A MÍ QUE ME LLEVEN

A mí que me lleven

Robertzio Pistola


Suena la bocina y un tipo logra entrar a todo correr en el vagón de metro librándose por los pelos de que las puertas lo conviertan en dos finísimas mitades. Cinco, cuatro, tres, dos, uno… y con él ya somos treinta y seis los viajeros buceando en las pantallas de nuestro smartphone. 36/36, éxito total. Y no está necesariamente mal. O, por lo menos, no está peor. No existe una disyuntiva entre viajeros que van mirando la pantalla del móvil mientras se le derriten las córneas y los que viajan en el metro dando pasos de gigante en la lucha contra el cáncer para distraerse. Y es que, como casi todo lo que tiene que ver con las nuevas tecnologías, en realidad no se trata de nada nuevo.

La necesidad de distraerse en el transporte es algo que se puede calcular como milenario. Con alguna excepción, se remontará a la aparición del transporte rodado y los primeros artefactos que permiten la separación entre quien conduce y quien viaja. Es verdad que esa separación podía existir con los caballos, pero tampoco debía de ser lo más cómodo viajar de paquete a lomos de uno mientras se leía el newspaper. Bien es cierto que los viajes largos subidos encima de cualquier animal no eran precisamente divertidos, pero tampoco dejaban mucho espacio al entretenimiento a bordo.

Por aquel entonces las únicas formas de amenizar los, por lo general, largos e incómodos trayectos eran la reflexión, la contemplación del paisaje y la cháchara. Las tres, en su justa medida, pueden reportar grandes distracciones. Las tres, como única actividad durante días, hacen enloquecer a cualquiera. Tener la posibilidad de distraerse individualmente mientras otra persona se encarga de guiar tus pasos supone un aumento en la calidad de vida de todo el género humano.

Primero, claro, se trataba de un lujo al alcance de muy pocos. De la quinta del faraón y sus tropas en el antiguo Egipto, a los fastuosos carruajes de las cortes absolutistas europeas, poco trascendían los primeros vehículos de tracción animal más allá de los sectores más privilegiados. Quien tenía mucho dinero o poder lograba que fueran otros los que le condujeran de un lugar a otro. Quien no, seguía galopando su caballo, su asno o sus gallumbos como cualquier don nadie. Cierto es que las travesías en barcos de vela albergaban viajeros desde hace mucho, pero las condiciones de encierro y lo prolongado de sus tiempos dan pie a hablar más de construirse una vida a bordo que de buscar distracciones.

Con la modernización de los transportes —revoluciones industriales mediante—, su manejo se complica hasta el punto de que es necesaria la intervención de expertos que lo guíen: la división social del trabajo industrial genera un ejército de cocheros, tripulantes y operarios de tren a la vez que da forma e institucionaliza la figura del pasajero a bordo de los ferrocarriles que para finales del XIX surcaban el territorio occidental. Y es con la consolidación del consumo de masas cuando lo que antes era un lujo se democratiza. En casi cualquier país del mundo es accesible un transporte que permite desplazarte de un punto a otro mientras es otra persona la que lo dirige, sea un coche, un billete de autobús o un tranvía. Y ahí se extiende, hacia toda la población, la necesidad de pasar el rato mientras se viaja, y la posibilidad de hacerlo individualmente.

Incluso se le da la vuelta («¿Te gusta conducir?»). La estética de la técnica, casi en un sentido futurista, hace a los ricachones (o por lo menos a las clases acomodadas que picaron en ese eslogan de BMW) renunciar al privilegio democratizado de que un autobusero te lleve a casa mientras miras vídeos chorras de Facebook o las últimas aventuras del negro de WhatsApp; y en su lugar encargarse del esfuerzo de guiar una pesada máquina en ocasiones durante horas. Para ser justos, la filia por la conducción no es patrimonio exclusivo de los pudientes sino que es bastante transversal. Tremendamente masculinizado, y erotizado hasta la saciedad por el marketing y la publicidad, hay una infinidad de personas que parecen no darse cuenta de que lo realmente sexy no ocurre al volante sino en el asiento de atrás.

La posibilidad de distraerse en un transporte es, por tanto, un bien, una victoria. La forma en la que se distribuye la sociedad en el territorio en función del modelo productivo no es, sin embargo, ningún bien. Es un terrible mal que nos hace depender de medios de transporte para las cosas más cotidianas, y nos convierte en pasajeros diarios que incorporan a una rutina asombrosamente aburrida la necesidad de distraerse. Ir a estudiar, al trabajo o de farra y la respectiva vuelta a casa suele estar precedido por una buena dosis de transporte de la que, si tenemos el privilegio de por lo menos «ser llevados», intentaremos evadirnos.

Y aquí es donde entran los ingenios de cada cual. La música, la lectura o el estudio pueden ser grandes aliados, igual que un smartphone: festejos rituales de un privilegio ganado sobre la tecnología y arrancado a las clases más privilegiadas que nos permiten olvidar que, si la cosa no estuviera tan mal montada, no habría por qué chuparse cuarenta y cinco minutos de metro a las ocho de la mañana o el atasco de entrada en Madrid de las nueve visto desde un autobús.

Es cierto que el entretenimiento de los pasajeros ha cambiado bastante en los últimos años, y puede sorprender entrar en un autobús en el que, fila tras fila, sólo hay gente golpeando a toda velocidad una pantalla con las puntitas de unos dedos cada vez más feos y carcomidos. Pero no es para tanto: en los móviles, además de decir obscenidades, la gente lee y hace cosas interesantes; no todo tiene que ser tiempo perdido. El verdadero problema es tener que madrugar para currar cada mañana y, si además hay que viajar para hacerlo, por lo menos disfrutemos de distraernos mientras nos llevan.

 

 

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