ACHTUNG SPIONE!

Achtung Spione!

Rod


Que la modernidad está llena de inventos estupendos es algo que no sorprende a nadie: los aviones, la penicilina y las bombas nucleares nos fascinan pero pocas cosas han llamado más nuestra atención que los y las espías. Porque puede parecer que los espías han existido siempre pero esto es sólo una verdad a medias. Lo que había antes era la diplomacia en la que realmente se traicionaba y se conseguía información de manera poco lícita, a veces para un bando o a veces para uno mismo constituido como bando. Por eso para que haya espías es importante que tengan un sitio al que espiar y un Estado-nación es lo mejor.

Culturalmente su figura siempre ha fascinado y resultado repugnante a partes iguales. Quizás las causas de esta fascinación haya que buscarlas en la idea que lleva aparejada de un poder en las sombras; de la capacidad de una sola persona de cambiar el curso de la historia y, por encima de éstas, una vida dedicada al engaño, a la mentira. Y es que, aunque a todo el mundo nos guste mentir, los espías lo pueden hacer profesionalmente. A esto hay que sumarle el morbo que supone saber o sospechar que hay enemigos viviendo entre nosotros sin que se les note y sin que nosotros ni nosotras —y es aquí donde está lo importante— lo notemos.

¿Un espía?

Sin duda, los momentos en los que prolifera más esta profesión y sus correlatos culturales son los que están dominados por el conflicto. En estos momentos de confusión y peligro, surgen como hongos personajes dudosos, normalmente con cierta relación con lo criminal y que se lo juegan todo a una carta porque, a no ser que su bando gane, pasarán a la historia de la infamia y la traición (que, como se demuestra por esta misma lógica, dependen solamente de donde se sitúe uno). Surgen, decíamos, porque uno de los elementos fundamentales para un espía es que no tenga pasado: un espía que se va el domingo a comer a casa es una broma.

Pero a mí hay algo que me sigue sin convencer. Estoy seguro de que la vida de un espía es en realidad muy aburrida: seguramente lo más parecido a un espía sea un funcionario de Correos. Y puede que en el metro nos hayamos cruzado mil veces con alguno: gente fondona y calvorota, con trajes sobados y demodés que pasan su tiempo en archivos y ministerios. Pero, entonces, ¿cómo pueden resultar tan inquietantes y culturalmente tan rentables? Pues gracias a una serie de elementos casi iconográficos con los que se adornan y que, analizados uno por uno, resultan más bien ridículos.

Empezamos por la Segunda Guerra Mundial, ya saben: la Gestapo, el castillo de Colditz, las resistencias de los diferentes países… pero realmente todo eso (o casi) es accesorio. Para empezar hacen falta misiones imposibles y bastante absurdas, un grupo de resistentes lo más folclórico que se pueda y otro de excéntricos comandos británicos (quedan bien porque los británicos suelen serlo). Aunque con esto sólo hacemos un bodrio, aquí lo importante son los otros. Tiene que haber castillos aristocráticos, con cortinones y toda la vaina; y oficiales de la Gestapo —si son nobles, mejor que mejor—, éstos tienen que ser crueles y muy astutos pero a la vez sorprendentemente tontos (esta parte igual es más fiel a la historia) y, a partir de aquí, los detalles que son los que dan verdadera textura a la historia: rubios platinos por doquier, algún monóculo siempre es bienvenido, cápsulas de cianuro y jeringuillas con el suero de la verdad (pero, ¡vamos a ver!, si estos prendas hubieran tenido tanto suero de ése o hubiera funcionado bien, habrían ganado la guerra). Son también fundamentales para el saborcillo nazi los pastores alemanes (¡a cientos, a miles!). Como producidos por la Krupp, en su defecto un dóberman o un rottweiler también dan el pego, una llamada personal de Hitler es top y si no la típica pregunta de un prisionero sobre la convención de Ginebra, que si a esas alturas anda con esas preguntas yo ya no sé.

Pero esto no es nada comparado con lo que vendrá después porque, ahora sí, tenemos el paraíso de las pelis y libros de espías: ¡la Guerra Fría!

Aquí la cosa llega ya al paroxismo de las locuras pero es que, claro, normalmente en las guerras los palos se dan abiertamente: se lanzan bombas, se hunden barcos… las cosas se hacen a las claras pero en una guerra fría todo tiene que hacerse de tapado y manteniendo las formas o al menos unas formas (a no ser que te toque ser de Corea, Vietnam o algún otro sitio caliente).

Esta vez tenemos que cambiar de malvados, que no es que a mí me lo parezcan pero, habiendo nacido aquí, he tenido que ver las películas como me las daban. El problema de estos nuevos tiempos y de las películas que me fumaba es que nunca me implicaba demasiado con los protagonistas y sí con los teóricos malos, pero es que ¿quién demonios se puede identificar con James Bond? El personaje de ficción probablemente más bobo, pretendiendo no serlo, de toda la segunda mitad del XX. Cuando a mí me preguntan cuál es mi James Bond preferido siempre pienso: «El muerto», y luego respondo otra cosa. Y no será porque no haya películas o libros de esas épocas aceptables, con mucha más ambigüedad y menos tendentes a la chorrada hay bastantes: El tercer hombre, Odessa, El americano impasible y El espía que surgió del frío, por poner algunos ejemplos. Pero ahí queda, monolítico e impasible el tonto de Bond, extendiendo su basura hasta nuestros días.

Los jefes de los espías

Tampoco sería por falta de temas: el pánico nuclear, las pruebas de nuevas armas y drogas, las ciudades cerradas de la URRS o la geopolítica, así en general. Todos interesantes y más que recomendables para una buena película (que también las hay, como por ejemplo Un, dos, tres, de Willy Wilder). Pero no, de nuevo y hasta la náusea repetido, ese pelele que se mueve entre la idiocia y un chusco aroma británico que reúne en sus películas todos los estereotipos.

Vamos a sumergirnos en el universo de este mercado: para empezar su puesto de trabajo (espero que andando el tiempo la Thatcher lo deslocalizase), ese negociado de imbéciles con M, un viejo burócrata posiblemente conservador al mando y ese otro viejo más bien ido, Q, que al principio de las películas dotaba a Mr. Bond de una serie de artilugios chorrescos pero siempre de marcas de lujo (por si no quedaba claro, al servicio de quien estaba en realidad): relojes que hacían fotos, mecheros que estallaban (cuando todo el mundo sabe que eso lo hace un clipper, bolígrafos-pistola… Aunque en eso podían tener más o menos razón porque en la Guerra Fría se llevaban mucho esos locos inventos, como el paraguas búlgaro.

Y entre estos mamertos trabajaba la pobre Moneypenny, sometida al acoso de estos seres despreciables y seguramente peor pagada que ellos. Me gusta pensar que en realidad ella también era una agente, soviética, y que en un final alternativo los eliminaba y huía a la URRS.

Y los malos… ¿pero cómo no ibas a ir con ellos? Desde generales soviéticos con un claro y justificado odio de clase a mentes criminales con sombreros de hongo como arma, pasando por sus locas manías para matar a Bond de las maneras más absurdas, o el tipo ese con la ortodoncia; todo ello resulta profundamente entrañable. Pero, al margen de esto, todo lo demás sigue siendo lamentable, el conjunto completo de memeces sacadas de pelis de espías de dudoso gusto: los tipos que te observan desde detrás de periódicos enormes, meterse en un taxi y decir: «Siga a ese coche» (prueba, prueba tú), las caras de malos de absolutamente todos los ciudadanos soviéticos y, peor (aún), el pobre dominio del inglés, el acento bárbaro de todos los espías del bloque comunista (¿no tenían una buena academia de inglés en el KGB?).

Pero sin duda lo peor es lo siguiente: J. Bond llega a una base de misiles/silo nuclear/ estación de radar en la Unión Soviética (mira a ver si eso no es un casus belli como un templo porque yo tendría ya el dedo en el botón rojo) y entonces, en un tiroteo, mata —o mejor dicho, asesina— a diez o cuatro o sólo un soldado soviético. Pero, claro, es que en la URRS había servicio militar obligatorio así que ese soldado podría haber venido destinado a esa base/silo/radar desde su Kiev natal o desde las costas del Caspio o, qué sé yo, desde Yakutia o la República Hebrea, dejando su puesto en una fábrica o la carrera de Filología o Medicina en la MGU. Quizás le gustaba tocar al oboe Pedro y el lobo o leer a Gógol, pero ya no lo podrá volver a hacer. Me encantaría que hubiese una película paralela, algo ultracostumbrista y grabada con preciosismo por algún cineasta soviético —como Tarkovsky por ponernos estupendos— que narrase la vida de ese soldado. Pero no, me tengo que seguir jamando a Bond, James Bond.

 

Leave a Comment