720 RAZONES DE MIERDA PARA REPUDIAR NUESTRA GENERACIÓN

720 razones de mierda para repudiar nuestra generación

Dejémonos de tonterías y reconozcamos lo inevitable: los veinteañeros están sobrevalorados

Pandorita


Nacimos en los noventa. La mayoría cuando ya había caído el muro de Berlín, se había conducido a Laika al espacio y se estaban dejando de llevar los cardados y las hombreras. No recordamos el mundial del 92, ni la expo de Sevilla. Pero crecimos cantando y bailando el Aserejé, la Macarena, la Boooomba, y pasando nuestros veranos junto a Georgie Dann.

¿Y en qué nos hemos convertido? En lo único que se podía esperar: una generación más aburrida que escuchar a Nacho Vegas de resaca.

Por eso vengo a preveniros de los riesgos de confraternizar con la horda de veinteañeros que asolan nuestras tierras, que violan nuestros caballos y huyen en nuestras mujeres para confundir.

Si eres una de estas subpersonas que tiene entre veinte y veintitantos, negarás categóricamente todo lo escrito, con golpes firmes de cabeza a un lado y al otro, acompañados de terribles resoplidos, mientras piensas: «Nooo, mierdaaa. ¡Nos van a desemarcarar!», con una voz mental muy aguda.

Si, por otro lado, eres ya más bien madurito y estás leyendo estas líneas, sonreirás suspirando y pensarás: «¡Ay! Si es que mi generación fue mucho mejor». Pero no te creas, que lo tuyo es aun peor.

Ahora que vivimos en un mundo tecnológicamente controlado por aparatitos rectangulares que caben en un bolsillo. Ahora que somos datos dependientes y que nos enteramos al mismo tiempo de lo que pasa en Kuala Lumpur y en el pueblo de al lado, las normas de la vida social han cambiado.

Aunque recordemos con orgullo esas tardes en las que encendías el ordenador y escuchabas la sinfonía de conexión a internet, corrías a meterte en el Messenger a enviar zumbidos a la chica que te gustaba y rezabas por que nadie llamase el teléfono, hay que ser conscientes que sólo vivimos los últimos coletazos del mundo cuerdo preinternet. Por lo tanto, al vernos embebidos en un no parar de nuevas tecnologías, hemos ido hallando nuevos senderos y a la vez creando nuevas formas de ligar. Antes hacías perdidas, ahora das likes en Facebook o haces retweet en Twitter. Que te escriban al chat del Facebook quiere decir lo mismo que cuando te invitaban a «tomar un café».

Sí, ha cambiado la forma de ligar. Y tanto que ha cambiado. Vamos, que hemos llevado la cultura de la comida rápida al ámbito del sexo y ha pasado a estar bien visto el tener cuantas más parejas sexuales mejor, cuya máxima expresión es el Tinder y sus variantes. La posición de follamigo es privilegiada y envidiada, porque el follamigo perfecto (por mucho que la RAE se empeñe en llamarlo amigovio) es el que no te llama, al que no ves nunca, con el que no tienes ningún sentimiento; pero está a un mensaje de WhatsApp siempre y cuando tengas necesidad. Así que se vende esta idea de que el amor romántico está superado, aunque por dentro nos morimos de ganas de pasar una noche de sábado acurrucado bajo una manta con alguien, o que te vayan a buscar a la salida del trabajo, de la facultad, de la biblioteca o de la cola del paro.

El lenguaje también ha cambiado a base de megas. Cuando algo no tiene puto sentido es «WTF», cuando te partes el culo de risa «LOL», que no es lo mismos que el LOL (el juego) que es algo parecido al WOW, pero que no tengo ni idea de qué van ninguno de los dos. Cuando alguien no te entusiasma en la cama, pero no está mal es «average» (si te mola es un jamelgazo). Los guiris vienen a hacer balconing y pagan haciendo mamading (terrible). No hay acoso escolar, sino bullying; los frikis no se disfrazan, hacen cosplay; algo falso es fake, y el mundo está lleno de haters y trolls, donde antes había skaters y grafiteros. Los neologismos han llegado para quedarse y dentro de poco no nos extrañará encontrarnos a viejos que vayan los domingos a ver a los bulls y que en vez de cobrar su pensión, hagan pensioning.

Los neologismos y su conquista de la lengua resultan agotadores, como también lo resulta la plaga de expertos que estamos sufriendo. Parece que todos somos expertos de algo y que todos sabemos de todo. Vamos, atrévete tú a decir que no sabes quién inventó la túrmix o qué autor acababa todas sus novelas con la letra e, y quedarás como el paleto que realmente eres y que te esfuerzas por esconder. Así hay conversaciones enteras en las que descubres a alguien muy callado que mira con cara de concentración e interés y que asiente cíclicamente haciéndonos saber, descaradamente, que no tiene ni la más remota idea de lo que se está hablando.

Hemos centrado nuestro odio en los hipsters, en las nuevas generaciones (que consideramos estúpidas) y en Mario Vargas Llosa. Y hemos retomado el swing, la salsa y la cumbia para nuestros bailes de fin de semana.

Tenemos más postureo encima que garbanzos en un cocido, y la manía de cantar viejos himnos cuando vamos borrachos. Pero aunque yo aún abogo por acabar las frases diciendo neng y aunque sea una nostálgica de los tiempos pasados, tengo que reconocer que con nuestra generación la diversión está asegurada a todos los niveles. Somos jóvenes, elásticos y ¡aún estamos turgentes! Al fin y al cabo somos libres de tirarnos a quien queramos (salvo ciertas cláusulas legales), podemos desenmascarar fácilmente al farolero haciendo una búsqueda rápida en Google y, sobre todo, no he conocido aún a nadie de esta generación que no esté rabiosamente loco. Así que ¡olviden todo lo dicho y a follarte a tu generación!

 

*Lamentamos profundamente que la publicidad engañosa del título. No volverá a pasar jamás, queridos lectores. Jamás.

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