ADRIANA FERNÁNDEZ: «La verdad va a salir a la luz, y los 114 000, que están todavía en las cunetas, van a salir a la luz»

Adriana Fernández

«La verdad va a salir a la luz, y los 114 000, que están todavía en las cunetas, van a salir a la luz»

Entrevista: Ainhoa Maestu Fonseca

Foto y vídeo: Marcos Galante


Adriana Fernández, nieta de Antonio Fernández González «El Cesterín», asesinado por el bando nacional durante la Guerra Civil, es demandante en la Querella contra los Crímenes del Franquismo que lleva la jueza argentina María Servini de Cumbría. Hablamos de la querella, del derecho a la identidad y de memoria histórica.


 


¿Por qué llevar a cabo una querella contra los crímenes del franquismo desde Argentina?

La querella se empezó en Argentina porque en su momento fue el único país que en materia de derechos humanos tenía una sociedad que estaba formada para que se diera este paso. En España era imposible ya que de estos temas no se habla y nunca se ha llevado a cabo una investigación. Pero Argentina en cuestión de derechos humanos siempre ha sido un ejemplo. Tanto los movimientos sociales como las organizaciones como Madres y Abuelas que han llevado esta lucha hasta en los peores momentos. En los más oscuros de una dictadura.

¿Puedes hablarnos sobre el proceso de la querella? ¿Cómo empezó, cómo está siendo y cómo va a continuar?

Mi proceso personal no fue algo fácil. Mi papá no sabía que su padre había sido un represaliado del franquismo. En la dictadura argentina no tuve desaparecidos, ni familiares ni amigos, ya que me crie en una familia de derechas, conservadora, y estudié en colegios ultracatólicos. Nunca tuve la menor idea de lo que había pasado con el franquismo en España. Y la dictadura acá me pasó por al lado. A medida que fui creciendo y empecé a trabajar en barrios carenciados, comencé a ser consciente de lo que había sucedido acá. Al ser profesora de Ciencias Religiosas me vinculó la desaparición de religiosos y de religiosas latinoamericanos. A través de ahí comencé a militar en el colectivo de la teología de la liberación donde hice un curso de terrorismo de Estado, y me enteré de lo que había sucedido en la España franquista.


 

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Recordé que mi papá me había contado que su padre había sido enterrado en el campo. Até cabos: el 9 de octubre de 1936 fue la fecha de su fallecimiento. Volví a preguntarle cómo había sido la muerte de mi abuelo. Me explicaba que fue una reyerta entre vecinos, que murió en el campo, que el enterrador del pueblo hizo una fosa y ahí quedó.

Mi duda fue que, dado que los dos vivían en una zona campesina, ¿por qué mi abuela estaba enterrada en el cementerio y mi abuelo no? Los familiares de mi padre le habían dicho que cuando las personas morían en el campo, se las enterraba ahí: «Había paisanos que cuando araban las tierras me decían que encontraban cuerpos». Aquello fue la pista que me llevó a ver que en realidad eran fosas comunes. Mi papá sabía perfectamente el lugar donde estaba enterrado mi abuelo, porque de chiquito araba esas tierras. Le decían que donde el pasto crecía más verde y más alto era el lugar justo donde estaba enterrado su padre.

Empezó mi propia investigación: no tenía dudas de que se trataba de un represaliado del franquismo. Y comenzó, también, un trabajo con mi propia identidad, ya que al no poder identificarme ideológicamente con nadie de mi familia sentía que era nieta de un republicano. Contacté con la Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que tenía sede en Ponferrada, la tierra de mi abuelo. Hicieron toda una investigación, y al mes me enviaron el acta de defunción diciendo: «Tienes razón, tu abuelo murió por la lucha contra el marxismo. Tenía veinticuatro años».

Ni bien tengo estos datos, mi pregunta fue: «¿Y ahora qué?».

Quise tener una audiencia con el juez Carlos Rozsanski, que lleva los juicios de lesa humanidad. Me instó mucho a seguir con esto. Me dijo un consejo que me marcó: «Vos seguí con esta investigación, pero llegado el momento, no te quedes con el cuerpo. Vos siempre buscá justicia. Porque la verdad es estática y la justicia es dinámica. Si sólo te quedás con el cuerpo, te vas a quedar con una foto».

Fui a hablar con Arturo Blatezky, coordinador del movimiento ecuménico de derechos humanos. Y por esas casualidades —que no son casualidades—, me dijo: «¿Sabés que sé que se va a presentar una querella contra los crímenes del franquismo? Mirá, se van a reunir en Abuelas, la están preparando. ¿Por qué no vas con todos tus papeles y decís lo que descubriste?». Así que allí fui el día que estaban preparando para presentar la querella y tuve la suerte de encontrarme con Máximo Castex, uno de los abogados. Se presentaban Darío Rivas, el impulsor, e Inés García Holgado, mi compañera de querella. Aunque no pude entrar en ese momento en la querella, más adelante me podría incorporar, ya que mis papeles no dejaban lugar a dudas.

El 14 de abril de 2010 se presenta la querella y se asigna el juzgado de la jueza María Servini de Cumbría. No teníamos mucha confianza cuando nos tocó, creímos que con el juzgado de Servini no iba a pasar nada. Pero nos equivocamos. Hizo mucho más de lo que esperábamos.

Al año siguiente pude entrar yo. Inicialmente había quedado sólo Darío por ser hijo, descendiente directo. Inés, al ser nieta y sobrina-nieta de familiares, y yo, al ser nieta, quedábamos excluidas ya que el vínculo tenía que ser directo. Además el fiscal que estaba en ese momento también desestimó la causa. Después, pudiendo estas piedras salir del camino, junto con Inés, pudimos participar en la querella.

En este momento, la querella sigue avanzando. Ahora estamos en un momento bastante tranquilo. Se han pedido muchas extradiciones, pero el gobierno español se niega a extraditar. Hay familiares de gente que está aún hoy en el gobierno.

Pero al que pudimos ver, al menos, ante un tribunal, fue a Billy el Niño (Juan Antonio González Pacheco) y a Jesús Muñecas, quienes, aunque fuera, se sentaron en un banquillo ante un juez y se les retiraron los pasaportes por un tiempo. Ese signo que no llegó a mucho más, ya fue en parte reparador. Después de ochenta años de silencio y de ninguneo, por parte de los gobiernos y por parte de la sociedad, fue un paso muy grande. Esta querella significa esperanza.

¿Se tienen previstas nuevas imputaciones, nuevos cargos?

Es lo que se está previendo. Se iban a hacer unas videoconferencias que por conflictos con cancillería no se pudieron llevar a cabo. La jueza piensa volver a España, donde ya estuvo a principios de este año tomando declaraciones, y seguir recabando nuevos testimonios. Se ha pedido a algunos juzgados que tomen declaraciones a las víctimas, ya que, lamentablemente, éstas y sus familiares se mueren. Así como también se mueren los victimarios. Al dejar que el tiempo pase, la justicia llega demasiado tarde porque ya las personas no están. Esto es lo que pasó con mi abuelo, con los familiares de Inés y con el papá de Darío.

Seguimos apoyando esto porque, aunque no vamos a ver presos a ninguno de los asesinos de los nuestros, todavía quedan torturadores vivos. Está vivo quien firmó la sentencia de muerte a Salvador Puig Antich. Están vivos los responsables de la masacre de Vitoria. Están vivos muchos. Y estamos luchando para que esa gente pueda tener lo que se merece: cárcel común.

Lo que aprendimos tanto de Madres como de Abuelas es que acá no hay venganza, no hay revancha… Esto no es algo personal, sino crímenes de lesa humanidad. Luchamos para que esto no vuelva a suceder. Que ninguna dictadura pueda segar la vida de la gente que piensa diferente. En este nuevo milenio vemos que el mundo está demasiado convulsionado, pero los que luchamos por justicia tenemos que seguir luchando. Y tiene que ser una lucha colectiva, no una lucha personal que no nos lleve a nada.

Aunque España diga que todos estos delitos ya prescribieron, nosotros tenemos muy en claro que esto fue un genocidio. Tampoco lo llamamos guerra civil, porque fue un alzamiento militar contra un gobierno elegido por el pueblo.

Quedan pocos para contarlo. Los familiares, tras lo vivido y tras cuarenta años de dictadura que los ha llenado de terror, guardan silencio y se dicen: «No queremos volver al pasado». Cuando fui a España me preguntaban: «¿Para qué viniste? ¿Para qué venís a revolver lo que ya estaba olvidado?». No está olvidado. Es mi abuelo, está en una fosa porque lo asesinaron. Porque no es justo ni para él ni para los 114 000 que están todavía en las cunetas, que son 114 000 historias con nombre, con apellido, con familias y que tienen que ser reivindicadas. Y no se puede decir, en una simetría completamente injusta, que hubo bandos. Como no aceptamos que se diga que los hubo en Argentina. Los que tenían el poder de las armas arrasaron.


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¿Cuál es la actitud que está teniendo el Gobierno español respecto a esta querella?

La ONU se ha manifestado y ha sacado un montón de artículos diciendo que España no investiga. Se han dado plazos y no se han cumplido. Y tanto Amnistía Internacional España como su homónima argentina nos han dado una mano impresionante. Agradezco mucho a Esteban Beltrán, a Ignacio Jovtis, en España y a Amnistía Internacional Argentina su inmensa ayuda en esto. Siempre nos han dicho: «Por más que les digan lo que les digan, lo que ustedes están haciendo es lo que corresponde».

Lo que hace España es siempre tratar de imponer silencio, tratar que la Ley de Memoria Histórica nunca se cumpla. Cuando aparecen los restos de mi abuelo, el mismo día que hacían setenta y cinco años de su asesinato, el ARMH monta ahí mismo una especie de laboratorio para estudiar los restos. Tenía heridas de arma blanca y dos heridas de bala. Una bajo la oreja, y otra en las costillas. Con estas pruebas se presenta la correspondiente denuncia. A las cuarenta y ocho horas nos informan de que los hechos presentados no constituyen delito. Así que en el 2011 se estaba pidiendo a España que investigaran los crímenes, y la causa de mi abuelo fue cajoneada.

Ahí tenemos una prueba de que no se investiga. Igual sucede con Ascensión Mendieta, mayor de noventa años, que lo único que pide es recuperar los restos de su padre. Sabe el cementerio en que está, la parcela… todo; pero la jueza que lleva su caso no quiso llevar esa exhumación a cabo porque dice que no es un lugar preciso. La jueza Servini viene llamando dos exhortos para que se haga. Hasta raya con la crueldad, ya que, además de ser una injusticia, no dar a esta pobre mujer este último deseo es demasiado vergonzoso.

España también se ha negado a la extradición de otras personas encausadas. Al final se va a convertir un lugar donde van a quedar todos encerraditos. Va a ser un país de prisioneros del franquismo. Creo que en el poder, como decía Darío Rivas, todavía sigue Franco gobernando. Dijo que lo iba a dejar todo atado y bien atado, y creo que todavía lo está.

Cuando la sociedad tome conciencia de la historia total —y no de la parcial—, de la verdadera memoria histórica, será cuando comience a haber justicia. Mientras España no quiera saber qué pasó con su historia, esto va a seguir. Están empezando a movilizarse asociaciones, juzgados, ex presos políticos… Con todo esto se comienza a visibilizar en la sociedad. Ahora bien, mientras España no quiera saber qué pasó con su historia y cuál es su verdad histórica, hasta que no se entierre ese pasado y no se haga justicia, el futuro siempre va a ser en base a algo que no se cerró.

¿Cómo se recupera la memoria después de cuarenta años de dictadura y cuarenta años de impunidad?

Se empieza por minorías. En Argentina tuvimos siete años de dictadura y fueron las minorías las que empezaban a levantar las voces. Y las llamaban locas. Pero se pudo tomar una gran conciencia de lo que pasó. Hay muchos con ideologías diferentes, pero no se divide en los que están a favor de Videla o los que están en contra. Lo que sí pasa en España con los que están a favor de Franco. O en Chile donde hay quien defiende a Pinochet. Acá habrá grupos reaccionarios que querrán volver a tiempos en los que la pasaban muy bien. Pero a nivel social, a nivel del país, Videla no es referente de nadie. Ni lo es la dictadura militar.

Todo tiene que empezar a fermentar de abajo, y para eso hay que concienciar. Tiene que ser algo que se empiece en las escuelas. Dado que no se habla, las generaciones se van formando con una historia que no es la real. Esto ayuda a que se vaya perdiendo la verdadera memoria.

Quizás en España un cambio de gobierno, que realmente impulse a la memoria histórica, puede hacer que todas estas puertas que están cerradas comiencen a abrirse. Lamentablemente solamente son las victimas las que impulsan y el resto mira. Se miran los crímenes de la ETA como si fuera lo único malo y Franco no lo fuera. Como a mí me decían: «Con Franco se estaba muy bien». Hay miedo a ver un poco más allá.

¿Qué habría que hacer con toda la simbología franquista que aún queda en las calles y pueblos de España?

Hay muchos lugares en España donde están quitando toda la simbología franquista. Yo la quitaría toda. Cuando fui al cementerio a enterrar los restos de mi abuelo al pasar por la iglesia y ver la calle José Antonio Primo de Rivera pensé: «Estoy enterrando a mi abuelo y me tengo que encontrar con el nombre de este tipo…». Ya estuvieron demasiado tiempo luciéndose, como el Valle de los Caídos, ensalzando una ideología de terror. Ya es hora que desaparezca.

Me encantó cuando acá en Argentina se comenzó a cambiar los nombres de las calles. Por ejemplo, cuando la calle que se llamaba Julio Argentino Roca, un genocida que mató pueblos originarios, pasó a llamarse Juana Azurduy. ¡Vamos por la vida! Pongamos nombres que nos signifiquen vida, ejemplos para seguir adelante.

El tratamiento que se hace en España de los casos de niños robados, tratando de desvincularlos de la dictadura, es muy distinto del tratamiento que se hace aquí.

Siempre digo que en Argentina las abuelas buscan a los nietos. Los nietos y nietas republicanos buscamos a nuestros abuelos. En España, el robo de hijos de madres republicanas dándoselos a familias franquistas o católicas, se hizo con tanta impunidad que pasó a ser algo sistemático. Al ser algo tan naturalizado, se siguió haciendo con chicas que estaban totalmente desprotegidas. A una persona en una situación de vulnerabilidad tal se le dicen un montón de cosas y termina cediendo. O una mujer da a luz a su hijo, le dicen que nació muerto y se lo dan a otro matrimonio.

Acá ha sucedido con chicas que estuvieron presas en los centros clandestinos. En España hay una a una cifra que me da escalofríos: son 30 000. Es estremecedor. Es un pueblo entero que ha vivido con una identidad totalmente falsa.

Acá los nietos siempre dicen —y me incluyo—:«Uno lo siente». Un sentimiento de pertenencia a algo que no conoce. También está la culpa: «Son mis padres, cómo los voy a denunciar, me criaron…». Pero es gente que te compró. Te robaron, te sacaron y engañaron a tu madre. Recuperar esa historia es doloroso, cuesta mucho.

¿Qué políticas se deberían aplicar para defender el derecho a la identidad?

Creo que esto hay que defenderlo desde las escuelas. Es una ardua labor de concienciación y visualización. Todo se tapa con la economía, y lo primordial es lo humano, la propia identidad. Si no tienes tu propia identidad no vas a poder ser feliz, da igual que tengas todo lo que tengas. Entonces estamos en un mundo tan consumista, tan capitalista, en el que todo pasa por lo que se tiene, que no se le da el valor a la persona en sí.

En Argentina la política de derechos humanos facilita que haya charlas de lo que quieras. El que está interesado, siempre va a tener algún lugar en donde ir a preguntar y despejar su inquietud. Pero en España no hay ni Comisiones de la Verdad. ¿A dónde van? Es como ir buscando agujas en pajares.

Mi papá decía que yo fantaseaba con la historia. Y cuando se vio ante los restos de su padre y ante la historia de su asesinato, no pudo expresar nada. Para él fueron setenta y cinco años de creer algo, que en horas se le volcó. Al año falleció, pero mientras fue consciente, miraba una foto y decía: «Acá está mi papá». ¿Cómo puedo decir que esto es pasado? Eso que se convirtió en presente le cerró una historia que no conocía. Y mi viejo se fue en paz.

Eso es lo que necesitan las víctimas: cerrar su propia historia. Y esa posibilidad España no la da. Viendo cómo se ha enriquecido el país a modo de tapar el asesinato y la toma de presos republicanos, es obvio que no van a querer volver a atrás. No van a querer reconstruir ese pasado porque lo esconden todos los que están hoy. Pero los que están todavía esperando justicia, ¿qué?

Puede haber todavía muchas nietas y nietos que aún no saben nada. Por eso con la ARMH de acá seguimos adelante. Y allá gracias a Emilio Silva, presidente de la ARMH, que es un nieto de asesinados por los falangistas y que fue el primero que realizó la exhumación. El 28 de octubre se cumplieron quince años de la primera exhumación de los trece de Priaranza, entre los que estaba su abuelo.

¿Qué políticas de reparación habría que llevar a cabo, teniendo en cuenta que la mayoría de los familiares de desaparecidos, como en tu caso, son nietos, no ya cónyuges o hijos?

En mi opinión, la reparación pasa por que los ideales de los que murieron, de los nuestros, se reivindiquen. Que se revierta todo lo que han hecho con ellos. Es un poco lo que estaba empezando a pasar en Argentina, que se les está dando esa dignidad a los obreros, a los asesinados por la dictadura. Tiene que revertirse porque no murieron por traicionar la patria sino por defenderla. No fueron traidores, fueron héroes.

Que se identifique que en España hubo un genocidio. Hablamos del genocidio del holocausto alemán, o del genocidio armenio. ¿Y España qué? Que no hay presupuesto para las exhumaciones. El PP cortó todos los presupuestos a la ARMH para las exhumaciones. En España el Estado no se hace cargo de las exhumaciones, se terceriza todo. Y fue el Estado el que los mató.

¿A quién se recurre? Si la sociedad no despierta, si no empieza a ejercer presión sobre el gobierno para que genere estas políticas, y si no se educa desde otra perspectiva, será difícil cambiar, pero no es imposible.

Vimos a Abuelas que viajaban a España a declarar ante Garzón. Veíamos que acá no pasaba nada, parecía que nunca iba a pasar nada. Y sin embargo, apareció Néstor Kirchner, derogó las leyes de impunidad, derogó la ley de punto final, empezaron los juicios de lesa humanidad. Y empezó todo, con sus pros y sus contras. Estamos viendo a los asesinos en cárceles comunes. Y vamos a por los empresarios. Porque los milicos eran la mano ejecutora, pero los empresarios son los responsables de todo. No nos quedamos con la punta del iceberg. Hay que investigar el porqué de esta dictadura. Allá también, allá hay que profundizar. Hitler, Mussolini, Franco… ¿Por qué pasó? ¿Por qué no querer revisar ese pasado, esa justicia, como corresponde?

Lamentablemente la Iglesia tuvo un papel muy fuerte en el Estado, y creo que todavía lo sigue teniendo. Dicen atrocidades, barbaridades… Si acá un obispo dice la cuarta parte de lo que dice un obispo en España, se le hace un escrache que se tiene que ir del país. Pero en España la Iglesia Católica está muy ligada al poder. Y esa es otra pata que hay que empezar a liberar para despejar conciencias y liberar mentes.

En un país en el que tenemos la fundación Francisco Franco, y miembros del gobierno que niegan la existencia de fosas sin abrir, ¿cree que en algún momento conseguiremos poder hablar de todo esto sin que sea un tema tabú?

A veces parece que sólo queda la fosa de Lorca por abrir. Yo creo que en la vida todo se consigue. Como te decía, hace diez o quince años acá eso era impensable, y sin embargo se consiguió. Si nosotros presentamos esta querella y seguimos con ella, es porque tenemos la esperanza de que, tarde o temprano, se va a lograr. Quizá la justicia va a llegar muy tarde, pero llegará. Si no, nos quedamos todos en casa y nos dedicamos a hacer pintura en tela. Si no alcanza nuestra vida, seguirán nuestros hijos, nuestros nietos. Es una bandera que tiene que seguir bien en alto.

No hay que perder las esperanzas por más que uno vea que no va a haber salida. La verdad va a salir a la luz, y los 114 000, que están todavía en las cunetas, van a salir a la luz. Como salió mi abuelo, que me esperó setenta y cinco años y yo tardé demasiado en darme cuenta de que me estaba llamando.

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