte de la naranja, pero el fruto entero no se nos da nunca en forma sensible; la mayor porción del cuerpo de la naranja se halla latente a nuestras miradas». ¿No se le ocurrió a tan ilustre pensador que podía cerrar los ojos y sentir con las manos la parte invisible de la naranja? El pasaje, antes que como tesis general de su pensamiento, ilustra a la perfección un olvido recurrente: que el tacto pueda dar testimonio verídico acerca del mundo.

La vista dice que sólo podemos conocer la realidad en perspectiva, dejando al propio cuerpo en el ángulo muerto. Es por eso que tantos cuerpos angustiados han delegado la opinión sobre sí mismos a los ojos de los demás. El tacto prohíbe la perspectiva: cuando dos se besan sólo hay un beso. Cuando las manos se vuelven sobre la piel se establece una sola superficie de contacto entre los dos extremos ―un beso―, por eso nadie conoce mejor el cuerpo que sus manos. El placer de la visión es relativo a la cultura; el de la piel ,no. Olvidamos que el arte nació en las cuevas; que el sueño no quiere luces; que el éxtasis de la piel gusta a menudo de dialogar a oscuras; que no todas las sombras son frías ni todas las luces cálidas. Olvidamos el valor del lazo entre quienes comparten secretos y el valor de reservar al tacto del otro la mayor de las humanas confianzas. Queda pendiente una ilustración del tacto que vuelva a poner las cosas en su sitio: el amigo da placer / el enemigo hace daño.

 [i] «Tú conocías hasta el fondo de mi alma / y nada de mi ser se te ocultaba, / cuando yo era formado en lo secreto, / cuando era tejido en lo profundo de la tierra. / Tus ojos ya veían mis acciones, / todas ellas estaban en tu Libro; mis días estaban escritos y señalados, antes que uno solo de ellos existiera».

 

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