BOLONIA SÍ EXISTE

Bolonia sí existe

Manuel Tenot


Se repetía una y otra vez que el famoso Plan Bolonia o lo que es lo mismo, la adaptación de la Universidad española al sistema europeo de educación superior, no era nada, que sólo tenía una página y que, en realidad, era nuestra perversa imaginación la que veía el fin de la Universidad pública en el sencillo hecho de que las carreras pasaran de cinco a cuatro años para converger con una Europa donde los grados duraban tres. A día de hoy, los peores pronósticos de esos estudiantes  que se encerraban para estudiar aburridas leyes se han cumplido uno a uno. Por ello empiezo este artículo con una mezcla de vértigo y sensación de contar «lo de siempre», lo que veníamos advirtiendo desde 2008 y que hoy es una realidad casi completamente instaurada.

Yo llegué a la universidad en 2007,  la lucha contra el proceso de Bolonia fue la chispa que prendió la conciencia en muchos de nosotros. Pero además nos sirvió como ejemplo del común proyecto político del PPSOE, que ni siquiera era suyo, sino de otras instancias europeas o mundiales que andábamos por descubrir. Dicho en una frase, Bolonia suponía la adaptación de la Universidad a las nuevas necesidades de la economía que se preveían. Básicamente a las de un entorno productivo y laboral difícil de predecir y marcado por la economía de la innovación, por lo que las máximas debían ser la adaptabilidad, la movilidad, la formación permanente, y la rebaja del número de titulados y del valor de sus titulaciones.

foto-bolonia-si-existe

No quiero decir que la Universidad, y en general el sistema educativo, no estuviera desde hacía ya muchas décadas al servicio de la economía y sus necesidades. Simplemente que las necesidades de ésta habían cambiado o iban a cambiar, y que además ya no se contaba con un horizonte amplio de crecimiento económico que demandara una cualificación cada vez mayor de los trabajadores y los consumidores, y que hasta entonces había soportado la masificación de la formación superior durante las décadas anteriores. Ante el desajuste entre lo que se hacía en las escuelas y universidades y lo que demandaba el mercado realmente existente, era la educación ―que estaba produciendo cosas tan adversas para una sociedad como «demasiados universitarios» o «sobrecualificación»― la que debía ajustarse a una economía en plena fiesta de financiarización y burbujas. El marco para el cambio ya lo había habilitado la LOU, que el PSOE iba a derogar pero que al final sólo maquilló mínimamente. Para mayor cruz, en pleno proceso de reforma llegó la estafa, y cualquier gasto del Estado que no produjera beneficios económicos inmediatos pasó a verse como un derroche del dinero de las arcas, por lo que lo de «en las universidades se derrocha el dinero público» se convirtió en un mantra justificatorio de las reformas. Y el mercado laboral que se vivía en la época en que ser mileurista era una desgracia dio paso a unas circunstancias que hicieron añorar los tiempos en que los empresarios gozaban del privilegio de explotarte, y no donde te hacen pelear por el privilegio de tener un trabajo mal pagado, temporal y sin despido, y no se te ocurra quejarte, ni mucho menos organizarte, que peor lo tienen otros que por lo menos tú tienes trabajo.

Pero la «crisis» y sus consecuencias en el mercado laboral no fue un contratiempo para las reformas universitarias, fue la prueba de que efectivamente las instancias internacionales (Banco Mundial, OCDE, y las instituciones europeas) tenían toda la razón: el mercado laboral iba a peor y no tenía sentido estar formando universitarios para que encuentren trabajos eventuales haciendo encuestas. De hecho, según el Employment Projections: 2008-2018 Summary[i], los empleos que más crecen son aquellos que requieren nula o baja cualificación y son del tipo ―utilizando su propio término―«short term on the job training» (formación de corta duración en el propio centro de trabajo): camareros, reponedores, transportistas, comerciales, teleoperadores, limpiadores, auxiliares de clínica, vendedores, guardas, recepcionistas, cajeros, auxiliares de mantenimiento. Y esta tendencia se verá reforzada en los próximos años, en los que las tres ocupaciones que más crecen son cajeros, vendedores y camareros, en este orden.

Por lo tanto, esto de la sobrecualificación, de saber más de lo necesario ―no para ser un buen ciudadano, no para ser crítico, no para ser feliz ni construir una sociedad más justa, sino para moverte por trabajos precarios toda tu vida, que es para lo que vale la educación―viene a solucionarse con una devaluación de los títulos. El mercado de trabajo realmente existente, es decir, esas pocas ofertas que encuentras en Infojobs para trabajar dos semanas como eventual, previo adjunto de tu carta de motivaciones acerca de cómo todo tu proyecto vital ha ido dirigido a esas dos semanas de cabeza gacha, no necesita que sepas de Kant. Ni de química, ni de literatura, ni mucho menos de derechos laborales. En realidad, con que te manejes en Office y hayas pasado el suficiente tiempo en el paro como para vivir con ilusión el drama de la explotación, vales.

La formación vale un dineral, y más en la universidad. Formar a un titulado universitario es muy caro aunque seguramente pueda ser perfecta y sobradamente rentabilizado a largo plazo. Pero tampoco creo que el valor de la universidad sea la capacidad de hacer crecer la inversión encarnada en sus estudiantes, por lo que ni si quiera me apetece leerlo en esos términos. Los estudios de la rentabilidad diferencial a largo plazo entre explotar trabajadores cualificados y explotar trabajadores descualificados que la analicen los capitalistas. Para algunos la educación, aunque en buena medida fuera porque nos habían colado la mentira de la promoción social mediante los estudios, debía ser otra cosa o cuanto menos algo más. La cuestión era que si el conocimiento se valoriza económicamente, es decir, que tú entras a la universidad valiendo X y sales valiendo X, ahí ha ocurrido algo con tu valor que permite que seas más productivo, y se supone que por tanto acceder a puestos mejor remunerados. Digamos que ahí había un  beneficio claro que llevabas puesto y que lucías con orgullo en tu currículum. Y claro, si ahora eres X, como todos sabemos, en el mercado laboral de hoy se te rifan y te pagan una diferencia por tu formación complementaria. Por lo que, siendo como es, que tú vas a aumentar tu valor y encima a reportarte con ello mayores beneficios futuros, ¿qué sentido tiene que te estemos pagando entre todos ese privilegio individual del que sólo tú vas a beneficiarte? Se trataba ahora de justificar que eso se lo debería pagar cada estudiante, y en todo caso las empresas, que ya puestos, deberían ser quienes dijeran qué se debe o no se debe estudiar en la universidad ya que son quienes van a acabar recibiendo la aplicación práctica de esos saberes. El Reino de España, siguiendo lo que recomiendan los informes del FMI y de la OCDE, debía implementar un sistema de préstamos para que los estudiantes pudieran acceder a cualquier nivel de estudios sin tener que pagarlo hasta que trabaje. Efectivamente, si la Universidad iba a adaptarse a la economía actual, tendría que empezar a financiarizarse y vivir de las rentas del futuro, hoy. Un lujazo. Trampalante dice mi madre que lo llamaba mi abuela hace casi cincuenta años.

[i] «The 30 occupations with the largest number of total job openings due to growth and replacements», U.S. Department of Labor, Bureau of Labor Satistics, diciembre de 2009, http://www.bls.gov/news.release/ecopro.t10.htm

 

Leave a Comment