21 DÍAS VIVIENDO LA VIDA DEL OTRO

21 días viviendo la vida del Otro

El Reality show o cómo escapar a lo cotidiano

Ainhoa A. Maestu


Una tradición budista dice que con veintiún días basta para generar un nuevo hábito o abandonar otro. Según esta teoría, si los estancos cerrasen veintiún días España entera se quitaría del tabaco ―aunque no sabemos qué pasaría entremedias―, y probablemente fue la excusa para el formato que ofrecía el programa 21 días […] de la cadena Cuatro. Bajo la premisa de que «algunos problemas hay que vivirlos para entenderlos» sumerge a una intrépida reportera en un ambiente para ¿entenderlo?

Lo que este programa realmente vende es la oportunidad de ponerse en la piel extraña en una realidad paralela a la nuestra. Para ello es necesario hacernos empatizar con la protagonista, la que está viviendo el «cambio» en sus carnes. Y como jugar al centro del tablero está de moda, qué mejor que sea una chica ni demasiado joven, ni demasiado mayor, de unos treintaypocos, ni guapa ni fea, de clase media… Una chica que podrías ser tú, tu hermana o tu vecina, o a la que podrías encontrar en el barrio comprando una barra de pan y que, en definitiva,  cuya vida no dista demasiado de la tuya. Al no sentirnos lejanos a su modo de vida de base, a su forma de pensar o incluso a las conclusiones y sentimientos que la nueva situación genera y lleva a sentir, sentimos como más propia la experiencia.

Y tú, de repente, que sólo te habías preocupado por la vida de tus vecinos cuando a las tres de la mañana echaban a rodar canicas por toda la casa, sientes una necesidad irrefrenable de meterte en la piel de un indigente o de ver cómo vive una estrella porno. Cuanto más pintoresco y alejado de tu vida cotidiana, mejor.

¿Quién no ha tenido nunca curiosidad por vivir la vida de otro? Espiamos las conversaciones de WhatsApp del de al lado en el metro. ¿Por qué la vida del otro siempre nos parece más atractiva? Pasamos tardes enteras haciendo scroll por el Facebook y empapándonos de vidas ajenas que en realidad nos importan poco o nada. Marianita se ha ido de vacaciones a Benidorm, Fulanito se ha graduado, Juanito se ha cortado el pelo y ha usado la excusa para cambiar su foto de perfil. Pagamos el airear la vida privada con generosos likes, mientras que al hacer clic por un instante deseamos ser nosotros los que nos hemos cortado el pelo, los que nos graduamos y recibimos felicitaciones por ello o irnos de viaje a cualquier sitio. Ese like en realidad es una penitencia con la que más que alegría por el cambio en la vida del otro, estamos mostrando descontento por la nuestra.

La premisa de 21 días es errónea. El analizar las realidades sociales no puede hacerse desde una visión individual y aislada, en un momento puntual en el que te «embulles» de manera forzada. Para entender bien realidades sociales no hay que pasar veintiún días copiándolas, sino que hay que entender las causas que las generan, quienes son los que lo sufren y los que lo disfrutan ―realidades sociales distintas son tanto vivir en la indigencia como ser mutimillonario―. En lugar de una labor periodística de plantearse preguntas y buscar respuestas, es más sencillo el juego de la empatía que nos genera una reportera lagrimeando fingidamente por la TDT. No es diferente que ver a Belén Esteban lagrimeando en Gran Hermano VIP por querer ver a su hija, erigiéndose como imagen popular de la Madre Coraje.

Esta búsqueda de una vida ajena no es un invento de la televisión. Los dioses griegos perfectamente podrían estar en un plató de Telecinco discutiendo sobre el último affair de Afrodita que ha vendido las fotos de la exclusiva a ¡Hola!, del tremendo quebradero de cabeza que está teniendo Zeus con Atenea, o la última fiesta de Halloween de Dionisio, que como siempre acabó en desmadre. ¿En qué se diferencia la mitología griega del salseo de Sálvame?

Hay quien se conoce perfectamente los complicadísimos entresijos de la familia Kardashian, se han emocionado viendo a Kim llorar por la televisión y se preguntan qué pasó con Rob. O que han seguido al dedillo el tremendo lío de la casa de los Rivera, y es posible que desde el salón de sus casas, delante del televisor de tubo tapadito con un tapete de encaje de bolillos no apto para pantallas planas, hayan notado, con una sonrisilla picarona, que parece ser un plagio de los líos familiares de los Buendía en Macondo.

El auge del reality show no es sino una reinterpretación de las novelas por facsímiles dominicales. Pequeñas dosis de vida ajena que enganchan, ya sea el Conde de Montecristo o Gandía Shore. El esperpento es distinto ―un chico injustamente condenado e inesperadamente rico busca venganza, versus una pandilla de millenials veinteañeros que buscan pasar a un plató mientras se pegan una juerga― pero el resultado es el mismo: personas buscando saber qué ha pasado con sus personajes, a los cuales, por algún motivo, se siente cercano.

Quizá un sistema que nos impide realizarnos como individuos, nos genera un sentimiento de no control sobre nuestras vidas que soliviantamos viviendo las de otras. O quizás no tenga su base en la frustración sino en la idea de que en un universo paralelo ese al que vemos por la pantalla podríamos ser nosotros.

21 días… dejó de ser novedoso con el paso de las temporadas y con lo peregrino de sus temas (por ejemplo, «21 días viviendo como un judío ultraortodoxo»). Otros programas con un ánimo parecido, como Callejeros o Españoles por el mundo, también perdieron audiencia según pasaban temporadas. Pero mientras sigamos llegando a casa cansados de trabajar, con las facturas por pagar encima de la mesa o los exámenes a la vuelta de la esquina, seguiremos necesitando a la ficción ―ya sea en uno u otro formato, literatura o reality― para tener una vía de escape de nuestras vidas.

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