22 DE JUNIO, 86

22 de junio, 86

Pablo Gamo


Creo recordar que era después de comer, pero más bien pronto, un domingo —me suena— porque los papás no laburaban. La fecha sí: era 22 de junio del 86, yo tenía doce años. No sé, pibe, recuerdo tantas cosas… No el día entero porque supongo que también habría su parte de intrascendencias, de actos rituales, cotidianos, esos siempre fueron lo mismo pero todo lo que rodea a ese minuto, a ese minuto de mierda para mí y de gloria para todos los demás, eso no se olvida.

Total, que yo me levanté tarde porque era domingo. Hacía un tiempo malo, así como lluvioso y más bien frío, estábamos en junio, claro. Y a pesar de que no recuerdo todas esas cosas que mencionaba antes, de lo que si me acuerdo es del viejo. Serían las diez, faltaban aún cinco horas y ya estaba nervioso, lo sabíamos todos, miraba el reloj de pared, miraba el diario pero se cansaba a lo poco y lo dejaba para cogerlo otra vez; a mí me preguntó por qué me levanté tan tarde, ¡pero si eran las diez! Y en la mesa, durante el desayuno, la vieja como callada, mirándonos intermitentemente, a él y a nosotros, a mí hermano Román y a mí, como advirtiéndonos: no lo cansen, minos, no le pregunten. Le puso el té en silencio, le echó el azúcar y hasta se lo removió. Y el viejo allí, amarillo, del color del diario que no podía leer de los nervios.

Era un forofo mi papá, no de la barra brava, pero le iba la vida. No sé qué cariño tenía por aquellos once pibes, bien los de Racing o bien los de la nacional cuando tocaba. Y no es que fuera un intenso en todas las cosas, en la pieza o con los amigos, con los que siempre estaba calmado, le venían a pedir y él siempre daba. Pero cuando iba a la cancha o veíamos los partidos, toda esa cosa que llevaba dentro el viejo se reconcentraba, dejaba de hablar, por no poder no podía ni insultar al referee, era una especie de no sé… de transmutación o algún concepto así que vos sabrás, parecía depender enteramente de aquella bolita blanca, del arquero, de la gambeta. Pero no como ahora, si jugaban mal y ganaban a él le parecía mal, le parecía indigno, se quejaba de los derrotados como él más que de las derrotas. Construyó todo alrededor del juego y creía que había un orden que nos premiaba o castigaba por la belleza, por la sinceridad, un idealista el viejo, como para andar a la Edad Media. Por eso era tan importante aquel día. Le pedí durante días que me llevase al café, que fuéramos juntos los dos a ver el partido. Y no resultó sencillo, créanme que no. Cómo se revolvía y ponía excusas, pensaba que no quería que yo le acompañase, que era niño para eso. Pero, bueno, cedió.

¡Y qué partido! Esas cosas no las entendés de chico pero lo sentís. Aquel ambiente de, no sé, quizás de venganza o de justicia, que son lo mismo. Las Malvinas, y esa vieja, la Thatcher, aquellos tipos de los Ford Falcon y los otros tipos, los que no conducían los autos pero firmaban, con sus gafas tostadas y los bigotes finos, todos conjurados para cagar al libertador San Martín, a la patria, al general Perón y a los miserables que mandaron en remera a que los destriparan los ingleses por unas islas llenas de ovejas y de frío. Eso no lo supe entonces, pero sentía que pasaba, que no era otro partido más…

Perdoná, que me entretengo. Creo que hubo asado, bueno, llamarlo así quizás sea mucho: mi papá en sus cavilaciones de justicia y nervios y la vieja con su afán de que nada le perturbara consiguieron la increíble proeza de que todo estuviera quemado, crudo, o una mezcla más desagradable aún de ambos estados. Ni los choripanes dejaron bien. ¡Pero era un trámite! Para entonces ya me había contagiado y a mí no me entraba la comida. El viejo tomó un poco y parece que se relajó. Hablaba ya algo y estaba menos ido. Le preguntó a Román si quería venir. Román no quiso. Siempre fue listo Román.

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Diego Armando Maradona de niño (http://www.motivagoal.com/2013_10_25_archive.html)

Aquí se me mezcla ya todo. No sé cómo llegamos, si tomamos el colectivo o fuimos en carro, creo que lo último porque me acuerdo de la radio, de los comentaristas que charlaban y charlaban, sí, sí, fuimos en auto. Me llevó adelante el viejo, y fumaba, y como me veía así tan callado me intentaba tranquilizar.

El café estaba lleno aunque llegamos con tiempo, pero como era el único chico todos nos dejaron pasar y nos pusimos casi delante del televisor, de pie porque quitaron las sillas. Con mi pullover verde feo y la remerita a rayas azules celestes y blancas que asomaba era el rey. Todos querían preguntarme por el partido, por mi jugador preferido, me pedían pronósticos, decían que les daba suerte. El viejo, contento, estaba como orgulloso de su hijo, de ver el fútbol así.

Todo esto se acabó en cuanto comenzó el partido. Se callaron más o menos y todos mirábamos sólo a ese cuadradito de color desvaído que nos llevaba directamente al Estadio Azteca. Los ojos fijos y de tanto en tanto algún estallido acordándose de los padres de aquel jugador o de aquel otro, del árbitro, o de los ingleses. La primera parte pasó pronto sin que pasase nada. El viejo estaba peor que nunca. No decía nada, se había olvidado de que yo estaba, de que estaban los otros, del mundo y del universo en general. Estaba solo sin quitar la vista de la pantallita, corría quieto cuando alguno agarraba la bola, musitaba letanías y fumaba o se mordía las uñas alternativamente y en los momentos tensos combinaba.

Y en el minuto cincuenta y uno, a los seis de empezar el segundo tiempo en una jugada un poco improvisada, un quilombo más bien, Maradona y Valdano, un despeje alto y el arquero inglés, Shilton saltando a la vez que Maradona y ¡gol! Y, bueno, sí, fue con la mano, pero fue gol. La cosa es que nosotros veíamos la pantalla pero oíamos la retransmisión de la radio y quedó claro que había marcado el tanto con la mano. Todos gritamos, pero entre el miedo a que lo anulasen, la sorpresa, y mi viejo que, acordándose de pronto de que yo estaba, me miraba acercando mucho su cabeza y me decía —más para él que para mí—: «Así no, pibe, así no». Pero no le dimos tanta importancia como tuvo luego, aunque era un buen comienzo.

Lo que pasó luego, bueno, no puedo explicarlo. Todos volvieron al partido pero el clima estaba raro por el gol con la mano y la mezcla de alegría y trampa. Yo miraba pero me sentía avergonzado por haber celebrado el gol y ver al viejo decir aquello de: «Así no, pibe». Así que estaba pensando en otras cosas. Y vi en el piso algo que brillaba. La sintonía del locutor seguía a lo suyo pero yo no lo notaba sólo si aceleraba la voz o la hacía más lenta. Pero acabábamos de marcar y no era cosa de marcar otra vez. Por eso mi papá ni se dio cuenta cuando me agaché y me puse a intentar agarrar la moneda que estaba bajo unas cajas de cerveza. Yo estiraba los dedos y todo ese proceso requería atención, así que dejé de escuchar al locutor y no sentía como se agitaban todos. Cuando por fin agarré aquello que brillaba me di cuenta de pronto que algo había cambiado: los nervios se apretaban, la gente empezaba a musitar cada vez más alto, entonces justo oí de nuevo a Víctor Hugo Morales:

«Gooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona!».

Miré la pantalla y vi a Diego Armando corriendo por la banda, con los brazos en alto. La gente gritaba, todos, desde el barman hasta el último de los pibes que estaban allá daban voces, pero no de un gol normal. Se abrazaban, alguno lloraba y daban gracias por aquello que habían visto, porque habían compartido aquel instante fugaz en el que todo se había alineado para que el Pelusa hiciera el gol más hermoso, para que por un momento la belleza coincidiera con la oportunidad, el talento, la justicia, la suerte, un momento colectivizador de emociones, de estados, de realidades. Y cuando me recuperé de la visión de toda esa gente vi al viejo: me miraba con la sonrisa medio fija en la cara, extrañado pero con una felicidad increíble, y entonces lo debió notar: mi expresión, la chapa brillante que sostenía olvidada en la mano, la media risa que no convencía, que no se correspondía con lo que acababan de ver. Y justo en esos segundos lo supo: supo que su hijo no había visto el mejor gol del mundo, el que había justificado todos los demás redimiéndolos a ellos y a todas las personas que lo habían visto.

No me preguntó. Me acarició la cabeza revolviéndome el pelo y me miró muy fijo y yo sentí en esa tristeza suya y en la mía propia que pertenecía a los derrotados.

Regresamos a casa acabado el partido. No hablamos en el auto. Yo no sabía qué decir, lo veía contento y triste, ¿eso puede ser? Cuando llegamos la vieja nos abrazó, ellos habían visto allá el partido, estaba feliz y no notó nada raro y entonces me dijo «¿Viste qué gol, Mario?»  y antes de que pudiera inventar nada, antes de echarme a llorar o tirarme a sus brazos o ir corriendo a la cama, el viejo me sonrío como antes y le respondió: «¡Claro que lo vio, cómo no verlo!»

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