BOFETONES Y APLAUSOS, LA FUERZA DE LA MANO IGNORANTE

Bofetones y aplausos, la fuerza de la mano ignorante

Marta Lezcano Vega


No sé de historia. Ignoro realmente qué motivos instaron a manos senadoras a mancharse de sangre en el 44 a.C. Apenas conozco los trajines que tuvieron lugar después de que Rodrigo de Triana apuntara con su dedo hacia suelo americano. No sé del gobierno de Carlos I, ni del de Felipe IV, ni del de Isabel II. No sé qué fue del 36. Ni de la paternalista manutención por parte de la autocracia de Franco ni de esta postrera manumisión. Tampoco sé a cuento de qué vino ese compromiso mendaz del «trío de las Azores», ni qué estilo de handshakes se marcarán en la posteridad.

 

Pero parece que nada de esto importa mientras permanezca la risa. Una risa que nada tiene que ver con la sonrisa a medias que nos ofrece la ironía concienzuda, ni con la carcajada espontánea que surge cuando se ha entendido el chiste. Hay muchos tipos de risa, pero esta de la que hablo es una risa ignorante, que participa de unas manos que aplauden confiadas hacia aquello que no aporta nada más que lo que tiene en ese instante. Unas manos que vitorean sólo al presente. Me refiero, pues, a esas risas y a esos aplausos que sólo saben del aquí y el ahora, que no dan cuenta del pasado. Como los provocados por esos vídeos de caídas donde no hay antes ni después.

Caídas, trompicones, bofetadas. Cualquier excusa es buena para presenciar la comicidad y la risa. Risa que, sin embargo, puede convertirse en llanto cuando se conoce la trágica trayectoria de un pasado doloroso. En este juego entre la risa y el llanto, la alegría y el dolor, el conocimiento y la ignorancia se maneja Sjöström en su película muda El que recibe el bofetón (1924). Un largometraje relevante por diversas razones dentro de la historia del cine pero que aquí toma su protagonismo porque revela una doble perspectiva, dos miradas distintas que observan un mismo presente. Un hic et nunc donde los bofetones y los aplausos adquieren un sentido propio en función de si las manos que operan son conocedoras —o ignorantes— del pasado, de la biografía del protagonista.

Este pasado es conocido por quienes vemos el largometraje. Paul Beaumont, un científico de poca monta, es acogido (junto con su mujer) por el barón Regnard en su casa, con quien mantiene una relación clientelar. Allí Beaumont desarrolla una teoría que explica el origen de la humanidad. El barón, que a diferencia de Paul Beaumont es un científico de gran fama en la alta sociedad, le roba los estudios que justifican su teoría y los expone ante la comunidad científica, en presencia del propio Beaumont. Este último, excitado por la traición, cuenta la verdad ante los científicos pero el barón se apresura a propinarle un bofetón que lo pone en ridículo. Un bofetón insidioso, siervo de una mano que hablaba —aun sin quererlo— del ayer, y que burla a Beaumont ante una multitud de ojos que no querían observar sino el irrisorio tortazo del momento.

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La humillación lleva a Beaumont a tomar la decisión de arrojar al suelo el mundo —su mundo—, y decide irse a vivir al circo para convertirse en un payaso más. En un «sin nombre». En un hombre sin pasado. Paul Beaumont abandona su nombre propio para ser llamado con el pronombre masculino de tercera persona: He (‘Él’). Sustituye, pues, el nombre que lo configura —que le otorga identidad personal— por el pronombre, una mera variable que no dice nada. Una palabra directa pero vacía. Directa porque sólo señala, porque apunta sólo a lo que tiene delante, a lo que aparece, a lo que, de alguna forma, está ahí. Expresa concreción, pero es una concreción vacía. Vacía en la medida en que está vaciada de su historia. El pronombre personal es un cenotafio, un habitáculo hueco precisamente por el hecho de que puede entrar cualquiera, sin importar quién. Es una palabra muda, que no habla del pasado, meramente ostensiva.

A partir de entonces, pues, Paul Beaumont será He, «el que recibe el bofetón». He es ahora un payaso, el protagonista del mayor espectáculo del circo. Es en este momento del largometraje donde se presenta con más claridad esa doble perspectiva de la que hablábamos supra. Por un lado, una perspectiva cómica, la del público del circo. Para este público el protagonista es He, un payaso anónimo, sin lazos. He sólo existe en el momento en el que se manifiesta. He es sólo presente, una figura donde el ayer y el mañana no existen. El público circense no puede ver lo trágico de la historia porque la historia no existe para ellos. Pero sí para nosotros, dueños de la perspectiva trágica. Sí para quienes hemos observado más de lo que se presencia en ese ahora, porque el ahora existe como un continuo entre el antes y el después. Así, por este otro lado, vemos que nuestras manos han sido incapaces de desatar los lazos que unen el presente al pasado del protagonista: He continúa siendo Paul Beaumont. El espectáculo del circo, fuente de tantas carcajadas ignorantes, es a nuestros ojos el recuerdo de un pasado desolador. Pues no provoca risa aquello cuyas causas se conocen.

Cada gesto de Beaumont nos genera compasión. Padecemos el dolor de los bofetones como si fueran nuestros. Detestables nos resultan los burdos aplausos de unas palmas que no saben lo que hacen. Percibimos, así, a través de la experiencia de Beaumont, la fuerza devastadora de la mano ignorante. Sufrimos porque conocemos su historia. Respondemos con razones en ese presente, pues el presente nos remite a algo que se encuentra más allá de la mera presencia: porque sabemos de su ayer, porque proyectamos la mirada hacia el mañana.

Sepamos, pues, de historia para que los bofetones y los aplausos no sean propiedad de la ignorancia manipulable.

Y, por cierto, no dejen de sonreír.

 

Para ver la película completa, aquí.

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