ARQUITECTURA, CONCURSOS Y UN SIGLO QUE NACE DOS VECES

Arquitectura, concursos y un siglo que nace dos veces

Marco Enia


Uno de los aspectos de la historia que, a fin de cuentas, la acaban de volver incomprensible es que suele elegir como motores conceptos borrosos e impalpables. Las vicisitudes humanas, trágicamente concretas, se encuentran así a merced de unas cuantas ideas que no se sabe bien quién inventó ni cuándo. Sólo está claro que no tienen en sí ninguna consistencia real.

En el campo de la historia del arte nos encontramos con el caso de los conceptos de vanguardia y academia. A menudo se les suele considerar opuestos, cuando como mucho son complementarios. La vanguardia es simplemente lo que se opone a la academia, y viceversa. La una existe exclusivamente si existe la otra. Luego además interviene el tiempo, que mezcla las cartas, cambia los papeles y confunde las posiciones: la academia, en última instancia, no es sino una vanguardia mal envejecida.

Y sin embargo, estos dos conceptos tan volubles tienen una importancia decisiva en la evolución de lo artístico. En arquitectura, por ejemplo, el siglo XX empezó probablemente dos veces, cuando se dieron los dos primeros choques violentos entre las principales vanguardias de ese entonces —el Movimiento Moderno— y la arquitectura académica. Ahora, después de tanto tiempo, resulta curioso constatar cuánto se parecían estos dos inicios.

La primera vez que empezó el siglo fue en 1927, durante el concurso para la construcción del Palacio de las naciones de Ginebra. La segunda vez fue en 1932, con motivo del análogo concurso para la construcción del Palacio de los Sóviets en Moscú. En ambos casos participaron algunos de los mejores arquitectos modernos, como Le Corbusier, y personalidades del mundo académico que la historia tuvo todo el buen gusto y el detalle de olvidar.

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Le Corbusier trabajando en su estudio

Y en ambos casos el motivo del enfrentamiento iba más allá, mucho más allá del tema del concurso. Se trataba de la confrontación entre dos opiniones muy diferentes sobre la arquitectura: para qué sirve, cómo se construye, qué papel tiene en la sociedad, qué problemas tiene que encarar… Según los académicos la arquitectura tenía que seguir siendo lo que había sido a lo largo de los cuatro siglos anteriores: una disciplina basada en los principios de Vitrubio, sobre la proporción, los órdenes clásicos y el arte de trabajar la piedra. Una disciplina, en definitiva, que se ocupara principalmente de cuestiones formales y estéticas. Si todo esto había funcionado muy bien hasta entonces, por qué cambiar.

Porque el mundo se había vuelto, en las décadas anteriores, algo totalmente diferente. La actual hipertrofia de los núcleos urbanos empieza en aquellos años, entre el siglo XIX y principios del XX. Una enorme masa de campesinos se había trasladado a las ciudades, en busca de un trabajo y de mejores condiciones de vida; pero finalmente acaba viviendo en barrios donde las condiciones higiénicas y sanitarias eran lamentables. Precisamente por esta expansión incontrolada de la ciudad, por la excesiva cantidad de gente apiñada en casas pequeñas y con poca luz y aire, en el siglo XIX habrá hasta siete pandemias de cólera. Y es precisamente gracias a sus paseos por los barrios obreros de Mánchester que Engels escribirá La condición de la clase obrera en Inglaterra.

Había, en resumen, un descomunal problema urbano —y, por lo tanto, arquitectónico— que la academia desatendía por completo. La arquitectura académica se consideraba una de las bellas artes totalmente desvinculada de cualquier responsabilidad social. Se deleitaba con el recuerdo de un pasado de gloria, y repetía con pereza las formas aprendidas de la historia, considerando que lo que había sido correcto por tanto tiempo iba a seguir siéndolo para siempre.

Incluso le quitaba importancia a las nuevas posibilidades técnicas proporcionadas por la Revolución Industrial. Se había vuelto posible construir edificios enteramente en vidrio y hierro, prefabricar elementos y, en general, edificar con una velocidad y a unas alturas inconcebibles tan sólo pocas décadas antes. En 1892, además, se había inventado el hormigón. El mundo de la Academia, las pocas veces que recurría a estas novedades, lo hacía utilizando las mismas soluciones de siempre; olvidando que en arquitectura la forma no puede ser independiente de la técnica.

Planos del proyecto para el Palacio de las naciones de Le Corbusier
Planos del proyecto para el Palacio de las naciones de Le Corbusier

En cambio, el Movimiento Moderno intentaba relacionar estas nuevas posibilidades a aquellos nuevos problemas. Entendía que por fin se podían construir casas para todo el mundo que tuvieran la luz, el aire y el espacio que las viviendas del siglo XIX generalmente no tenían. Entendía que se podían construir rápidamente y económicamente viviendas que dieran alojamiento a una gran cantidad de familias, afrontando eficazmente el constante aumento de población de las ciudades. Entendía que las reglas académicas se habían vuelto ya totalmente anacrónicas e inadecuadas para hacer frente al estado real de las cosas; y que, dadas las circunstancias, no podía ser la belleza de las formas el único objetivo de un proyecto de arquitectura.

Palacio de las naciones de Ginebra
Palacio de las naciones de Ginebra

Ambos concursos acabaron de forma parecida. El primero lo ganó Le Corbusier, pero su victoria fue anulada a causa de unos insignificantes vicios de forma y fue entregada, en cambio, a un grupo de arquitectos franceses académicos liderado por Henri Paul Nenot. El concurso por el Palacio de los Sóviets lo ganó el grotesco y monumental proyecto académico de Boris Iofán —y en este caso imponiéndose también a un proyecto de Le Corbusier—. La reacción de Nenot a su victoria permite, más que cualquier otra cosa, medir la tensión del enfrentamiento:

Me alegro por el arte en general; al juntarse, el grupo de los franceses tenía el objetivo de derrotar a la barbarie. Llamamos barbarie a una cierta arquitectura que está de moda desde hace un tiempo […]. Esta arquitectura niega todos los bellos estilos de la historia e insulta al sentido común y al buen gusto. Pero ha perdido, y todo va bien[1].

Aquella vanguardia perdió estas dos batallas pero finalmente ganó la guerra, y se difundió a lo largo de pocos años por todo el mundo. Luego también ella se volvió academia. Se atrincheró en sus posiciones y cometió muchos errores —entre éstos el error más grave de todos, el de no comprenderlos a tiempo—. Iba a surgir después otra vanguardia que la contestara, y luego otra contestando a esta última, y así continúa: en un movimiento circular que es, tal vez, la verdadera forma de la historia.

Boceto de Iofán para el Palacio de los Soviets
Boceto de Iofán para el Palacio de los Soviets

 


[1] La anécdota la cuenta el propio Le Corbusier en la introducción de la tercera edición de su Hacía una arquitectura, publicado por primera vez en 1923.

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