ÁMSTERDAM. O LO QUE SE QUEDÓ AHÍ

Ámsterdam. O lo que se quedó ahí

Jane Foster


Nuria y Roberto llevaban mucho tiempo juntos. Ambos estaban tan cómodos que no se habían dado cuenta de que los años iban pasando y de que se estaban perdiendo una vida mejor separados. Por su parte, Nuria vio que el amor que tenía por Roberto se estaba apagando y pensó en hacer algo. La razón principal para ese «hacer algo» era evitar una hecatombe, una desfragmentación de familias, una separación, un dejar de seguir esa línea recta que tan cómoda parecía. ¿Qué hacen las parejas en estos casos? ¿Se casan? ¿Se compran un perro? ¿Un piso? ¿Tienen un hijo? ¿Se cambian de ciudad? Todas estas preguntas sonaban en la cabeza de Nuria y eran soluciones difíciles de gestionar, otras, le daban mucha pereza ―¿un hijo? ¿Con Roberto? ¿Ahora?―. Y de repente, LA solución: VIAJAR.

Claro. Viajar. A Nuria le encantaba viajar con Roberto, ser su compañera de viaje, perderse, encontrar sitios con encanto para siempre recordarlos. Esa era la solución para encontrar ese amor de nuevo; si Nuria le pedía a Roberto que organizase un viaje, éste recobraría la ilusión por hacer algo juntos y volverían a ser dos en uno, como siempre.

¿Destino? Ámsterdam. ¿Qué mejor sitio que una ciudad donde la prostitución es legal, las bicicletas son las amas de las vías y puedes fumar marihuana en los coffee shops para arreglar aquellos problemas que haya en tu pareja? Suena mucho mejor que «Cariño, ¿hacemos terapia de pareja?» Pero la cara de ilusión de Roberto sólo estaba en la imaginación de Nuria. Cuando ésta le propuso el viaje, le hizo más ilusión al cactus que tenían en la terraza. Aún así, miraron las fechas con optimismo e intentaron organizarlo: Roberto le pidió a su hermano un mapa que estaba resquebrajado ―ya ni compraron una guía de viajes como siempre habían hecho― y tomó nota sobre algunos sitios que merecían visitarse.

Llegó el día. Roberto le dijo a Nuria que cada uno fuese por su lado porque le iba mejor ir desde su trabajo. Nuria, por su parte, insistió en quedar en alguna estación que les quedase bien a los dos pero no pudo ser. Cada uno por su lado, como si estuviesen enfadados. Cuando Nuria llegó al aeropuerto, Roberto ya había empezado su fiesta particular ―si hubiese esperado diez minutos, igual Nuria no se hubiese sentido desplazada por su propia pareja―, empezó a beber cerveza ―no fue la primera que se tomó en ese aeropuerto― y pretendía cenar. Solo.

Huelga de controladores en Francia. Retrasos mínimos de dos horas en los vuelos. Roberto seguía bebiendo como si nada, con tres cervezas encima y Nuria una, imposible entenderse. ―¡Qué bonito viaje! ¡Se huele la reconciliación!― Subieron al avión, y después de dos interminables horas y media llegaron a Ámsterdam y se fueron a dormir. No, no hubo sexo, hacía meses que no lo había. Aún así, Nuria se quedó como un búho en su lado de la cama pensando: optimismo, en tres días es el cumpleaños de Roberto y mañana hacemos diez años y medio. De aquí sale todo reforzado.

Tras despertarse, en el segundo día de su estancia y después de hacer slalom entre cinco o seis bicis, la pareja fue a desayunar. A Roberto ese día le apeteció desayunar «algo típico del sitio». ¿En Ámsterdam? Cómo no quisiera un brownie con su toque especial… pero no, Roberto odiaba el chocolate. Se pasaron una hora aproximadamente buscando «algo típico», con el estómago rugiendo, para acabar en un Starbucks comiendo comida plastificada ―luego Nuria supo que eso «típico» que buscaba Roberto era un bagel, ¿típico de… Londres?―. Nuria comió su algo plastificado con una obligada sonrisa mientras que Roberto se comía con asco lo que había pedido, quejándose en cada mordisco.

Ámsterdam es una ciudad. Y ya. Sí, tiene su encanto con sus canales, con sus bicis, con sus MUCHAS bicis y la gente va a su bola, tanto encima de la bici como caminando, pero es una ciudad de paso. Como tenían previsto, visitaron la Plaza Dam, el barrio rojo, caminaron entre los canales, se estresaron por los ring ring de las bicis, decidieron dónde comer juntos, se hacían mimitos ―bien, bien, esto va bien―, miraban el mapa, organizaban según la marcha qué ver… ―¡SÍ! ¡Amor!― Pero no. A la hora de la comida, Nuria ya no podía más y sugirió a Roberto ―con una escena digna del teatro valleinclaniano con copas, saleros y pimenteros―, que abriese los ojos, que alguien podría estar interfiriendo entre ellos dos, y ella no iba a hacer nada por impedírselo. Roberto no lo entendió o no lo quiso entender y se mostró frío al principio pero luego continuó con sus mimos. Les quedaban dos días en Ámsterdam y debían aprovecharlos. «Nada de malos rollos» ―debió pensar Roberto― pero Nuria tenía en su interior algo que iba a salir en cualquier momento.

Y el momento llegó:

―Te dejo, Roberto. No puedo más. Me dices que quieres estar solo, que todo el mundo es egoísta contigo y que te ponemos cargas. Intento ayudarte y te distancias aún más.

―De acuerdo. Son consecuencias de mi cambio. ―Contestó impasible Roberto.

―¿Y ya está? ¿No vas a hacer nada por esos años juntos?

―¿Qué quieres que haga? Me has dejado tú.

Ante la mirada atónita de Nuria, porque no se esperaba para nada la reacción de Roberto, deciden irse al hotel. Sin hablar. Sin actuar. Dos fantasmas. Duermen.

Al día siguiente, debían estar en el aeropuerto antes de las 17h. Roberto, que odiaba el chocolate, insistió en ir a las dos pastelerías que hay en Ámsterdam ―una en cada punta de la ciudad― para preguntar si hacían brownies con marihuana sin chocolate ―una absurda quimera―. ¿Resultado? Una ciudad recorrida de punta a punta, sin pastel ―evidentemente― y 144€ perdidos en un nuevo billete para cada uno; la pareja perdió el avión porque llegó tarde al aeropuerto.

Desde el avión, Nuria, que sabía que el llegar a casa sería el final de su década sentimental, echó el último vistazo a esa urbe que había sido testigo del declive: los paseos donde intentaron ser quienes fueron alguna vez, las esquinas donde discutieron, los puentes donde se dieron los últimos besos, las calles en las que se abrazaron, el hotel en el que nunca se quisieron y la ciudad en la que se miraron por última vez a los ojos.

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